The Mandalorian: el despertar de la Fuerza

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Vamos a aclarar dos cosas, obvias, sobre The Mandalorian para después poder dedicarnos a hablar del enorme disfrute visual y narrativo que es la nueva serie de Disney +. La primera: no hace nada nuevo, ni en el universo Star Wars ni en general. La segunda, y en la misma línea: es otra serie que apela al sentimiento de época imperante, la nostalgia. Sin embargo, no es otra serie más, es una aventura que, aunque tantas veces contada, consigue asombrar.

Jon Favreau (en la creación, guion y producción) hace todo bien, en ocho capítulos inicia y concluye una (va a haber segunda temporada) de las aventuras del mandaloriano, que en la piel de Pedro Pascal se convierte en un personaje icónico rápidamente. Un hombre fuerte que fue un niño sufriente y no deja ver su rostro jamás, es el precio que paga por haber conseguido seguir vivo, cuando lo adopta el clan de los mandalorianos, una especie de secta religioso-guerrera que tiene este afán altruista de criar niños expósitos en su seno.

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El primer capítulo deja las reglas del juego claras, quién es el protagonista y cuál va a ser la historia por contar. Todos los personajes importantes (excepto uno que se hará desear un poco más para sorpresa de los fans del actor y que no nombro por si alguien no la terminó) aparecen en los primeros capítulos. El magnífico villano The Client es de las sorpresas más agradables, Werner Herzog (sí, leyeron bien) disfruta en su papel de malvado inconmovible. Su participación, según entrevistas, tuvo una importancia clave fuera de la ficción; al parecer convenció a Favreau y a la producción de no abusar del CGI y apelar más a la artesanía para crear el mundo. Aunque declarado no-fan del univeso Star Wars (dice no haber visto las películas), se inserta en él como si hubiera nacido para eso. Tenemos a Carl Weathers como Greef Karga, jefe del gremio de Cazarrecompensas (toda la cuestión del sindicato y sus reglas está muy bien armada). Completan el cast principal Nick Nolte como Kuiil, un ex esclavo que ayudará al mandaloriano en más de una ocasión, y Gina Carano como Carasynthia “Cara” Dune, una mercenaria como nuestro Mando, con el plus de haber sido parte del ejército imperial. No aclaramos antes, pero hay indicios de que la trama de The Mandalorian se ubica entre Return of the Jedi y The Force Awakens, mucho más cerca del fin del Imperio, varias décadas antes de la formación de la Primera Orden y el protagonismo de Kylo Ren. La exploración sobre cómo queda el universo luego de la caída del Imperio y la constitución de la Nueva República es atractiva, aunque políticamente superficial. Sin embargo, como el mandaloriano anda sobre todo por planetas alejados del poder más centralizado de la Nueva República, se incorporan a la trama cuestiones relacionadas con esta especie de anarquía e incertidumbre de los lugares más alejados.

Es obvia la filiación narrativa de The Mandalorian con el formato western, de manera que llamarla western espacial sería mucho más acertado que incluirla en el más pretencioso ópera espacial. El mandaloriano es un pistolero, un renegado, un cazarrecompensas que vive sus aventuras en lugares alejados de los poderes centralizados, algo así como un Lejano Oeste espacial. Si bien tenemos la escena del bar, la de los soldados rodeando un edificio, la del pacífico pueblo asediado por maleantes, la del desierto y los jawas, la de los animales extraños siendo cabalgados por primera vez, la del personaje “malo” que pasa de bando y una larga lista de lugares comunes (no solo de Star Wars), Favreau logra que sintamos que estamos viéndolo por primera vez. Y es la música, y es la fotografía, y es el impecable ritmo narrativo, y es el cast pero, y sobre todo, es la incorporación de un elemento clave, el comienzo de la aventura: el Baby Yoda.

The MandalorianChapter 4CR: Lucasfilm

Sí, ya sé que en teoría no puede ser Yoda bebé por la línea que explicitamos más arriba, pero si alguien tiene un mejor nombre para el personaje más tierno que se haya hecho jamás en la televisión, que lo proponga. Baby Yoda (y ese nombre que le ha dado el fandom) es el pacto definitivo entre Disney (lo tierno) y el universo Star Wars (la Fuerza). Y, como dice el mandaloriano, “this is the way”; parece ser la forma perfecta de contar una historia que –vuelvo al principio– es puro disfrute. Cada vez que Baby Yoda aparece en pantalla es una fiesta, no solo por su características físicas y de personalidad –ese esfuerzo cada vez que quiere manejar la Fuerza, por ejemplo, el asombro ante la rana, la forma de aparecerse en cualquier lado todo el tiempo– sino porque sabemos que si no es Yoda, es de su raza, y no podemos evitar pensar en ese que es uno de los personajes más fantásticos de la saga. Entonces, aquí la serie es muy inteligente, enlaza lo viejo, la nostalgia de nuestro Maestro Jedi preferido, con lo nuevo, un niño que tiene todo por descubrir, incluso su propia fuerza. Y esta combinación de vulnerabilidad (no deja de ser una criatura aunque tenga 50 años) y fortaleza también es poderosa, y también aparece en el mandaloriano, que oculta su piel con metal. La tensión, bastante explorada, entre lo orgánico y lo artificial –jugada sobre todo en IG-11 con la voz de Taika Waititi– también aporta en este sentido.

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Creo que el arte tiene que conmover sí o sí, pero no creo que cada obra deba ser la revolución de la forma y el sentido. The Mandalorian sin dudas no revoluciona nada, absolutamente nada, no construye nada nuevo (incluso criaturas tiernas en el universo Star Wars diría que sobran), sin embargo, con lo que tiene, con los restos de un pasado que vuelve todo el tiempo como la resaca cultural que parece ser este siglo, hace algo novedoso y, sí, conmovedor. La mirada de la niñez de Baby Yoda es un poco la del espectador, que recorre el universo con asombro, como si le contaran la historia por primera vez, aunque ya la haya escuchado muchas. Es lo que hacemos cuando somos niños, pasamos por el mismo relato una y otra vez; en esa repetición hay algo fuerte y novedoso. The Mandalorian es el placer de contar una historia por contarla, por hacerlo, porque es divertido y emocionante, y si solo esa fuera la pretensión, sin dudas, este es el camino.