Destroyer: vuelta de tuerca a lo irreparable

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Erin Bell (Nicole Kidman) es una detective cincelada a martillazos. Tiene la piel marchita, el pelo ceniciento, los ojos ojerosos. Su andar es descuidado, algo brutal, como abrumada por una carga insoportable. Una mañana acude a la escena de un crimen. Un cadáver yace a la orilla del río Los Ángeles. Hay una .38 sin número de serie ni huellas dactilares y unos cuantos billetes manchados con tinta. El cadáver tiene tatuados tres puntos en la nuca. Algo en ese tatuaje anima la inquietud de la detective. Y también algo en esos billetes marcados la sitúan sobre un camino doble: la búsqueda de Silas (Toby Kebbell), un criminal cuyo rastro se había perdido en el tiempo, y el recuerdo de Chris (Sebastian Stan), compañero suyo durante los primeros años de su oficio. Lo que mueve a la detective Bell, por tanto, es el pasado. Y cuanto más avance hacia delante, más cerca estará de resucitar los fantasmas de su memoria. En síntesis, este es el juego que Destroyer (Karyn Kusama, 2018) propone: una vuelta de tuerca narrativa cuyo punto de partida y de llegada son siempre el pasado.

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Destroyer compone, a la manera de Galveston (Mélanie Laurent, 2018), lo que podríamos llamar un noir crepuscular. Es decir, ambos filmes asumen las convenciones clásicas del género negro como una estructura implícita. Este recurso opera de manera directa sobre el relato. Así, Laurent resuelve ciertos detalles de la narración mediante la elipsis o el fuera de escena. Kusama, por su parte, apela a una progresión no lineal a fin de desmadejar una narración que el espectador deberá ovillar de nuevo con cierta cautela: no todo flashback significa un salto a un lugar fiable. Ambas cineastas ponen en marcha estos mecanismos con un idéntico objetivo: sumergirnos en el tono trágico de los protagonistas, en la melancolía de sus almas, en su insalvable condición de antihéroes. En una reseña anterior para la 24 Cuadros he analizado con detalle la delicadeza con que Laurent ejecuta su faena en Galveston. En Destroyer, esta misma operación se efectúa por medio del juego narrativo de Kusama. En efecto, no se trata aquí de lucir una mera destreza narrativa sino de componer un símbolo: el alma torturada de Erin Bell. Los artífices de esta pieza de relojería son los guionistas Phil Hay y Matt Manfredi. Kusama contó también con ellos para elaborar esa otra alhaja suya de 2015 llamada The Invitation (disponible en Netflix). Allí, la estructura del relato invitaba al espectador a rastrear los detalles decisivos que, en gran parte, germinaban en segundo plano. Aquí, en Destroyer, el esquema no lineal de la historia convierte al espectador en un detective que interroga los silencios de Erin Bell.

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Erin Bell es sin lugar a dudas una de las mejores composiciones de Nicole Kidman. Saca enorme provecho de ese maquillaje expresionista —que recuerda mucho al de Charlize Theron en Monster (Patty Jenkins, 2003)— y le añade una energía destructiva que convierte a la detective en la imagen viva (y no por casualidad) de una zombi. Julie Kirkwood se luce en el apartado de fotografía al dotar de tonos cálidos las memorias del pasado y contrastarlos con los tonos fríos de los episodios del presente: hermosa metáfora para denotar la decadencia. La música de Theodore Shapiro, por su parte, pinta con exactitud los estados del alma de quien ha destruido algo y no ignora que aquello es ya irreparable.

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Destroyer seguramente no habrá de defraudar a quienes apreciaron filmes como You Were Never Really Here (Lynne Ramsay, 2017), Dragged Across Concrete (S. Craig Zahler, 2018) o Hold the Dark (Jeremy Saulnier, 2018). Con Destroyer, Karyn Kusama se une a esta corriente de cineastas que adoptan el policial como laboratorio de exploración narrativa y estilística. Pero no solo eso. Si The Invitation representa para Kusama un viraje hacia un estilo más personal, menos ligado a estándares comerciales, Destroyer consolida ese rumbo a fuerza de ingenio narrativo y de sensibilidad poética.