La llorona: “una tierra que llora a sus desaparecidos”

El film toma su nombre y construye su narrativa a partir de algunos elementos de un folclore hispanoamericano, que, según la tradición oral, es el alma en pena de una mujer que ahogó a sus hijos y, arrepentida y maldecida, los busca por los ríos, ciudades y pueblos asustando con su llanto a quienes la oyen y la ven. La mayoría de los relatos la describen como una mujer de vestimenta blanca y cabello oscuro. La historia de leyenda varía dependiendo del país que la relate y ha existido desde los días de los conquistadores españoles. El mito de la llorona en la cultura popular ha servido para espantar a los niños, extraer el miedo a hombres y mujeres para que sean fieles a sus parejas, para evitar infanticidios por parte de la madre, como parábola de la justicia divina o como símbolo colectivo. En este caso, se utiliza como vehículo para hablar sobre un tema social relativo a la historia reciente del genocidio guatemalteco.

La llorona es el tercer film de Jayro Bustamante. Es la última parte de la trilogía del “insulto” que, según el director, definen la cultura en Guatemala. Ixcanul (2015) retrata el primer desprecio: el de ser indio. Está filmada en cachiquel, lengua que habla medio millón de nativos del país. Luego vino Temblores (2019), que refleja el segundo agravio: el de ser homosexual en un país sumamente dominado por la religión. Y con La Llorona llega el tercer insulto: el del ser comunista. Según cuenta Bustamante, en Guatemala todo aquel que defiende los derechos humanos es acusado de ser comunista.

La película comienza con el juicio del general Enrique Monteverde (Julio Diaz), un alto mando de las fuerzas armadas responsable del genocidio de pueblos originarios en la década del 80. A pesar de ser condenado, el proceso se considera nulo y la sentencia queda sin efecto. Cuando regresa a su casa con su familia, también lo hacen cientos de manifestantes indignados con el resultado del juicio. Con la llegada de Alma (María Mercedes Coroy), la nueva sirvienta, una joven misteriosa de pelo negro y vestiduras blancas, el general y su familia comienzan a experimentar sucesos sobrenaturales.

El personaje del general tiene cierto paralelismo con el verdadero dictador Efraín Ríos Montt, quien fue presidente de Guatemala entre 1982 y 1983 a través de un golpe de Estado. En el año 2013 Ríos Montt fue condenado a 80 años de prisión por los delitos de genocidio y crímenes de lesa humanidad, pero la sentencia del juicio fue anulada por la Corte de Constitucionalidad. En 2018 falleció a sus 91 años sin haber pagado por sus crímenes.

La llorona transcurre en el encierro de la familia Monteverde, que al encontrarse rodeada de manifestantes no puede salir. La puesta en escena acentúa esa sensación de encierro que sienten los personajes y la creciente paranoia del general asediado por sus víctimas. El ritmo lento que Bustamante le da a la película hace que la tensión se vaya acumulando y se cree un clima incómodo. El sonido juega un rol fundamental con los cánticos constantes de la multitud que se encuentra afuera y que se vuelve parte de la banda sonora. Se genera la sensación de que están dentro de la casa y dentro de la cabeza de los personajes también.

Jayro Bustamante usa ciertos elementos del cine de terror para la construcción de algunas secuencias; sin embargo, no se lo podría catalogar como un film de terror. Utiliza la leyenda y todo lo que la rodea como una metáfora, proponiendo una justicia espiritual para esos delitos que quedarán impunes. Tiene tintes de realismo mágico de la literatura latinoamericana. Sobre todo, por el uso del género para realizar una crítica política. No es el primer director que hace uso de este recurso, siendo el más conocido Guillermo del Toro con El espinazo del diablo y El laberinto del Fauno, en las cuales el verdadero enemigo es el fascismo franquista.

El director llevó a cabo un estudio social sobre cuál es el género de cine que más se consume en su país, que dio como resultado el de superhéroes y el terror. Así es como, inteligentemente, eligió el género para su película: un vehículo para que su mensaje llegara a la mayor cantidad de gente posible.

El resultado es un terror latinoamericano que refleja que nuestros más grandes monstruos fueron y son reales, y saca a relucir un pasado que aún duele en el presente.