Copia fiel, ficción y política #1: La noche de 12 años

Por Gonzalo Di Bona (politólogo) y Néstor Alberto Fonte (realizador y docente de cine)

PRESENTACIÓN (dos pájaros coordinando un vuelo)

Hay quienes dicen que todo acto es político, sea en conjunto o en sus consecuencias. Entonces podríamos suponer que todo cine es político; por acción u omisión, toda expresión artística tiene un mensaje hacia la sociedad.

En este espacio buscaremos explorar ese mundo del cine político, de ese cine que es un puente que nos hace transitar y recorrer las distintas historias que ha ido enmarcando, y que nos permite democratizar la información. Una ocasión, y una propuesta, para dudar, discutir, aprender y observar, desde lo más profundo, la problemática reflejada en cada caso y en todos los casos.

No prometemos los mejores escritos sobre el tema, pero nos comprometemos a buscar, en cada nota, una tarea y una profundidad suficiente como para poder sumergirnos en polémicas, debates y reflexiones que hagan foco en las manifestaciones cinematográficas que entendamos que tienen la particularidad de haber trascendido la esfera del entretenimiento y la pura ficción, para convertirse en un medio de expresión política en el mundo contemporáneo. Nuestro análisis intenta no solo observar las relaciones de poder que se gestan en un contexto determinado, sino también patentizar ciertos aspectos relevantes sobre hechos, ideas, movimientos y líderes políticos que han merecido el interés de la historia y, en muchos casos, del cine. Sin ánimo de aburrir con esta presentación, lo mejor es que nos vayamos conociendo desde cada texto.

Formamos un tándem que combina, en un trabajo integral e integrado, a alguien que viene del ambiente del cine (académico y práctico), con alguien formado en las ciencias sociales (politólogo y amante de la historia). Un dúo que tiene ganas de armonizar aptitudes y saberes, para que uno más uno pueda sumar más que dos, como en el cine.

Esperamos que sientan tantas de ganas leer como las que tenemos nosotros de escribir.

INTRODUCCIÓN (el cine en la política o la política en el cine)

El arte no está apartado del contexto, incluyendo sus facetas económica, filosófica, social y cultural, mientras que las aristas políticas en el cine suelen ser propias de su faena, aunque no sean declamadas explícitamente en sus líneas más expuestas.

Como parte de esta trama, ciertos cineastas no solo se reconocen como artistas, sino también como historiadores y hasta como políticos en sus otras facetas. Complementando su impronta, como sus espectadores, tenemos muchas veces el privilegio de tomar contacto con acontecimientos trascendentes, en muchas ocasiones lejanos en tiempo y espacio, a través de sus películas.

En este sentido, deben destacarse conocidos realizadores argentinos que han hecho valiosos aportes, podríamos empezar por quien es considerado como el padre del cine político latinoamericano, Fernando Birri con su Tire die (1959), y precursor de una corriente de la que han formado parte significativa Gerardo Vallejo, Octavio Getino, Fernando Ezequiel Solanas, Leonardo Favio y Raymundo Gleyzer, entre otros.

Ahondando el análisis, resultaría interesante indagar acerca de la razonabilidad de hablar de cine politizado cuando se pretende abordar la relación entre el cine y la política.

Ahora bien, podría afirmarse que una película politizada o política, que focaliza en un personaje, o en un acontecimiento o hecho político, difícilmente mantenga una neutralidad en su discurso y construcción audiovisual, sea este un documental o un relato ficcionalizado.

De cualquier manera, el contrato de confianza, necesario entre el director politizado y su público espectador, va a estar sustentado en tres pilares: la trayectoria del realizador y el respeto ganado ante el público, su coherencia y el sinceramiento manifestado públicamente del punto de vista o del lugar ideológico desde donde se construye el discurso audiovisual o se formula la tesis temática de la obra cinematográfica, y el cumplimiento del axioma enunciado por Michael Rabiger: “la película debe prometer algo, cumplir con su promesa y seguir siendo consecuente en su relación con la audiencia”.

DESARROLLO (ver películas para ver qué pasa)

Tres nombres, tres hombres políticos históricos de la América Latina, se muestran solo en sus aspectos más humanos, sensibles y vulnerables, tal vez en sus aristas más empáticas, mientras que las cuestiones ideológicas y las acciones políticas que los convirtieron en referentes indiscutidos del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), la guerrilla urbana de izquierda, con aspiraciones revolucionarias, que actuó en el Uruguay durante la década del 60 y principios de los 70, se mantienen en prudente reserva.

Basada en el libro, Memorias del calabozo, la película de ficción La noche de 12 años (Álvaro Brechner, Uruguay-España-Argentina-Francia-Alemania, 2018), con la que inauguramos esta serie de notas sobre cine político o cine sobre temas políticos, recrea los años en los que José Mujica, Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro sufrieron una larga reclusión, por parte de la dictadura uruguaya (tan larga como la duración de la misma dictadura en el país vecino), con el fin de corromper su espíritu y vulnerar su mente, con la esperanza de quebrar su compromiso con la causa que los había llevado hasta allí.

Confesamos que no hemos leído el libro Memorias del calabozo de Rosencof y Fernández Huidobro, pero quién sabe, quizás esa sea la mejor de las circunstancias para analizar la película.

Tal vez también sea ese el motivo que explica el desproporcionado protagonismo que los personajes que representan a los autores de la obra literaria tienen respecto del tercero en concordia, el más popular Pepe Mujica.

Volviendo al filme, vemos que su relato se encuentra condicionado por los limitantes narrativos y espaciales que se imponen en una historia que se desarrolla, mayormente, en situaciones de claustro y encierro. En este marco, nos encontramos ante una puesta en escena restringida, que cuenta el ingrato y prolongado cautiverio de tres hombres extraordinarios, con aspecto ordinario, que con una vulnerabilidad humana y común se presentan con sus perfiles más empáticos a flor de piel, ante un espectador promedio, que acaso sabe de ellos y que es capaz de reaccionar en un sentido emotivo y sensible, estableciendo un vínculo que funciona como conector eficaz, sin contar con los conocimientos que cada uno tenga respecto del contexto sociocultural y político que los ha transformado en personajes históricos protagonistas de su tiempo que, de alguna manera, han modificado radicalmente o intentado producir cambios importantes en el estado de los hechos o de las cosas.

Por su naturaleza, el drama carcelario suele ser un subgénero que conlleva implícito el serio riesgo de caer en un estado reactivo de la emoción que pueda causar tedio. Y esto puede darse debido a estímulos que resultan repetitivos, o directamente son inexistentes. Sin embargo, hay en este caso, un antídoto que permite mantener el interés y de alguna manera nos pone a salvo del aburrimiento. Esa salvaguarda es la presencia del Pepe Mujica, el más sufriente de los tres, y no en vano, el más popular y estimado por el público promedio.

CONCLUSIÓN (tomar aire y pensar un poco sobre el viaje)

Como mencionamos, La noche de 12 años no plantea desarrollar un repaso de las formas y argumentaciones con que la violencia fue incorporada a la prédica y a la acción de los actores políticos en Uruguay, durante el período histórico delimitado por el triunfo de la revolución cubana en 1959 y la instauración de la dictadura cívico-militar en 1973. Tampoco se propone profundizar sobre las consecuencias políticas, culturales y sociales del accionar autoritario y antidemocrático de los gobiernos de facto que ejercieron el poder, por decisión propia o por mandato, durante los años de plomo en la América Latina. Y para nada intenta establecer un vínculo o relación de aquellas cuestiones con los hechos concretos que muestra, desde la perspectiva de tres hombres, políticos de la época y víctimas de las arbitrariedades agresivas de la dictadura y sus secuaces (en su mayoría presentados como verdaderos idiotas útiles, demonios de cuarta con perfiles que los muestran cándidos, perversos e ignorantes, el peor de los combos).

En la película, la conflictividad política y la violencia autoritaria de un estado usurpado funciona solo como un contexto difuso del lapso en el que esos tres dirigentes tupamaros son detenidos a partir de septiembre de 1973 y confinados como “rehenes” durante 12 años, en distintos claustros que funcionan como prisiones (pozos o pocilgas de dos por dos), recibiendo durante su penoso periplo permanentes torturas físicas y psicológicas, hambrientos, incomunicados (tenían prohibido hablar libremente), degradados, apenas sobreviviendo al borde de la locura, para recién recuperar la libertad en 1985.

En este sentido, hay que admitir que, más allá de algunas licencias que el realizador se permite (sobre todo en la segunda parte del film) y que podrían merecer alguna crítica, el filme logra plasmar, con calidad técnica y reconocible destreza, el efecto erosivo de años de soledad prisionera, el dolor de la privación, la vulnerabilidad humana, aun en hombres con fuertes y conocidas convicciones. Y con esto, consigue que el espectador reflexione, se ponga en el lugar de los personajes, se enfurezca y se conmueva. Aunque se toma la libertad de brindarnos breves momentos de humor vulgar bastante graciosos o de un cándido romanticismo que llega a emocionar –calculamos que con la intención de descomprimir–, permanentemente nos vuelve a atrapar en la densidad del drama presentado.

La película promete y luego cumple con su promesa, siendo así consecuente en su relación con la audiencia con la que se ha comprometido y recibe a cambio su respeto.

DESPEDIDA (preparando el próximo vuelo)

Con las mochilas cargadas, nos despedimos hasta la próxima.