DEL CINE MUDO AL OZPLOITATION: Una breve historia de los primeros 70 años del cine australiano

1-BUSHRANGERS

La historia del cine australiano se encuentra encerrada dentro de un esquema con varias aristas que suelen repetirse cada cierto periodo de tiempo. Una especie de círculo vicioso en el que los directores extranjeros y los bandidos –ya sean bushrangers o psicópatas de carretera- vuelven a aparecer en cada nueva etapa como para reafirmar que sin ellos el cine de este país de Oceanía no puede evolucionar.

La primera película australiana fue rodada por un extranjero. En 1896 Marius Sestier llegó a la exótica Australia en representación de los hermanos Lumiere para enseñarles a los nativos cómo funcionaba ese invento revolucionario llamado “cinematógrafo”. Para promocionar el aparato, Sestier filmó junto al australiano Walter Banett las que podrían considerarse las dos primeras películas del país: Passengers alighting from the paddle steamer “Brighton” at manly ( 1896), algo así como una remake australiana de  The photographical congress arrives in Lyon (1895) -cortometraje de los hermanos Lumiere en el que una cámara fija registra a un grupo de personas bajando de un barco y cruzando un puente-, y el año siguiente rodó durante la clásica carrera anual el cortometraje Melbourne cup, una obra un poco más cercana a la idiosincrasia y la cultura popular australiana. A partir de estás prematuras películas la producción de cine australiano comienza a vivir su primavera.

Ya entrados en el nuevo siglo lo que primaban eran las películas bélicas y religiosas, que oscilaban entre la propaganda y el nacionalismo. Era lógico que así sucediera, puesto que el  Ejército de Salvación era el impulsor y productor más importante del proto-cine australiano, llegando a adjudicársele hasta el 80% de todas las películas que se realizaban en aquella época.

Hacia 1901 Australia dejaba de ser una colonia del imperio británico y conseguía su independencia reconvirtiéndose en miembro de la Commonwealth. La nueva federación australiana adoptó al cinematógrafo como su gran nuevo medio de comunicación y durante el período 1906-1913 el cine australiano atravesó un auge inesperado, basado principalmente en la popularidad que habían alcanzado algunos subgéneros como las películas de bushrangers -bandidos y salteadores de caminos perseguidos por las autoridades en las primeras épocas de colonización británica, atracadores solitarios o en banda que solían esconderse en el interior del país-. Fue The story of the Kelly gang (Charles Tait, 1906) la piedra angular del cine de ficción que comenzó a darle forma a la industria australiana. Otras películas de bushrangers como Robbery under arms (1907) de Charles MacMahon o The notorious australian bushranger (1910) de S.A. Fitzgerald, fueron censuradas al tiempo que adquirían notoriedad, consideras un mal ejemplo para la sociedad por su violencia y la glorificación de los  bandidos. Los bushrangers reaparecerán en todas las etapas de la historia del cine australiano como representación del antihéroe libertario, orgulloso e indomable. No es de extrañar que las películas de bushrangers reaparezcan a inicios de los ’70, un periodo de total agitación social y política y en pleno auge del nuevo cine australiano- con las películas Ned Kelly (1970, Tony Richardson) con Mick Jagger como protagonista, o Mad Dod Morgan (1976, Phillipe Mora), con un Dennis Hopper excesivo y ahogado en alcohol. Más adelante volverían a aparecer con Ned Kelly (2003) de Greg Jordan, y la excepcional The proposition (2005) dirigida por Joan Hillcoat, con guión y banda sonora del crooner australiano Nick Cave.   

Para 1913 las pequeñas productoras pioneras habían filmado alrededor de 100 películas, enriqueciendo el panorama del cine australiano.  De la fusión de estas productoras nacen Australasian Productions y UnionTheatres, las cuales conforman un oligopolio de distribución y exhibición que hizo descender el número de películas producidas por técnicos y artistas australianos en su propio país. ¿Los motivos? Los productores locales elegían apostar por filmes extranjeros para comercializar a mayor escala, lo cual se traducía en salas de cine más caras y lujosas, pero también con una producción cinematográfica local en caída libre.

Mientras duró la primera guerra mundial, el cine australiano se transformó en un aparato propagandístico y de reclutamiento, utilizando películas de género bélico como ¿Will they never come? (1915) y The hero of the Dardanalles (1915) -ambas dirigidas por Alfred Rolfe- para atraer a los jóvenes hacia los campos de batalla.  Tras el regreso de las tropas australianas en el año 1916, el cine bélico “perdió la gracia” y fue reemplazado de forma acelerada por un cine de posguerra más popular y divertido, películas de puro género –westerns y comedias populistas- como The woman suffers (1918) -controversial y prohibida en algunas ciudades a causa de su tratamiento del sexo- (1918) y The sentimental bloke (1919), ambas de Raymond Longford, eran lo más visto y celebrado por los espectadores australianos.

Durante el gobierno Robert Menzies -un conservador al servicio del capital extranjero- repartido entre los años 1939-1941 y 1949-1966, la ficción australiana fue desechada por un cine que tan solo era una copia de lo que se hacía en Inglaterra y EEUU. La fuga de talentos fue inevitable, pero lo cierto es que durante los años ´50 hubo una pequeña chispa de cine australiano que sobrevivió al cipayismo del gobierno de turno y sus políticas anti-australianas en forma de dramas realistas y contemporáneos: The shiralee (1950) de Ralph Smart y The siege of Pinchgut (1959) junto a The overlanders (1946), ambas dirigidas por Harry Watt, son ejemplos de producción extranjera pero con un espíritu meramente australiano. Tal y como sucederá en 1970 con la dupla refundacional Walkabout/Wake in fright, de las cuales hablaremos más adelante.

El crítico de cine australiano Paul Byrnes aseguraba que The shiralee era “una historia australiana icónica por una buena razón. Aborda un tema importante en la vida australiana: la masculinidad de su cultura. Se puede argumentar que hay dos grandes temas en el cine australiano –el problema del paisaje, y el problema, interconectado, de la masculinidad- y ambos están presentes en The shiralee. Macauley encarna aquello que otras culturas admiran sobre nosotros, y que hemos tendido a contemplar en nosotros mismos: es duro, independiente, capaz de sobrevivir en un paisaje natural áspero, hostil a la conquista, leal a sus amigos, y con un sentido de innato de la justicia. Es el soldado en las trincheras en Gallipoli (1981), el esquilador en Sunday too far away (1975) y Mick Dundee durmiendo en el suelo de una habitación de un hotel de Nueva York porque la cama es demasiado blanda. Pero también es incapaz de expresarse, es anti-intelectual y misógino en ocasiones e incapaz de comprometerse, bebe demasiado, no puede mantener un trabajo y es un horrible padre y esposo. Es Barry McKenzie y Alvin Purple en las comedias de los ´70, Mad Max y el Peter Handcock de Breaker Morant (Rowan Woods, 1998) en los años ’80, Mark “Chopper” Ready Brett Sprague en The boys (Rowan Woods, 1998) en los años ’90. Y en 1957, fue Macaule, un trabajador itinerante que roba a su propia hija en un ataque de ira y entonces debe aprender a enfrentarse a la responsabilidad por primera vez en su vida”.

Hacia 1964 con la llegada de la televisión a los hogares de manera masiva –difundida y apoyada por un Menzies que estaba convencido de que este nuevo medio de comunicación hogareño era ideal para sus propósitos pro EEUU- llevando a todos los hogares publicidades y productos de consumo típicos de la cultura norteamericana, todo lo que no proviniera del país del norte o, aún peor, todo lo relacionado con la cultura australiana, era visto como un producto de baja calidad –en criollo diríamos “trucho”- por el cual no valía la pena apostar. 

Solo gracias al Australian Film Institute, los festivales de Sidney y Melbourne y el pequeño logro de la Australian Film Producers Association que consiguió que se promulgase un decreto proteccionista que obligaba a las productoras a utilizar equipos técnicos íntegramente australianos para rodar publicidades y anuncios gubernamentales emitidos en televisión, el cine australiano logró mantenerse en estado de coma, pero vivo. 

La historia nos enseña que los imperios caen y todos los gobiernos en algún momento llega a su fin, y el de Menzies terminó en 1966, sustituido por Harold Holt (tristemente célebre por haber desaparecido mientras nadaba en el mar, tan solo un año después de iniciar su mandato) quien, además de promulgar iniciativas proteccionistas a favor de la producción local, auspició la creación del Australian Council of Arts –responsable de promover las artes y a la vez que políticas de fomento y aplicación a la financiación proyectos artísticos en Australia- en 1967, mismo año en que el montajista de Age of consent, Anthony Buckley, filma la película Forgotten cinema: The golden age of australian motion picture, un documental arqueológico que narra la historia del cine australiano. El documental llamó la atención de John Gorton, quien cuando fue primer ministro sucediendo al desaparecido Holt promovió a través del Australian Council of Arts el Experimental Film Found un sustento para la producción underground de cine y televisión, con asesoramiento, formación y financiación a través de un fondo público.

A finales de los 60, películas como 2000 weeks (1969) de Tim Burstall -“una representación honesta del estado de ánimo y las costumbres de la sociedad australiana” según el crítico Richard Kuiper- y Ned Kelly (1970) del inglés Tony Richardson, fueron los primeros atisbos de un revival cinematográfico que estaba a punto de explotar en la médula australiana.  

Como en los inicios del cine australiano, un bushranger se vestía de héroe, pero esta vez de la mano de un director extranjero que, como si fuera lo más lógico del mundo, ponía al músico inglés Mick Jagger a encarnar al bandido autóctono, en una superproducción foránea.  Ned Kelly es “La historia de un irlandés-australiano, figura anticolonial, con una estética norteamericana, una sensibilidad de género hollywodense y un actor principal incapaz por igual de dar voz y cuerpo a la masculinidad del icónico antihéroe australiano. Como consecuencia soliviantó tanto los sentimientos antibritánico como antiamericano que circulaban en la época”, (Reel Tracks: Australian Feature Film Music and Cultural identities, 2005). Ni siquiera la banda sonora –música country norteamericana- fue encargada a músicos australianos.

2-OCKERS

A finales de los 60 y principios de los 70 hubo un terremoto cultural y político en Australia. El feminismo prendía su mecha en mujeres y hombres, los grupos de izquierda se oponían a la guerra de Vietnam y a los reclutamientos por lotería, los jóvenes luchaban contra el apartheid, defendían el aborto y clamaban por el desarme nuclear. Todos se sentían parte de una rebelión que comenzaba a explotar alrededor del mundo. El revival se originó dentro de este contexto de exaltación sociocultural, y el nuevo cine australiano nació libre de las ataduras de la censura que antes lo oprimía y asfixiaba. O como dice el crítico cultural Adrián Sánchez: “La entrada en los 70 fue como quitar un tapón; no, más explícito: como reventar una pústula”.

Fue Quentin Tarantino, uno de los tantos directores entrevistados en el documental Not quite Hollywood: The wild, untold story of ozploitation! (2008, Mark Hartley) quien bautizo al conjunto de películas más características del revival como “ozploitation” (en idioma inglés Australia se pronuncia algo similar a “ostrelia”, de ahí el “oz”) cine de explotación australiano que narraba historias llenas de violencia, sexo, acción y horror. Es en este mismo documental donde los entrevistados -en pocas palabras y a través de un montaje de corte rápido-, definen el ozploitation como “películas realmente raras, maravillosas (…) sumamente sucias (…) muy rápidas y baratas (…) con vulgaridad urbana, lenguaje soez, (…) algo siempre está a punto de explotar (…) llenas de sugestividad sexual (…) con bandidos australianos aterrorizando a la gente (…) asesinatos, violación y destrucción (…) misterios (…) rebanar cortar, y matar (…) mala publicidad para Australia”. Si la intención de los cineastas de la nueva ola era realizar productos cinematográficos exportables, vendibles, que seduzcan tanto a productores como a expectores extranjeros por su calidad y espectacularidad, el resultado final no pudo haber sido más contrario a ese ideal. Australia entró a las década de los ‘70 a fuerza de exploits sexuales, bromas soeces, escenas escatológicas y muchos desnudos.

La comedia ocker aparecía en escena para dar comienzo al revival, a “la revolución australiana del mal gusto”. Sus creadores se vanagloriaban de esas historias populares y groseras, películas que ponían a la australinidad al palo, caricaturizando de forma divertida su idiosincrasia. Los antihéroes ockers, borrachos, procaces, bocones, pero sobre todo divertidos, se paraban frente al aburguesamiento cultural para sacudir la modorra cinematográfica, pisoteando los valores de la clase media y diferenciándose grosso modo de los protagonistas del cine arte intelectual de anteriores décadas. La divertida y atrevida The naked bunyip (1970) de John Murray, sexplotation mezcla de documental con ficción, fue la película que terminó de manera definitiva  con la censura en Australia y le abrió las puertas a otros films contraculturales como Stork (1971) y Alvin Purple (1973) –la cual tuvo el honor de ser la película más taquillera de la historia del cine australiano hasta el año 1977- ambas de Tim Burstall, o The adventures of Barry McKenzie (1972) de Bruce Beresford, todas enmarcadas dentro del subgénero ocker, películas paródicas con un protagonista que representa y reivindica a la clase obrera y popular. Según el crítico Adrián Sanchez, los héroes ocker “vienen a decir que ellos son el genuino underground, la verdadera periferia, los marginados por su condición de arte popular hecho no para la elite cultural, sino para sus iguales.”  ¿Cómo reaccionó el público australiano ante este subgénero que marcaba el inicio de un nuevo cine? De la mejor manera: las salas se llenaban y era común que los tickets se agotaran. A los australianos de clase media les gustó verse representados en pantalla grande, en el marco de un cine autóctono que se hacía cargo de una parte de su cultura –la parte más marginal y chabacana, sí, pero también la más divertida- con historias que les eran familiares y cotidianas.

Philip Adams solía decir que Peter Weir y los directores más cultivados tenía que admitir que sin Bazza (Barry McKenzie) o Alvin (Purple) y sus películas vulgares, Australia no tendría una industria.

Otro ejemplo de este nuevo cine libre de ataduras que toma como eje los conflictos sexuales, matrimoniales y religiosos es Libido (1973), una película divida en cuatro actos, cada uno narrado a través de un cortometraje realizado por diferentes productores: John Murray dirige La esposa, Tim Burnstall hace lo propio con El niño, Fred Scehpisi  se hace cargo de El cura y David Baker se pone tras la cámara en Hombre de familia.

Fantasm (1976) de Richard Franklin -bajo el pseudónimo de Richard Bruce- y Fantasm comes again (1977) dirigida por Colin Eggleston -bajo el pseudónimo de Eric Ram-, iban un paso más allá ofreciendo porno softcore y humor televisivo, mientras que The ABC of love and sex Australia style (1977) de John Lamond, era aún más provocadora y chabacana e incluía pequeñas escenas de porno hardcore, lo que la hacía una película aún más buscada por el renovado público australiano harto de la censura cultural. 

3-FANTÁSTICO Y DE CULTO

Las siguientes películas rodadas en suelo australiano por extranjeros no podrían haber sido más diferentes y contrarias al Ned Kelly colonialista de Richardson. Walkabout (1970), del inglés Nicolas Roeg y Wake in frigth (1971) del canadiense Ted Kotcheff, se transformaron en la punta de lanza del revival del cine australiano y sus estrenos son considerados como el “año cero de la construcción de un nuevo cine/identidad australianas desde la ficción audiovisual”. Philip Adams, critico y programador australiano, asegura que “el gran silencio cinematográfico en Australia era roto ocasionalmente por un equipo internacional que llegaba a tratar de hacer una película australiana. De no haber sido por esos ‘invasores’ que nos mostraron como nos veíamos o como eran nuestros paisajes, nuestro anonimato cultural habría sido absoluto”.

Tanto Walkabout como Wake in fright son películas de directores extranjeros que dejaron de lado la mirada superficial de sus antecesores y en cambio se sumergieron en lo profundo de las costumbres, la idiosincrasia y la cultura australiana, para representarla de manera virulenta pero genuina en la pantalla grande. 

Retomando la teoría del círculo vicioso, otra vez fueron dos extranjeros quienes dieron inicio a un nuevo ciclo –el más importante hasta ahora- del cine australiano: Nicolas Roeg y Ted Kotcheff con la dupla de la W: Walkabout y Wake in fright.

Philips Adams asegura en el documental Not quite Hollywood: “De pronto Australia tenía que tener una imagen, y estaban los enemigos de nuestra imagen…particularmente aquellos que no representan a Australia, como chicas bonitas de vestido blanco que desparecen en las rocas”

Esos personajes y locaciones a los que hace referencia pertenecen a la película Picnic at hanging rock (1975), de Peter Weir, director que un año antes ya había dado muestras de su maestría para narrar historias excéntricas de tinte fantástico con la comedia de horror The car that ate Paris -película que retomaremos en los capítulos siguientes por la enorme influencia estética que tuvo en los automóviles de la saga de Miller-. The car that ate Paris podría incluirse con facilidad dentro del catálogo de ozploitation o nuevo cine australiano fantástico, pero Picnic at hanging rock representaba la otra cara del revival, refinada y en las antípodas de la vulgaridad de las comedias ocker, considerada por muchos críticos como “LA película australiana”, un producto altamente vendible por su calidad técnica, su cuidadísima estética y su narración hipnótica al servicio de un relato de que daba al público extranjero una imagen onírica y atractiva de la Australia gótico-fantástica.

Hoy, con una mirada retrospectiva, es más fácil comprender hacia donde apuntaba el cine australiano de los ’70. Según el mismo George Miller “Ahora está muy claro lo que hacia el cine australiano: básicamente creaba un híbrido entre Europa y Hollywood. Y virtualmente todos los films australianos que recibían fondos, se ponían al tanto de nuestra historia. Ese era un movimiento que tenía lugar, pero había otro movimiento que eran las películas de género”. Eran directores como Peter Weir los que se ponían al tanto de la historia australiana para crear películas con historias autóctonas como Picnic at hanging rock las cuales fueron importantes para el revival, pero lo que realmente sacó a Australia del anonimato cinematográfico internacional fue el cine fantástico australiano. A pesar de que muchos actores, directores y productores despreciaban los films de género, no los aprobaban porque por algún motivo la palabra “comercial” siempre había sido desdeñada en ese país, hoy el cine australiano de los 70 y principios de los 80 es considerado de culto gracias a las películas adscriptas dentro del movimiento fantástico, que incluía ciencia ficción y terror en todas sus variantes: el slasher, las películas de demonios, espíritus, fantasmas, y todos esos otros films inclasificables, extraños y rompedores.  En La historia del cine australiano de Adrian Sánchez encontramos una definición precisa de este incipiente movimiento dentro del revival: “El fantástico australiano nace dislocado, poligenérico y posmoderno avant la lettre. Y nace, sobre todo, de la inconsciencia, de la improvisación y de la necesidad de hacer. Es un género punk, hijo inverosímil de las corrientes experimentales que subyacían en el cine australiano, de las películas norteamericanas de serie b y de los mercados dominantes del horror de los últimos ’60 y primeros ’70, Inglaterra e Italia”. Ejemplos de ese horror serie B de los últimos ’60 y ’70 a los que hace referencia Sánchez puede encontrarse en películas con temáticas y estética por demás influyentes para el incipiente ozploitation como Pipping Tom (Inglaterra, 1960) de Michael Powell – La controversial historia de un psicópata que disfruta filmando los asesinatos de mujeres que él mismo comete- Mondo Cane (italia, 1962) dirigida por el trío Paolo Cavara, Gualtiero Jacopetti y Franco Prosperi –un controversial shockumentary censurado y prohibido en varios países-, o The Rocky horror picture show (Inglaterra, 1975), el musical de horror de Jim Sharman.

4-OZPLOITATION

Tarantino afirma que la mayoría de los films australianos de género en los años 70 se estrenaban en Estado unidos a través de las “explotation houses” –salas especializadas en cine de explotación-, situación que coincidía con el gran boom del cine australiano. Las películas de la nueva gran ola australiana de cine independiente, según el propio Tarantino, podían reconocerse gracias a algunas características en común:

-Hay desierto por todos lados.

-Existen grupos de vagabundos abusivos, en autos que nunca podrían costearse.

-Monstruos astutos, mecánicos que vagan por la ruta buscando gente a la que hostigar, mujeres a las que violar y tipos a quienes golpear.

Películas como Stone (1974, Sandy Harbutt), Road games (1981, Richard Franklin) o la propia Mad Max (1979, George Miller) reunían todas estas características enumeradas por Tarantino, y tal vez por eso hoy son consideradas obras maestras de culto.

Stone es una brutal historia de pandillas de motoqueros en la cual actuaron miembros de los Hell Angels –la banda de motociclistas más grande y violenta del mundo- y muchos de sus actores luego fueron parte del cast de Mad Max. La película se volvió tan de culto que en el año 1999 tuvo su propio documental llamado Stone forever y fue dirigido por Richard Kuipers. Por su parte, Road Games -con una jovencísima Jamie Lee Curtis como protagonista-,cuenta la historia de un camionero y un autostopista que recorren las polvorientas rutas australianas en busca de un asesino en serie que mata mujeres y arrojas sus cuerpos –o lo que queda de ellos- a la carretera.

Tampoco podía faltar en este revival la clásica película de bushrangers –el circulo vicioso cinematográfico australiano que gira en ciclos- un subgénero esta vez representado de la mejor manera con el Mad dog Morgan (1976) de Philippe Mora. Mad dog Morgan es un western a la australiana, crudo, violento y con actuaciones inolvidables, pero también controversial por escenas como la de la violación del protagonista (Un Dennis Hopper difícil de manejar, alcohólico y peleador, pero pletórico y componiendo a un personaje sublime) o la masacre de los chinos. Cuando los oficiales del gobierno australiano vieron esas escenas enseguida se desentendieron de la película aduciendo que era un desastre y que no tenía chances de ganar ni un centavo. Sin embargo Mad dog Morgan fue el único film en venderse en el prestigiosos festival de Canes ese año, y se estrenó en 40 cines de los Estados Unidos, transformándose en la primera película australiana en conseguir un estreno de tal magnitud.

El ozploitation se nutría de todos los géneros que tenía a su alcance, era verdadero cine de explotación sin miedo al ridículo, que al final consiguió generar un lenguaje propio, una identidad cultural que lo transformó en un verdadero movimiento de culto para los cinéfilos. Sus influencias esenciales provenían del cine independiente y clase b, ligado al género fantástico de Inglaterra, Italia y los Estados Unidos. De ahí la variedad de géneros y subgéneros que pueden encontrarse en su filmografía. Si algún  espectador se acerca en busca de películas de asesinos en serie o slashers, ahí están Night of fear (1972) e Inn of the damned (1975) ambas de Terry Bourke. Si en cambio quiere disfrutar una de vampiros la puede encontrar en Thirst (1979) de Road Hardy. Si lo que busca es acción y artes marciales al mejor estilo Bruce Lee –o “bruceploitation”- lo encuentra en The man from Hong Kong (1975) de Brian Trenchard-Smith -conocida en EEUU como The dragon flies-. Pero si por casualidad anda a la caza de una de esas experiencias emocionantes que solo puede ofrecer el cine de ciencia ficción y horror apocalíptico, no tienen más que mirar Patrick (1978) -la historia de un asesino en estado de coma con poderes telequinéticos- de Richard Franklin, o The chain reaction (1979) –película que cuenta una catástrofe nuclear con persecución de autos incluida – dirigida por Ian Barry y protagonizado por Steve Bisley, que también actúa en Mad Max al igual que varios actores del reparto, incluido el propio Mel Gibson quien tienen un pequeño papel como mecánico, aunque no aparece en los créditos.

Y como este cine es el hijo predilecto de Australia, tierra de naturaleza brava y animales salvajes, no pueden faltar los films del subgénero de explotación conocido como eco-terror. En estas películas la naturaleza es un personaje más, y eso incluye también a la fauna. Long Weekend (1978) de Coling Eggleston, cuenta la historia de una pareja que quiere descansar un fin de semana al aire libre pero enseguida notan que la naturaleza se les pone en contra y la estadía se torna peligrosa y demencial. Dark age (1987, Arch Nicholson) es un thriller con un cocodrilo gigante y asesino como antagonista, y en Razorback (1984, Russell Mulcahy) vemos cómo un jabalí gigante aterroriza y asesina a los residentes de un pueblo de la Australia profunda.

Parafraseando a los entrevistados del documental Not quite Hollywood, y rearmado sus frases en un montaje literario al mejor estilo cut-up, podemos decir que las obras que conforman el ozploitation son “películas realmente raras, maravillosas, sumamente sucias, muy rápidas y baratas, llenas de vulgaridad urbana y lenguaje soez. En estas películas llenas de sugestividad sexual algo siempre está a punto de explotar, y los bandidos australianos viven aterrorizando a la gente entre asesinatos, violación y destrucción, rebanando, cortando y matando. Una mala publicidad para Australia, una hermosa noticia para los cinéfilos”.

Y fue dentro de este contexto particular donde nació la primera de una saga de películas de ciencia ficción post-apocalíptica, dirigidas por George Miller. Porque una obra clase B de autor como Mad Max necesitaba de toda la libertad, la osadía, la locura y el amor por el séptimo arte que respiraba el ozploitation, para poder nacer, emanciparse y volverse cine culto.


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