Proyecto fin del mundo: triunfo y torpeza

Ante el estreno de Proyecto fin del mundo, varios medios argentinos salieron a destacar la presencia de la icónica versión de Mercedes Sosa de “Gracias a la vida” en una escena. La sola aparición de una melodía folclórica calma de una cantautora tan asociada a la argentinidad, sonando en una superproducción norteamericana de ciencia ficción de 200 millones de dólares, puede provocar orgullo catastral. Es evidente que hay algo discordante entre ambas, pero lo cierto es que el uso de esta canción es muy breve. Ocurre una vez que Ryland Grace, el astronauta protagonista que interpreta Ryan Gosling, duerme mientras parte de vuelta hacia la Tierra, tras despedirse de Rocky, el extraterrestre rocoso del que se había hecho amigo. Lo que vemos (acaso un sueño del protagonista) es una serie de planos con momentos que ya habíamos visto antes, como la clase de Ryland con sus alumnos, la pelota de “lava” con la que, de forma didáctica, el Sol les tomaba lección en su misión, cuando lo vio de cerca, la explosión del laboratorio que mató al científico que iba a llevarla a cabo y por la cual Ryland ocupó su lugar. La secuencia tiene un carácter redundante, al repetir cosas que ya se nos habían contado, ahora bajo un matiz estilizado. De hecho, podría quitarse de la película sin alterar la trama en lo más mínimo.
Pero, así y todo, es imposible no verlo como algo hermoso, por la forma en que estos momentos se ven ahora envueltos en una suerte de niebla que, junto con la canción, da a las imágenes un carácter nostálgico y triste. También porque esta canción habla, desde su título, de una celebración de la vida a partir de los sentidos, como si la sola existencia humana con sus cualidades más básicas fuera un motivo de gratitud. Esto, claro está, tendrá que ver con Ryland mismo. No solo porque se trata de un biólogo molecular (alguien que estudia cómo se genera la vida), sino porque su misión es salvar a la Tierra y, por tanto, a las vidas que en ella habitan.

La música tiene un rol fundamental en otra escena, que es la del karaoke. Ahí veremos a la Dra. Stratt (Sandra Hüller), autoridad máxima del grupo internacional de científicos del proyecto del título, subir al escenario del bar en el buque de la Armada en que se encuentran para entonar “Sign of the Times”, de Harry Styles, con un tono de voz a punto de quebrarse. La canción alude desde la letra a cuestiones terrestres como la atmósfera y el cielo. Pero además representa dentro de la película un acto de vulnerabilidad y apertura por parte de la doctora, una forma de despedida sentida a una tripulación que intuye no volverá viva, y el quiebre de un personaje que hasta el momento se mostraba frío e implacable.
La presencia de dos canciones tan distintas entre sí llama la atención sobre uno de los aspectos más curiosos de Proyecto fin del mundo que es lo ecléctico de su banda sonora. No solamente puede haber una balada pop y una melodía folclórica. A su vez se puede pasar, de un momento a otro, de una canción de baile africana a un tema de Los Beatles; de la misma manera, puede sonar un tango para mostrar a Ryland preparando los materiales que debe llevar a una expedición en el espacio, o a una nave que flota. Lo que esta musicalización tan heterogénea termina por crear es la idea de una superficie cósmica multifacética. Una a la que el film puede mirar, de acuerdo con lo que le ocurra a su (anti)héroe, con miedo, con humor, con tristeza o con fascinación.
Y es acá donde entra una de las cosas maravillosas que tiene la última película de Phil Lord y Chris Miller (La película de Lego y 21 Jump Street; directores que mezclan géneros clásicos como la acción o la ciencia ficción con la comedia): la creación de un espacio exterior distinto a la representación que de él ha hecho el cine de ciencia ficción a partir de 2001: odisea del espacio. Seré más claro: desde la monumental película de Kubrick en adelante (con algunas excepciones), las películas que tienen lugar en el espacio han mostrado al universo espacial como un sitio gigantesco y majestuoso, infinito, al que se observa mayormente con asombro o con sensación de peligro. De ahí que estas películas (por nombrar dos: la primera Star Wars y Gravedad) recurran muchas veces a planos largos que buscan lograr un efecto inmersivo. Pero en Proyecto fin del mundo este espacio no tiene ni siquiera demasiado tiempo en pantalla, y lo que vemos de él en su mayoría transcurre dentro de la nave de Ryland. Cuando aparece, sus directores lo toman en planos cortos y como un sitio de apariencia achatada. Como si lo que en verdad les importara a Lord y Miller no es tanto cómo se ve o se percibe la superficie espacial, sino lo que hace y lo que le pasa a su protagonista en él (ver, si no, cómo la escena que podría ser una excepción a esto, aquella en que Grace “tiene un momento” caminando entre los astrófagos que emiten luz infrarroja, muestra su inmersión ahí apenas unos segundos, para que lo siguiente que se vea sea al científico recolectando muestras). En ese gusto por lo breve es donde aparece el costado más flojo de Proyecto fin del mundo, expresado en la desprolijidad para construir determinadas situaciones o escenas de manera sostenida. Así, el montaje muy acelerado al comienzo, cuando Ryland despierta en la nave sin saber quién es o cómo llegó ahí, estropea cualquier posibilidad de suspenso, e impide que veamos con claridad cómo es el lugar en que se encuentra. Por lo mismo, en otra escena vamos a verlo despidiendo a los científicos fallecidos que no sobrevivieron a la misión. Ahí veremos cómo la cámara toma un primer plano del rostro del protagonista llorando, con una melodía emotiva de fondo. El momento trata de ser emotivo desde un lugar un poco burdo (lo cual se hace más notorio en una película donde la emoción se logra de forma más sofisticada, como en las escenas musicales mencionadas), pero además no funciona porque los muertos son personajes que no conocimos, y que de hecho apenas llegaremos a ver a lo largo del film.

Esta torpeza se hace presente en la cantidad de veces que se nos repite que Ryland no es la persona adecuada para la misión espacial que se le encarga, y en la necesidad que más de una vez que tiene la película de pasarnos información científica mediante diálogos bastante engorrosos.
Sin embargo, es curioso cómo esta misma torpeza se hace presente en una de las cosas más queribles de la película, que no es otra que su protagonista. Volvamos a la forma en que Proyecto fin del mundo se distingue de otras películas que transcurren en el espacio. A diferencia de lo que pasa en otras, Ryland Grace es alguien que no tiene la más mínima preparación para lo que debe hacer. Grace no tiene el profesionalismo de los astronautas estoicos de 2001, ni la motivación personal y energía de Luke Skywalker (Mark Hamill) en Star Wars, ni la formación de la doctora Stone (Sandra Bullock) de Gravedad. Ryland es un maestro de ciencias en una secundaria, que ha dejado su labor más profesional como biólogo molecular, y al que el grupo gubernamental manda de viaje a las estrellas porque, sencillamente, no tenían quién reemplazara al científico fallecido que hubiera ido en un principio. Se trata de un hombre poco habilidoso, simpático y sencillo, cuyo carácter nada tiene que ver con la seriedad de los científicos y las autoridades que se encargan de la investigación, y que deberá de a poco encontrar su lugar en el espacio (nunca mejor dicho).
Parte del humor que atraviesa Proyecto fin del mundo tiene que ver con esta cualidad de su protagonista y su contraste con el entorno científico. De este modo, puede haber un chiste excelente que consiste en mostrar a un personaje afirmando que las mentes más brillantes del mundo están trabajando para salvar la Tierra, para luego mostrar a Ryland dormido y roncando en la nave. O en la escena de la reunión organizada por la Dra. Stratt para anunciarle que será enviado a la misión espacial, en la que se nos muestra a las autoridades paradas a un lado de la mesa, y luego, a Ryland apartado en el otro extremo, con una vestimenta tan poco “profesional” para ese contexto como un suéter con un gorro.
Lord y Miller se hacen eco de esto cuando vemos la cámara girar varias veces al filmar a Ryland intentando recordar quién es y qué debe hacer en la nave, o al flotar en el espacio: no solo es la manera de la película de dar cuenta de la falta de gravedad, sino también de mostrar cómo el protagonista debe desplazarse en un medio que le es hostil, para ir convirtiéndose de a poco en alguien heroico.

Hay un carácter muy noble en Proyecto fin del mundo en volver a un tropo tan reconocido, ya no del cine, sino de la literatura desde sus comienzos y de las ficciones en general, como es el mito del héroe: un personaje común y corriente que es llamado a la aventura, y que en ningún momento esto se sienta como un lugar común simplista, sino como el componente genuino de una película de ciencia ficción luminosa y de espíritu alegre.
No solamente Ryland es un personaje fascinante por una comicidad basada en la torpeza física y en sus expresiones faciales. Gran parte de la simpatía que generan el resto de los personajes se basa en su gestualidad y en su capacidad de transmitir emociones con expresiones mínimas: la cara impasible (y algo impostada) de la Dra. Stratt, tanto para hablar de ciencia como para tratar de convencer con paciencia a Ryland de su misión; la seriedad de Carl, el hombre de seguridad del proyecto, tan extrema que en vez de intimidante resulta graciosa; y la forma de moverse y la actitud amistosa de Rocky, al que la película, en una hermosa paradoja, vuelve el personaje más entrañable de todos sin que sea otra cosa más que una roca carente de rostro .
El triunfo del profesor de ciencias ahora devenido científico espacial es, a su vez, el de Proyecto fin del mundo: la idea de que una película de género repleta de efectos especiales y de gran espectáculo funciona cuando detrás hay directores con herramientas nobles, que saben que detrás de esto (o, mejor dicho, delante) lo que debe haber no es un presupuesto abultado ni una ambición gigantesca, sino una historia bien narrada, personajes definidos y universo potente. Y que esto puede hacerse sin caer en la liviandad pueril ni en la pretensión solemne. Toda una lección, imperfecta pero bienvenida, para Marvel, por un lado, y para Nolan y Villeneuve por el otro.



