Reseña: Living with Yourself

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Desde que Netflix anunció que tenía 8 billones de dólares para invertir en producciones originales se ha dedicado consistentemente a utilizarlos en producir series y películas como máquina de hacer chorizos. Lo que alguna vez fue un servicio de streaming con contenido original de calidad superior a la media es ahora algo así como un canal de cable de los de EE. UU. Sus decisiones empresariales empiezan a apuntar a ello también. Con el advenimiento de una decena de servicios de stream (con contenidos exclusivos de gran calidad), el poder de fuego de Netflix mermó y también sus subscriptores. Esto, dada la lógica capitalista, se tradujo en anuncios por parte de Netflix de aumentos de precio porque aparentemente la solución no es crear mejor contenido sino ofrecer el mismo contenido mediocre y regionalizado pero más caro.

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Entre esas decisiones existe la de producir algunas series mediocres pero con actores de alto nivel (The Ranch, Disjointed, El método Kominsky…) cuyo star power termina siendo el atractivo principal para verlas.

En ese montón entra Living with Yourself, protagonizada por el tesoro (inter)nacional que es Paul Rudd.

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Miles Elliot (Rudd) es un deprimido escritor de una agencia de marketing que supo tener el nivel de Don Draper y tal cual el mismísimo Don, la vida se le fue al carajo sin saber ni cómo ni por qué exactamente. Su matrimonio sin hijos naufraga, su posición en la agencia es dudosa y toda su existencia está a pasitos del corchazo.

Un compañero/rival del trabajo le recomienda un spa al que va cada tanto, del cual “sale como nuevo”. Desesperado, Miles termina acudiendo al spa atendido por dos orientales que tras unas horas de atención terminan despidiendo a un Miles completamente nuevo. Y es que es literalmente un Miles completamente nuevo. Porque es un clon. El viejo Miles fue enterrado en un bosque y dado por muerto.

El chiste es que Miles (1) sobrevivió y ahora hay dos. Ambos iguales en aspecto, con los mismos recuerdos y sentimientos. Solo los diferencia su actitud hacia la vida. Mientras Miles (2), que desconoce que es un clon, es un tipo positivo al cual por su forma de ser las cosas le salen bien, Miles (1) persiste en su depresión y no para de fallar. ¿Cómo harán ambos Miles para congeniar la vida?

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Lo más interesante de la serie viene por el lado de un montaje que nos evita constantes retrocesos y que avanza bastante, aun mostrándonos las dos caras de la moneda.

Paul Rudd hace un trabajo fenomenal con ambos Miles, personificando a dos seres distintos aunque sean iguales. El peinado, los gestos, la actitud. Eso se llama “actuar” en el sentido más básico pero a la vez definitivo de la palabra. En estos tiempos cuando se vive aplaudiendo a esos actores que “no salen del rol nunca” porque necesitan vivir el papel y terminan siendo unos idiotas insufribles para sus compañeros actores, técnicos y demás, se hacen muy relevantes las palabras de Laurence Olivier a Dustin Hoffman en el set de Marathon Man: “¿por qué no intentas actuar solamente?”.

La actuación de Paul Rudd logra que una serie que de otra manera sería bastante regular se convierta en una pieza digna de ver. Ayuda bastante que son pocos capítulos y de media hora. Hubiera sido muy tentador para Netflix estirar la trama dada su posibilidad de conflictos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte quizá en relación con su sobreproducción de series originales, Netflix ha dado cuenta de la crítica habitual de la longitud innecesaria de sus productos y nos ha otorgado productos más cortos y mejor contenidos.

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Living with Yourself no le va a mover el amperímetro a nadie. Es una serie de 6.2 en Rotten Tomatoes con un 2.2 todo de Paul Rudd. No trasciende por nada y es un argumento que ya vimos 80 mil veces en el cine y en la tele. No obstante, por lo rápido que se ve y por Rudd, garantiza un rato entretenido con alguna que otra risa.