High Flying Bird: Soderbergh y su celu versus la NBA

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Ray Burke (André Holland) es representante del rookie número 1 del draft Erick Scott (Melvin Gregg), quien no vio un dólar desde que firmó su primer contrato con un equipo NBA de Nueva York, y en medio de un lockout o, mejor dicho, una huelga del sindicato de jugadores enfrentados con los propietarios de los equipos por falta de acuerdo en cuánto ganar (durante un lockout, ningún equipo puede negociar con representantes y/o jugadores), pone en peligro al rookie y Ray debe arreglar conseguirle un salario para asegurarle su carrera.

Como Moneyball (2011) y Draft Day (2014) la acción se encuentra fuera de las canchas, donde reside el verdadero poder del deporte, donde corre el verde esclavizante de los atletas. Soderbergh y el guionista Tarell Alvin McCraney (autor de Moonlight) ponen a Ray y Erick como excusa para hablar de lo que hay detrás de un deporte que mueve millones, bandera de la cultura afroamericana. Deporte con el que se pensaba que iba a ser liberador pero que se convirtió en una rueda más de la explotación del blanco sobre el negro, en que los propietarios blancos solo ven en el atleta negro una mercancía, y por ahí entra Ray para destrabar el conflicto. No quiero dar detalles para no spoilear, pero cuando el personaje entiende esto y ataca el problema en términos comerciales logra la atención del negrero blanco.

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Dentro de las actuaciones, André Holland es lo más destacado, como también Bill Duke (el negro bocón y cara de traste de Depredador y Commando) quien hace de un entrenador de jóvenes (una especie de Griffa o Maddoni o Cornejo en el fútbol) y quien mejor marca el sentimiento del deportista ante el negocio del deporte. El hueco que encuentro es en el interés amoroso entre Erick y Sam (Zazie Beetz) como una línea argumental secundaria que queda floja, a excepción de una escena puntual que no diré para no spoilear, pero la cual cierra el mensaje de subtexto que tiene el film.

Decir que Soderbergh lo filmó con un celular no debería sorprender porque ya lo hizo el año pasado con Unsane (Perturbada). Ojo, un celular que no es uno cualquiera, hablamos de un iPhone 8 que sale arriba de las 40 lucas con suerte y seguramente algo retocado como un auto preparado para correr, no creo que sea un celular para los mortales. Pero, para lo que vemos de la película cumple su función a la perfección para una puesta en escena escueta pero bien cuidada, dando naturalidad a cada toma y una sensación de franqueza a lo narrado. Desde que se “retiró” del cine para volver a lo Riquelme en Argentinos, las películas del director de Traffic y Ocean’s Eleven muestran un cuidado artesanal. Antes era de banquetes y ahora es de picadas, el bueno de Steven, quien filmó con pocos actores, pocas locaciones y en dos semanas. Con el apellido del cineasta y estos números, cualquier productor se frotaría las manos, y Netflix no durmió.

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Soderbergh no sólo dirige, sino que hace la fotografía y la edición. Un aditamento que utilizó para visibilizar este submundo del deporte fueron fragmentos de deportistas que en su momento fueron rookies hablando directo a cámara y en blanco y negro, contando sus experiencias. Así pasan Reggie Jackson de Detroit Pistons, Donovan Mitchell de Utah Jazz y Karl-Anthony Towns de Minnesota Timberwolves.

No es una película en la que encontraremos grandes evoluciones de los personajes, es un film con personajes más bien planos, pero lo importante es el subtexto que yace en el relato, que funciona quizás más para quien guste del básquet, en especial de la NBA. Para quien no guste de este deporte será una película sin pena ni gloria, filmada por Soderbergh con un iPhone 8.

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