Orange Is The New Black: final del juego.

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No muchas series resisten siete temporadas, Orange Is the New Black llegó a su final no solo con mucha dignidad sino con la sensación, para sus espectadores, de que la historia podría continuar. Porque, como en el cuento de Cortázar, el título marca un final trascendente y significativo pero provisorio, la vida de los personajes sigue, y la serie creada por Jenji Leslie Kohan confirma esto. No hay finales definitivos cuando la historia trata de la vida de personajes tan bien construidos como los de OITNB, y más, porque esos personajes, con sus signos particulares, en realidad estuvieron representando estereotipos, en el buen sentido de la palabra. Que el guion de la serie esté basado en los hechos que cuenta la biografía de la verdadera Piper Kerman siempre contribuyó a la textura de los personajes y las situaciones que se narraron.

Allá lejos quedaron la cáscara de Piper (Taylor Schilling) y sus aventuras de chica de clase media, blanca y cis. La vida en la cárcel de mujeres de Litchfield abrió la posibilidad de contar muchas y muy diversas historias y el abanico se abrió hasta el final. Esta última temporada, incluso, sorprende con la incorporación de nuevas historias y nuevos personajes. Una forma de marginalidad muy contemporánea en los Estados Unidos, las políticas estatales con los y las inmigrantes, permite abrir –valga la contradicción– aún más los límites de la cárcel y del encierro.

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Parte de la melancolía –bien procesada en este finale– para sus espectadores es descubrir la cantidad de vidas que hemos visto desfilar estos años. Vidas que, insisto, son únicas pero representativas. Y nos queda la certeza de que nuestros personajes serán reemplazados indefinidamente por personajes similares, en las mismas y cada vez peores situaciones de marginalidad y abandono del Estado. La fuerza que fue cobrando la serie a lo largo de estos años también tuvo que ver con esto, en la plataforma monstruo que es Netflix vimos disidencia en cantidades a las que no estamos acostumbrados. La variedad de las psicologías de los personajes y sus constituciones sociales, la mayoría de las veces muy bien profundizadas, resultó para OITNB una fuerza que trascendió por completo la pantalla. De hecho, la serie terminó pero la Fundación Poussey Washington es una realidad que pretende canalizar el impacto que tuvo la ficción al mostrar grupos desfavorecidos y marginales por las más diversas razones. Mujeres, lesbianas, trans, inmigrantes, desempleadas, pobres, víctimas de violencia familiar, religiosas, culturales, de género, la serie supo –escapando la mayoría del tiempo del morbo que podemos ver en otras ficciones como El marginal– retratar disidencias de todo tipo. Y nos permitió como espectadores si no derribar, al menos, cuestionar prejuicios y temores con respecto a las diversas formas de “lx otrx”. Y, qué importante, además, ver en streaming cuerpos de todo tipo, de todos los colores, formas y texturas posibles. Además, cuerpos de mujer, no heteronormados, reales.

OITNB nunca fue una comedia pero nos hizo reír. Con una estética realista jugó con el realismo mágico y con la estilización de la miseria humana. Pero el fondo y la estructura siempre fueron de angustia: violencias institucionales de todo tipo, un sistema que perjudica a todxs, no importa si estaban o no dentro de la prisión, eso fueron los temas que le permitieron a la serie crecer y llegar a este final. Sin hacer spoiler: las historias no cierran. Hay un epílogo para cada uno de los personajes más importantes, pero no clausuras definitivas. Y esto produce una desazón importante: nada se resuelve porque los conflictos que atravesaron la vida de los personajes no fueron lo extraordinario, sino todo lo contrario, son lo constitutivo.

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Es cierto que algunos personajes tienen cierres un poco más “felices” que otros. Resulta devastador ver cómo la desigualdad deja a muchos personajes “rotos” irremediablemente, y a pocos en vías de “redención”. No estamos seguros de que eso sea posible, pero si algo mostró la serie, también de manera realista, es justamente esto: la vida sigue. Estas mujeres han seguido a pesar de y gracias a las dificultades que les han tocado en suerte, que en ningún caso son karmas personales, sino de clase o de género, de raza, de religión. La contundencia de los personajes residió en eso, no son seres aislados, son seres inmersos en una sociedad y una cultura que los fue moldeando y definiendo. Y, partiendo de ahí, cada unx hace lo que puede con el tiempo que tiene. Nunca solo, porque el único camino para seguir es siempre colectivo.

La novedad de esta última temporada es ver a Piper fuera de la cárcel y la serie no teme mostrar que, aunque seas rubia y de clase media acomodada, una vez que el sistema te definió como criminal nada te va a ser fácil. Por supuesto que mucho más que Taystee (Danielle Brooks), Red (Kate Mulgrew), Maria (Jessica Pimentel), Daya (Dascha Polanco), Doggett (Taryn Manning) o Suzanne (Uzo Aduba), pero ni aun así podrá retomar su vida “tal como era”. Porque la cárcel cambia, sumergirse en la marginalidad no es algo de lo que unx salga indemne o sin consecuencias. Las preguntas más interesantes que se hace esta temporada son si ese “castigo” es merecido o no, si el encierro y el aislamiento son la forma de reformar, si existe la posibilidad de salir en serio de la marginalidad. Pareciera que las respuestas son todas “no”. Porque, justamente, y aunque estas mujeres han cometido delitos, todas han estado –mucho antes de terminar en la cárcel, quizá desde que han nacido– sometidas al enorme no del capitalismo y sus desigualdades.

ORANGE IS THE NEW BLACK

Con todo lo mainstream que puede ser una serie de Netflix, la serie ha resultado bastante disruptiva. Lo que más se le agradece es la representación de las disidencias y las cuestiones de género: anda circulando un video (sobre la fundación) en el que algunas mujeres y otrxs cuentan qué significó la serie en sus vidas. El video es muy conmovedor, y el testimonio que me llamó particularmente la atención fue el de unx chicx que contaba lo que sintió al verse –quizá por primera vez– representadx por un personaje. Que una ficción con circulación masiva como fue OITNB haya logrado algo así me parece digno de respeto, mínimo.

Todo tiene un final, todo termina, la producción de la serie también ha cambiado la vida de las actrices y quienes participaron de ella. No estoy exagerando, el poder de la representación de disidencias en ficciones nos ayuda como sociedad a abrir los ojos y empezar a dejar entrar, al menos un poco, aquello que queda siempre fuera de los márgenes. El último capítulo es triste y muy conmovedor, vemos, al menos unos minutitos, a aquellas y aquellos que han pasado por las siete temporadas. Se nos permite saber no que están “bien” sino que, al menos, están, que siguen. Y algo de esperanzador hay en eso. Incluso hay una participación –a modo de flashback– de uno de los personajes más queridos, Poussey (Samira Wiley). Nicky (Natasha Lyonne), Aleida (Elizabeth Rodriguez), Lorna (Yael Stone), Gloria (Selenis Leyva), Blanca (Laura Gomez), Alex (Laura Prepon), Maritza (Diane Guerrero), Sophia (Laverne Cox), la Flaca (Jackie Cruz), todas ellas y más quedan en el corazón de lxs seguidorxs de la serie. El cast y la música quizá hayan sido lo más perfecto y entrañable. Terminamos a moco tendido, pero agradecidxs.

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