El apóstol: pinta tu aldea (con sangre)

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El apóstol (Gareth Evans, 2018, disponible en Netflix) hereda de M. Night Shyamalan —y sobre todo de The Village (2004)— ese ejercicio de convertir a la historia en una ecuación plagada de incógnitas. Pero en su extrañeza se separa de este modelo para prefigurar aquello que Ari Aster desarrolla en Midsommar (2019): la posibilidad de pensar una suerte de mundo secreto, distante, regido por reglas ligeramente anómalas que, vistas con los ojos de este lado del mundo, se ven como imágenes distorsionadas o plagadas de aberraciones. En otras palabras, El apóstol entabla un juego similar al que propuso Swift con Los viajes de Gulliver (1735) o Lovecraft con The Festival (1925). En el caso específico de El apóstol, los sucesos evocan vagamente la aventura de los Padres Peregrinos que escaparon en el Mayflower allá por el 1600, pero instalados más bien en la época de las máquinas a vapor. El profeta Malcom (Michael Sheen) y sus secuaces Frank (Paul Higgins) y Quinn (Mark Lewis Jones), en vez de arribar a tierras norteamericanas, encallan en la remota isla de Erisden. En ese territorio inhóspito los tres fugitivos descubren el espacio ideal para fundar una utopía religiosa: una hibridación de moralidad protestante con creencias telúricas.

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El apóstol encubre con destreza el substrato del terror en el que hunde sus raíces y se disfraza durante una buena parte del metraje como historia de suspenso. Durante esa etapa, la historia se centra en el proyecto de Thomas Richardson (Dan Stevens) consistente en rescatar a su hermana Jennifer (Elen Rhys), secuestrada por el profeta Malcom. En la consumación de ese proyecto, Thomas encuentra un aliado en Jeremy (Bill Milner) —hijo de Frank—, a quien Thomas descubre teniendo una relación prohibida con Ffion (Kristine Froseth) —hija de Quinn—. Sin embargo, la historia pega un golpe de timón desde el momento en que, por un lado, el profeta Malcom y sus secuaces descubren los planes de Thomas y, por otro lado, la relación de Ffion y Jeremy entra en crisis. Ambos nudos narrativos empujarán el relato a un territorio malsano, umbrío, sanguinolento, que recuerda al de videojuegos como Resident Evil, Silent Hill o The Evil Within. En ese ámbito, la crueldad aflora sin escrúpulos y se aplica por medio de mecanismos retorcidos, dolorosos, auspiciados por una fuerza que es enigmática como una divinidad y que es amoral como una máquina.

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Si hay algo que define a El apóstol es precisamente esa atmósfera oscura, decrépita, cargada de misterio. Quienes gustan del terror con ciertos aires de gótico y de folk conectarán de inmediato con ese mundo helado, apartado del sol, de tierra áspera que curte a hombres y mujeres en la escasez y la aceptación sumisa de la brutalidad, del fanatismo y del imperio de fuerzas sobrenaturales. No por casualidad Thomas Richardson mantiene esa distancia escéptica, contaminada de rencor. A través de sus ojos empañados atestiguamos las rutinas, las penurias y los desatinos de la isla de Erisden. Gracias a ese juego, la ambigüedad de la historia se acrecienta. Los rituales del culto que divulga el profeta Malcom aparecen ante los ojos de Thomas como los discursos de un desaforado. Sin embargo, cuando la cámara se aparta del protagonista por breves instantes, de reojo notamos indicios de que algo raro ocurre en esa isla. La hierba crece y se marchita en segundos, los animales nacen con deformidades horrorosas, los fieles del culto ofrendan su sangre a una enigmática entidad que el profeta Malcom llama Ella. Así, entre la mirada desengañada de Thomas y la curiosidad de la cámara indiscreta, oscila la perplejidad del espectador que, seguramente, no hallará descanso ni siquiera después del desenlace.