Bojack Horseman: “Nos veremos otra vez”

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Qué difícil darle un cierre a la serie que supo ser de lo mejor que hemos visto en la última década, que fue tratando los temas que nos interpelan tanto personal como socialmente, que se metió con todo: aborto, adicciones, depresión, enfermedades, maternidad, trabajo, vínculos, socialización, el mundo del espectáculo, cuestiones de género y más. Una serie que fue refugio, espacio de disfrute e identificación, momento de distensión, también, por qué no. Qué difícil despedirse de estos entrañables personajes, esos animalitos antropomorfos o esos humanos dibujados que veíamos en la pantalla tantas veces como en un espejo. Qué difícil que un final esté a la altura de sus 5 temporadas y media, muchas veces perfectas. Qué difícil hacer una reseña sin spoilers, pero lo intentaremos, porque si Raphael Bob-Waksberg y su fabuloso equipo lograron lo que parecía imposible, darle un final digno a una historia que hubiéramos querido que no terminase nunca, como mínimo, lo intentaremos.

Los últimos ocho capítulos nos pasean, como estamos acostumbrados, por todo el espectro de emociones. Con ingenio, con apuestas formales que nos sacan de la comodidad del formato narrativo más común, los últimos capítulos nos permiten tener dos cosas para agradecer. Una es lo obvio, la serie va “cerrando” las historias de los protagonistas, la otra es que también nos cuentan un poco más. Los personajes siguen creciendo hasta el último minuto, con todo lo que eso implica. Cambian, se fortalecen, cometen viejos y nuevos errores, buscan, fracasan, se sienten satisfechos. Y al final queda la sensación de que esto podría ser así siempre: si algo deja perfectamente claro la última temporada es que no hay “cierre” posible en la vida de las personas (así sean gatas, perros o caballos) porque las cosas que nos van pasando en la vida, por más dolorosas y definitivas que parezcan, mientras nos dejen con vida, solo nos hacen continuar. Pero, como dijimos en la anterior reseña, por otro lado todo debe tener un final, y este es el de esta parte de una historia. Queda la sensación de que Bojack (Will Arnett), Diane (Alison Brie), Princess Carolyn (Amy Sedaris), Mr. Peanutbutter (Paul F. Tompkins) y Todd (Aaron Paul) seguirán intentándolo aún después del capítulo 16, ya lejos de nuestra vista, en un universo paralelo, que es aquel en el que viven los personajes (literarios, del cine y de las series) que han cobrado calidad de seres, porque han sido, y el final nos deja entrever que seguirán siendo. La ficción hace eso, no nos miente, no nos cuenta cosas irreales, la (buena) ficción permite la existencia de otras realidades, alternativas a la nuestra, en las que viven (y a veces mueren) personajes que han podido crecer de la mano de escritores y lectores.

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Los primeros ocho capítulos de la temporada habían ido creciendo en tensión en cuanto al oscuro destino de Bojack, consecuencia de sus actos pasados. No alcanzaba con dejar de teñirse el pelo y ser profesor universitario, ni estar desintoxicado o ser un buen hermano. Habíamos visto con amargura cómo nuestro caballo preferido quería pasar la página y no podía. Porque, y eso también nos cuenta Bojack Horseman, por más que cambiemos, aprendamos de nuestros errores y hasta intentemos corregirlos, el pasado no puede cambiarse y en el fondo siempre somos nosotros mismos. Bojack es Bojack, y los últimos ocho capítulos permanecen fieles a esa especie de identidad, a su ser en los términos que decíamos recién, porque Bojack ha sabido trascender los límites de sus creadores y sus espectadores. Por eso, el final, el último capítulo pero sobre todo la última escena, esa que empalma con los títulos, no podría haber sido mejor: es agridulce como el gusto que sentimos durante toda la serie con ese personaje que nos hizo reír, odiarlo, amarlo, respetarlo, compadecernos, identificarnos no sin una enorme incomodidad. Bojack termina su aventura –esa que en seis temporadas supo abarcar su infancia, sus orígenes y hasta sus posibles futuros y finales– igual a sí mismo pero distinto, porque tampoco fue en vano todo lo “vivido”. Bojack es otro y es Bojack, y en la despedida sentimos estar diciéndole adiós a un amigo.

Mención aparte para el penúltimo capítulo, “The View from Halfway Down”, que ya ha sido coronado como el mejor capítulo de la serie y uno de los pocos que gozan de puntuación casi perfecta en Imdb, lo que lo coloca entre los mejores capítulos de series ever. Con una narrativa que nos recuerda al capítulo de la “gira” con Sarah Lynn (Kristen Schaal) y la contundencia emocional de “Free Churro” (junto a “Fish Out of Water”, mi preferido), este penúltimo capítulo nos deja al borde del colapso. No digo nada más pero no me aguanto hacer una advertencia: si aún no lo vieron, háganlo hasta el final.

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La música, los diálogos, los chistes que ocurren siempre detrás de la escena principal, la composición de los personajes, las hermosas animaciones, los momentos inolvidables y aquellos que querríamos olvidar: todo eso y más nos deja Bojack al final. Nada de decepciones, y esta es tal vez una gran contradicción de la serie, que nos enseñó que nunca tenemos lo que queremos, pero, ojo, tampoco nada de finales “felices” o cómodos. Nada de finales, insistimos.

Y es así, podríamos estar hablando de Bojack páginas y páginas, pero las cosas insisten en terminar. Lo que nos queda es esperar que ojalá siempre lo hagan con la fuerza, delicadeza, el amor y respeto (sobre todo para los espectadores) con que ha terminado Bojack Horseman.