Reseña: Delfín

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El mundo de Delfín (Valentino Catania) parece pequeño. Vive en una casilla oscura con su papá (Cristian Salguero) en un pueblito de la provincia de Buenos Aires. Se levanta cada mañana para ir a la panadería, hacer los repartos y luego ir a la escuela, donde asiste somnoliento a la clase. A la salida, solo le interesa ensayar con un corno improvisado hecho con una manguera y un embudo.

Sin embargo, sus orígenes y su nombre dan cuenta de que hay algo más grande esperando por él.

Delfín nació del amor entre una mujer y un hombre que viajaban y deseaban seguir viajando durante toda su vida. Su mamá eligió su nombre en honor a un animal que pertenece al océano, enorme y abierto, como el mundo al que aspira el protagonista.

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A sus once años, tiene como sueño participar de una audición para formar parte de una orquesta infantil en Junín, como si quisiera expandir su mundo con esa estrategia. Su padre, por su parte, pasa la mayor parte del tiempo en una obra de construcción y no termina de entender cómo contener y acompañar el crecimiento de un hijo con semejante curiosidad y autonomía.

El chico experimenta a una corta edad la vida de la adultez, pero desde su propia mirada: las responsabilidades de un trabajo, las deudas, la burocracia estatal, la atracción hacia una mujer mayor y la decepción, en este caso de su propio padre, quien por momentos parece más niño que él.

Su madre está presente en ese nombre que fue elegido como destino, así como en el diario de viaje con dibujos, en el recuerdo del padre y en la necesidad de Delfín. La melancolía en los ojos del niño y la torpeza del padre para acercarse afectivamente a él dan cuenta de esa ausencia tan presente.

La música de Ezequiel Menalled ayuda a crear a la perfección un clima que oscila entre aquella melancolía y la comicidad propia de una aventura infantil en la que un niño con vida de adulto va transitando hacia un lugar más acorde a su edad, con personas adultas que se ocupan y preocupan por su bienestar y escuchan sus deseos y necesidades, donde puede hacer travesuras y pedir que lo escuchen, no solo a través del sonido del corno francés.

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La película transcurre con ritmo apacible y con un trasfondo tierno sin caer en golpes bajos ni trucos efectistas. Es un viaje de crecimiento (o de paso de la niñez a la adultez) con ciertos elementos esperables pero con un toque propio que la alejan de las más tradicionales películas de superación.

Delfín como niño y la película homónima se abren camino en esta historia pequeña pero con la profundidad necesaria para dejar una huella agradable en quienes quieran disfrutarla.