Reseña: Casa del Teatro

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León Gieco nos dice que “todo está guardado en la memoria”, pero ¿dónde se guarda la memoria?

¿En la cabeza de alguien que tuvo un ACV hace seis años y no recuerda en qué día y mes está? ¿O acaso en las piernas, que tienen que recordar cómo moverse, en las fotos viejas, en las imágenes de películas, en la memoria de otras personas alrededor, en anécdotas tergiversadas?

Puede que esto mismo se pregunte Oscar Brizuela, el actor que en los años 70 participó de películas como Muñequitas de medianoche o Embrujo de amor, con el legendario Sandro y que hoy vive en esta casa destinada a artistas que ya no trabajan y no cuentan con una vivienda o recursos económicos suficientes.

Oscar busca en su memoria a lo largo de todo el documental. Busca recuerdos de su vida en el espectáculo, busca recordar en qué época del año estamos, busca números telefónicos en una libretita vieja, busca la letra de un tango que se le va cada tanto y busca a un hijastro de quien no tiene noticias desde hace varios años.

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El director Hernán Rosselli guía ese viaje por tres carriles paralelos: por un lado, la reconstrucción de los recuerdos del actor en sus “años mozos, retratada con un recurso interesante de combinación de imágenes originales y voz en off de las anécdotas; por otro lado, su vida actual en la Casa del Teatro, que se reparte entre consultas médicas, organización de la vida cotidiana y relaciones con más residentes que tienen su propio encanto. El tercer carril es el que transita Brizuela en la búsqueda de su hijastro, con quien, aparentemente, han tenido una relación complicada en el pasado. En este último se une el pasado con la tecnología del presente, para ayudar a acercar dos mundos alejados.

La película se mece entre aquellos tres planos con buen ritmo e ingenio. Vale la pena observar las escenas de películas cuyo contenido está signado por la construcción social de otros tiempos, en los que los símbolos de la seducción en los medios estaban claramente marcados por el patriarcado. Brizuela era parte de ese cuadro y es interesante escuchar su voz actual que relata recuerdos reconstruidos mientras se ven las imágenes del “galán” de aquella época. Más interesante resulta aún la escena en la que comparte el visionado de una película junto a una compañera de la residencia, escuchando las reflexiones que ella hace acerca de la forma en la que hoy se actúan las escenas eróticas.

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Oscar no tiene vergüenza en contar lo que le pasó. Habla por teléfono con personas con quienes no había hablado hace tiempo y les explica que tuvo un ACV y por eso no recuerda muchas cosas. Se anima a preparar un tango para un espectáculo en el Teatro Regina (parte del complejo de la Casa del Teatro) y se apoya en la ayuda que le brindan las colegas.

La representación está por todos lados. Cuando vemos las imágenes del protagonista en sus películas o fotos y escuchamos su relato, la realidad se mezcla con la actuación en una confusión estilizada que aparenta una nueva ficción. Casi como si Oscar volviera a actuar.

Casa del Teatro construye la vida actual de esta persona a partir de los fragmentos de sus recuerdos, de los ajenos y de aquellos que quedan gracias a su paso por el cine y el teatro, como garantía del registro eterno.

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