The Many Saints of Newark: una historia de los Soprano

Con spoilers inevitables.

Hay películas que no se sabe qué quieren ser. A veces, es un tema de estructura. Los actos se vuelven difusos, los conflictos se multiplican, y es difícil entender en dónde se encuentra el corazón del relato. Otras veces, el tema es claro (lo que llamo “el corazón”), pero está tan tapado por otras cosas que su latido es un murmullo en el griterío. The Many Saints of Newark (Alan Taylor, 2021) tiene una mezcla de ambos problemas. Una estructura desequilibrada y un tema que, durante gran parte de la duración, queda muy atrás del griterío.

El nombre de la película hace referencia a la traducción literal del apellido Moltisanti (muchos santos, many saints), tal es el apellido del protagonista de este relato, que es Dickie Moltisanti (un increíble Alessandro Nivola), papá de Christopher en la serie original.

En Los Soprano en particular, teníamos un equilibrio entre la trama “mafiosa”, en tanto y en cuanto se nos contaban las disputas de poder en la mafia de New Jersey entre Tony y su tío Junior y la relación con la rama principal de la familia, en Nueva York. Luego el conflicto del personaje, que se dirimía en terapia y se vinculaba con la psiquis de Tony y sus traumas familiares, y finalmente la dinámica social de los demás personajes que contaba la interrelación del micromundo mafioso italoamericano de New York y New Jersey con el exterior, ya fuera la comunidad judía, rusa, el geriátrico, la política, el espectáculo, etc.

Si empezamos por lo importante, hay que decir que, si bien esta película sucede en 1967, debe verse a continuación de la serie original. David Chase, creador y guionista de la serie original y de esta película y Alan Taylor, director de la película y de varios capítulos de la serie, deciden dos cosas, polémicas al menos: empezar con un recorrido por el cementerio, donde se observan las lápidas de algunos personajes de la serie (y se escuchan sus voces), finalmente nos detenemos en la de Christopher Moltisanti, cuya voz en off será la que aparezca cada tanto para encausar la narración. Christopher nos habla desde ultratumba. La historia será la de su padre Dickie, tío de Tony Soprano, y capitán (capo) de la mafia de New Jersey, asociada a la familia Di Meo.

Como les decía, en esta mamushka italoamericana hay varias intenciones que compiten. La primera es, efectivamente, contarnos los días y las vicisitudes de Dickie, a cargo de un equipo criminal en el agitado fin de década en New Jersey. La segunda es proveernos un fan service nostálgico, ya que en la familia Di Meo, el otro capo es Johnny Boy Soprano (Jon Bernthal), el papá de Tony, que trabaja junto a su hermano Junior Soprano (Corey Stoll), tío de sangre de Tony, y uno de los personajes más importantes de la serie y de la historia de la serie.

El equipo de Dickie se compone de otros viejos conocidos, como Silvio Dante (John Magaro), Paulie Walnuts (Billy Magnussen) y Pussy Bonpensiero (Samson Moeakiola). Además, tiene un soldado por afuera de la cosa nostra, llamado Harold McBrayer (Leslie Odom Jr.), que resulta ser negro, cosa que no está bien vista.  

La película se divide en dos partes. La primera, durante los alzamientos de 1967, en que la población negra se manifestó durante lo que se llamó el “largo y caluroso verano de 1967”, que terminó en saqueos, destrozos, 26 muertos y más de 700 heridos, y la segunda parte sería en 1971, con la salida de Johnny Boy de prisión.

La primera parte quiere ser una suerte de film político atravesado por la mafia. El padre de Dick, “Hollywood Dick” (Ray Liotta), un capo mafia sesentón, retorna de un viaje por Italia, casado con Giuseppina, una joven italiana. De las múltiples fuentes de ingreso de la mafia, se nos da a entender que en esta época es muy importante el juego clandestino. Para ello Dick cuenta con Harold, que levanta quiniela en los barrios pobres, y tiene conflictos con las incipientes pandillas. A raíz de estos conflictos y las acciones cometidas, Harold debe huir. Para ello cuenta con la ayuda de Dick. La guerra de Vietnam, los conflictos raciales y la sociedad en ebullición son el fresco contra el que se pinta.

Hollywood Dick, como era de esperar, es un violento psicópata. En un altercado menor, arroja a Giuseppina por las escaleras. Dick le increpa este hecho. Como suele suceder en el universo de Los Soprano, una cosa lleva a la otra y Hollywood Dick termina asesinado a golpes por su propio hijo, que ahora tiene que ocultar el cuerpo, ya que, si hay un pecado mortal en la mafia, es que un made man mate a otro made man en una riña personal. Y en esto será instrumental el momento elegido: el cuerpo de Hollywood Dick queda oculto mediante los incidentes en las calles.

En la serie original, y especialmente durante el inicio, el relato estaba atravesado por las sesiones de análisis con la doctora Melfi a las que acudía Tony Soprano para desahogarse. En esta película tenemos el equivalente en las visitas a prisión que hace Dick para hablar con su tío Sally, el mellizo de su papá Hollywood Dick (nuevamente, Ray Liotta), amante del jazz, encarcelado de por vida por asesinato. Dick entiende que visitar a su tío es su pago, su buena acción, por matar a su padre… y por las demás aberraciones que cometerá.

Cuatro años después, Dick tiene de amante a la viuda de su papá. Continúa casado con Joanne, (Gabriella Piazza) y acaba de tener a su hijo Christopher. La sociedad cambió y llegaron al barrio los primeros vecinos negros. Johnny Boy sale de prisión. En su casa lo espera su familia. Livia (Vera Farmiga), Tony (Michael Gandolfini), Janice (Alexandra Intrator). Tony adora a su tío Dick. No es un pelotudo como su tío Junior ni aparenta ser un violento como su papá. Dick es una suerte de Don Draper de la mafia. Elegante, relajado y divertido. Es un referente. Y este es el segundo juego de pares. Tony, en la serie, fue el referente de Christopher. Lo metió de lleno en la cosa nostra. Le ordenó asesinar gente. Esa relación terminó con Tony mismo estrangulando a Chris, luego de haber ordenado el asesinato de su prometida Adriana.

En esta película, Dick, un psicópata con todas las letras, es aconsejado por su tío Sally: aléjate de ese chico, no le destroces la vida. Y como los buenos personajes nunca son bidimensionales, Dick intenta hacerlo. Tony es un adolescente conflictuado. No recibió jamás el amor de su madre. Lo que en la serie se sugirió y analizó por temporadas, aquí se resuelve en dos escenas, la primera entre Livia y la consejera escolar y la segunda, con el mismo Tony.

En la serie, Tony es el príncipe Hamlet y Junior es Claudio. La construcción es lenta y trágica, más allá de los momentos que puedan resultar risueños. En la película, esta dinámica no existe. Y para peor, se pierde la oportunidad de contarnos en profundidad a un personaje como Johnny, que en la serie aparecía solo en un puñado de momentos. La construcción del carácter de Junior está resuelta en unas pocas escenas de la película, que no saben si funcionar como parodia o comic relief, y en la estructura de la película parece poco justificado. Reitero: se construyó sobre los hombros de la serie. Tratar de disfrutar esta película sin ella es inútil.

La trama mafiosa se vincula con la aparición de una mafia negra en New Jersey, encabezada por Harold, otrora soldado de Dick, apoyado ahora por Frank Lucas, el padrino de Harlem, el mismo personaje real de American Gangster (Ridley Scott, 2007), que disputa el poder a los italianos. La trama personal de Dick es la relación con su amante, sus sesiones “de análisis” con su tío Sally y finalmente sus encuentros con su sobrino Tony.

Las apariciones fugaces de los personajes clásicos tienen gusto, huelen y se siente como fan service. Las interpretaciones de los elegidos rondan peligrosamente la imitación. A veces salen airosas como el caso de Vera Farmiga, y otras son casi insoportables, como ocurre con el Silvio Dante que interpreta John Magaro.

Sobre los cuarenta minutos finales, la película encuentra su rumbo y se centra en su tema. Ya no podemos quitar los ojos del joven Tony. Pocos goles de media cancha como la elección de Michael Gandolfini, hijo del fallecido James Gandolfini, para interpretarlo de joven, en esta película que se ve mucho más bella y estilizada que la serie original. Y esto no es solo por el presupuesto, ni el formato (2.39:1), ni que fue filmada por una cámara de gran formato, que se asemeja al 70mm, sino porque aquí pasa otra cosa. La serie original daba cuenta de un tiempo idílico ya terminado. A principios de los 2000, la mafia está compuesta por unos gordos en joggineta de poliéster, con la traición de cada uno de ellos a la vuelta de la esquina. The Many Saints of Newark ocurre en esos tiempos idílicos. Estamos en Camelot. Los wiseguys visten trajes, son respetados y todavía faltan quince años para que las familias colapsen. No es casual que hayan elegido a Alessandro Nivola que, como les dije, es como Don Draper. Esta es la versión Mad Men de Los Soprano. Matthew Weiner, creador de Mad Men, fue uno de los coguionistas de Los Soprano. No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que aquí hay retroalimentación.

Muchas veces he dado cuenta de la era de la hipernarratividad en la que nos encontramos, en la que muchos relatos que podrían haber sido películas se convierten en miniseries o series, por multiplicar las líneas narrativas. Este caso funciona a la inversa; da la impresión de que estamos ante una película que hubiera funcionado mejor como miniserie. No creo ser el único que lo piensa, ya que el final de la película da pie claramente a una secuela. Tal vez en ella se acomoden los tantos y podamos desentrañar si existe un relato o estamos ante una serie de viñetas, bellamente ejecutadas, pero que son apenas dignas de un pasado glorioso.