Las mil y una: la salud es para los chetos

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Abre Panorama.

Treinta y cinco minutos antes de que empiece la película, la sala ya estaba llena.

Película argentina, quiero que me guste. Encuentro el que considero el mejor asiento así la sala estuviese vacía, y un tipo a mi lado me cuenta que es crítico de cine, programador de festivales, que no le gusta el populismo, que no le gusta Llinás, que no le gusta Martel, que no le gusta Trapero, que sí le gusta Piñeiro (cantado). Y ahora les sigo…

Empieza la película y me emociona de entrada. Veo una cámara muy alta picada, en un barrio pobre de lo que podemos intuir la Mesopotamia Argentina porque uno de los personajes está tomando tereré con jugo de naranja.

La nostalgia se manifiesta en formas que nos sorprenden.

Estamos efectivamente en Corrientes.

Es una historia de amigxs, en la adolescencia/temprana juventud, cuyas experiencias sexuales homosexuales, amicales –traumáticas o de fidelidad extrema–, de identidades no binarias –que no se plantean como crisis en los personajes–, están atravesadas por el entorno en el que viven y no al revés.

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Iris es una chica obstinada, jugadora de básquet y prudente; ve a Renata y como un rayo que te parte, un poco como en La vida de Adele, se enamora. Empieza a seguirla. Renata, sexy, astuta, dulce, e indescifrable, es conocida como la mala junta, la que cobra por coger y que está enferma de sida.

Y cómo confiar en esta información sobre Renata si la conocemos por el boca en boca de gente del barrio que dice que la conoce. Al decir de este personaje, “pueblo chico, infierno grande”. Cuando creemos que esta duda se salda –¿a qué se dedica Renata?, ¿tiene sida o no?–, nos volvemos a preguntar de nuevo cuál es la verdad de la cuestión, y ya cuando se genera esta incertidumbre por tercera vez, une se alivia porque sabe que, en definitiva, no importa. Lo que querés es no ser una habladora más, una chusma más, y de alguna manera, una fundadora de mentiras como lo es también el cine. Nos confunden varios reveladores.

El vínculo entre Renata e Iris se va construyendo a medida que recorren juntas el barrio, una cámara que las sigue a donde se les ocurra doblar y no al revés, dos actrices con personajes muy diferentes, atraviesan la pantalla en diálogos que parecieran ser improvisados. Gracias entonces Sofía Cabrera, Ana Carolina García, y les amigues del barrio Mauricio Vila y Luis Molina.

La salud y más particularmente las enfermedades de transmisión sexual son un tema constante en el relato. Y si importaba saber si Renata tenía sida o no, y sin pecar demasiado de solemnidad, era porque sí, existen sectores para los que la salud sigue siendo un privilegio, y que esa cámara en mano y esa diversidad sexual, las historias comunes, tienen derecho de estar en todos lados, sin necesidad de ser una trama criminalística en un contexto de vulnerabilidad social, que aunque sí los hay, no son el foco.

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Se despierta el crítico –sí, se durmió al segundo plano de la película– y me dice “¿te gustó?”, y sin esperar siquiera a que le conteste, me dice “a mí no, tiene algunas cosas de Pasolini, pero nada interesante. No me gustó”. Por supuesto que nunca supo que lo observé dormir durante 3/4 de película.

Cuidado con lo que dice Renata: pueblo chico, infierno grande.

Y esa es la diferencia entre nosotres: acá, siempre, sin importar lo que al final suceda, nos sentamos con ganas y esperanza de que nos guste. Es la forma que conozco de amar el cine.

¡Ah! Y como si eso importara: me gustó.