35° FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE MAR DEL PLATA: RESEÑAS DÍA VIII

Competencia Argentina, por Benjamín Héctor Minevitz

  • El tiempo perdido, de María Álvarez (2020)

Marcel Proust publicó En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu) durante 14 años, entre 1913 y 1927. La obra es probablemente, junto a Ulises (1922) de James Joyce, la que más influyó en la literatura del siglo XX. Es una novela de introspección en la cual Proust se pregunta acerca de la memoria, los recuerdos y el amor. Puede pensarse como una obra impresionista, relacionada con la música de Claude Debussy y la filosofía de Henri Bergson. Temas como la homosexualidad, el tiempo y el arte, entre muchos otros, desfilan en esta obra de siete libros y casi 3000 páginas.

El tiempo perdido (Le temp perdú) es una película con guion, montaje y dirección de María Álvarez; producción, cámara y fotografía de Tirso Díaz Jares Rueda y la propia María Álvarez; sonido de Sofía Straface y música de Claude Debussy, interpretada en flauta por Rosario Castillo. La película es un documental de 102 minutos de duración que fue filmada entre 2015 y 2019.

Durante casi veinte años, desde 2001, un grupo congregado por una licenciada en letras y luego continuado por su padre, se reúne en el Bar Tribunales, en el centro de la ciudad de Buenos Aires, para leer la monumental obra de Proust. Parece que emplean para la lectura de los siete libros que la componen, unos cuatro o cinco años, porque la película comienza con el párrafo inicial del primer libro y concluye con la reunión en la que leen el último párrafo del séptimo libro. Una vez terminada la lectura de toda la obra, empiezan nuevamente por el primer libro. El padre de la fundadora cuenta que está por su quinta lectura. Casualmente, su hija se llama Albertina, como el personaje femenino principal de la novela.        

Los lectores son todas personas mayores, algunas muy añosas, para las que, justamente, el tiempo no parece estar perdido. Encuentran el tiempo en la lectura y la reflexión, por momentos muy profunda, obviando dificultades de visión o locomoción. Con poca vista o bastón en mano, siguen buscando el tiempo en Proust.

María Álvarez trabaja en un espacio muy reducido, el de las mesas del bar en las que se aposentan los lectores, a veces unos seis o siete, a veces casi veinte. La ventana brinda algo de luz natural y la sombra de algunos edificios, el Teatro Colón y alguna construcción vidriada. Cada tanto, algunos transeúntes componen el cuadro. Álvarez no abandona el bar en ningún momento del film. Algunas viejas postales románticas y unas pocas fotos viejas acompañan la lectura. Los planos son cortos, a veces primeros o primerísimos planos, durante la lectura o durante la escucha. Los planos más largos sitúan al mozo del café, que parece presente pero a la vez distante. Separadores con fundidos a negro y la música de Debussy, muy medida. Es “Surinx”, en la flauta de Rosario Castillo.

Seguramente que no son muchos los espectadores que han leído la obra de Marcel Proust, y sin embargo podrán adentrarse en el clima de la película sin problemas y, sin darse cuenta, encontrarse dialogando con el grupo de lectores y con la Albertine de Proust.

El Bar Tribunales cerró sus puertas y el grupo se quedó sin lugar de reunión. Cuando le preguntaron a la directora sobre la continuidad del grupo de lectura, dijo: “No es fácil encontrar un sitio tranquilo los sábados por la tarde para quince personas que, más que a consumir, van a leer. En eso estaban hasta marzo, buscando un lugar apropiado. Cuando filmamos la película no teníamos idea de que justo al terminarla el bar iba a desaparecer y que, unos meses después, un virus iba a impedir que la gente se reúna en lugares públicos. El documental se resignificó bastante con todo esto, la coyuntura modificó el foco de la película”.

María Álvarez es escritora y cineasta. Emprendió una trilogía que comenzó con Las cinéphilas (2017), sigue con esta película y proyecta concluir con Las cercanas.

El tiempo perdido es un muy buen documental intimista, que permitirá a más de uno recuperar las lecturas perdidas.

Competencia Argentina de cortometrajes, por Fabio Vallarelli

  • Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse, de Pablo Martín Weber (2020)

Este cortometraje del cordobés Pablo Martín Weber, como su nombre lo indica, es una suerte de homenaje y revalorización de la obra de Philip Henry Gosse, historiador natural británico y divulgador científico.

La película parte de la estética de las ilustraciones de las investigaciones del científico: flores, corales, insectos y demases; e intenta reconstruir cierta idea de esa forma de mostrar la flora y la fauna a partir de imágenes actuales tomadas por el director e intervenidas con procesos de postproducción. Lo mismo ocurre con algunos fragmentos de imágenes archivo de la provincia de Córdoba durante la dictadura de Onganía.

El corto es un ensayo de unos 20 minutos que abreva en lo mejor del cine de Marker, pero que además es toda una experiencia sensitiva audiovisual por la forma bella en la que están trabajadas las imágenes y el sonido. El ritmo del montaje es muy preciso y eso hace que la película nunca se vuelva reiterativa o contemplativa, algo común en este tipo de films.

Una de las mejores y más interesantes películas que se pueden encontrar en esta edición del Festival.

Competencia Internacional, por Anna Ciaffi

Nosotros nunca moriremos, de Eduardo Crespo (2020)

Es un ente extraño la última película de Eduardo Crespo. Es un drama intimista, es un poco road movie, es a veces un relato sci-fi.

Una madre y su hijo preadolescente viajan de su pequeño pueblo a otro para hacer todos los trámites y menesteres que les deja pendientes la muerte del hermano mayor de la familia. Allí, comenzarán a atravesar un duelo en plena oscuridad, acercándose poco a poco a una luz que disipa las dudas sobre el asunto.

La relación madre e hijo menor se desarrollará y afianzará también con la participación de preciosos personajes secundarios que vienen de parte del muerto y que terminarán de darle color al relato.

De una puesta en escena sencillísima y bella, que maneja el 1, 2, 3 del lenguaje audiovisual a la perfección, a veces romperlo en secuencias del orden de lo fantasioso y lo surreal, Nosotros Nunca Moriremos es una película particular, pero no por eso menos placentera.

Competencia Latinoamericana, por Fabio Vallarelli

  • Chico ventana también quisiera tener un submarino, de Alex Piperno (2020)

La última película estrenada en la Competencia Latinoamericana del Festival es esta ópera prima del realizador uruguayo Alex Piperno. El film narra de manera fantástica y poética el encuentro entre un crucero que circula por la Patagonia, una ciudad sudamericana y un grupo de campesinos Filipinos, que misteriosamente son conectados a través de “ventanas” a otros mundos.

Una película con imágenes muy bellas y un abordaje muy humano y afectuoso de los personajes, pero que lamentablemente devela muy rápido lo más interesante que tiene para ofrecer, dedicándose luego a repetir las mismas operatorias sin agregar nada novedoso. Su casi hora y media de duración se ve forzada para un relato que podría haber sido más pequeño y mucho más contundente.

Aún así, para quienes deseen, tienen para disfrutar algunas postales muy bonitas de las locaciones y ciertos pasajes de puesta en escena muy logrados.

Selección oficial fuera de competencia, por Adriano Duarte

  • Inmortal, de Fernando Spiner (2020)

Es común que Homero, al hablar del sueño, emplee el epíteto “hermano de la muerte”. En este mismo sentido, Inmortal —el más reciente largometraje de Fernando Spiner presentado fuera de competencia en el 35o Festival Internacional de Cine de Mar del Plata— viene a ser hermano de La sonámbula (1998). Porque si el tema de La sonámbula es el sueño, el de Inmortal es la muerte. Y el método que el cineasta aplica en ambos casos es el de una ciencia ficción de las pampas.

Inmortal cuenta la historia de Ana Lauzer (Belen Blanco), una fotógrafa que regresa a Buenos Aires para resolver algunos trámites luego del fallecimiento de su padre (Patricio Contreras). Ana cree que su padre murió en la quiebra por financiar las investigaciones del Dr. Benedetti (Daniel Fanego), a quien ella lo considera un charlatán. Sin embargo, Benedetti le demostrará lo contrario: el padre de Ana estaba invirtiendo en Leteo, un sistema que le permitiría vencer a la muerte.

Inmortal elabora un tema que tiene larga tradición en el arte, desde el Poema de Gilgamesh hasta el mito de Orfeo y el magnífico Canto XI de la Odisea. La película juega desde el principio con esas referencias, e incluso las enlaza con el I Ching, con Ubik (Philip K. Dick, 1969) y con Matrix (Lana y Lily Wachowski, 1999). Hay, en este sentido, no solo una rica trama temática sino también un sólido trabajo técnico. La música de Natalia Spiner crea la banda sonora perfecta para esta Buenos Aires de futuro cercano: suena potente como un tango cyberpunk. En el apartado actoral, Belén Blanco sobresale con su interpretación de una Eurídice a la inversa, cargada de una furia tan nostálgica como inconsolable. No queda lejos el trabajo de Daniel Fanego en el papel del científico un poco loco pero muy querible, y el de Ana Couceiro como la empresaria voraz.

Inmortal convierte a Buenos Aires en una ciudad distópica no por medio de efectos especiales sino a fuerza de planos poéticos: vistas aéreas que transfiguran la autopista en un espacio no euclidiano, paisajes plagados de grafitis desde las ventanillas del colectivo mientras reverberan de fondo noticias sobre movilizaciones contra un presidente del que no quiero acordarme, escenas desde una terraza en el que las letras metálicas de un cartel abandonado evocan la mirada de un Wim Wenders o de un Wong Kar-wai. A los ojos de Fernando Spiner, Buenos Aires es un territorio crepuscular, un purgatorio melancólico, la contracara de ese Leteo donde vagan sombras digitales de color ocre.