Dark II: qué placer verte otra vez

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Para quienes insistimos en leer las sinopsis que hace Netflix sobre sus series y películas fue una grata sorpresa, el año pasado, comenzar a ver Dark y notar que solo compartía con Stranger things el hecho de tener un niño desaparecido y un bosque. Y no lo digo porque la serie del Upside down no sea de lo mejor que nos dio la plataforma, pero, la verdad, Dark está a otro nivel.

En su sinopsis, Netflix olvida mencionar el corazón de su primera serie de origen alemán, lo que enloquece a los fans para bien (entusiasmo) y para mal (mucho que pensar): los viajes en el tiempo. La serie cocreada por Baran bo Odar y Jantje Friese es una fiesta para el gran tópico de la ciencia ficción, y su tono oscuro, anunciado sin sutileza en el título, le aporta el aura de terror/horror existencial que a veces tanto necesitamos.

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En la primera temporada se habían ido planteando todas las intrigas que de a poco develaban de qué trataba esta historia, el joven Jonas Kahnwald (Louis Hofmann) recibía unos extraños documentos sobre su padre y el niño Mikkel Nielsen (Daan Lennard Liebrenz) desaparecía en una más extraña cueva en medio del bosque. Estos dos puntapiés daban comienzo a las interminables conexiones entre las familias del pueblo, mientras los espectadores veíamos en pantalla a personajes misteriosos realizas acciones que no parecían vincularse directamente con la trama. Gracias al magistral trabajo de montaje y edición, la historia comenzaba a tener un sentido, ominoso por supuesto, y podíamos ir mentalmente armando esos mapas con fotos y nombres tan propios del género policial.

Entonces, intriga, misterio (reforzado fantásticamente por la música), distintas épocas, un cast sensacional que ayuda a trazar los árboles genealógicos pertinentes. Estábamos ante la historia de un grupo de personajes a través del tiempo, pero no uno lineal, tradicional, sino uno flexible y lleno de paradojas. Y aquí una de las cosas más interesantes: mucho de lo que sabíamos sobre viajes en el tiempo es algo que tuvimos que revisar: la paradoja temporal nos explota la cabeza cuando vemos a los personajes encontrarse con ellos mismos en distintos tiempos. Y luego, la desesperación: parece que nada puede hacerse para corregir o modificar el curso del tiempo. Ellos y nosotros nos descubrimos en un horroroso loop temporal del cual no se puede escapar.

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El final de la primera, además, nos dejaba con una nueva incomodidad: habíamos ido a distintos puntos del pasado, pero la serie nos dejaba con un Jonas “cayendo” en el futuro. No sé cómo aguantamos un año para seguir viendo Dark. Pero todo tiene recompensa: la segunda temporada sigue deslumbrando con un guion muy correcto, compacto, prolijo, que nos sigue permitiendo acompañar a estos personajes de pocas palabras que, como nosotros, intentan comprender lo sucede. Esta segunda temporada es una de encuentros, muchas de las cuestiones que habían quedado abiertas en la primera comienzan a cerrar y los personajes se vinculan de manera más concreta: con la certeza de que el viaje en el tiempo es algo tan probable como cualquier otro fenómeno de la naturaleza.

La pregunta que atraviesa toda esta segunda temporada está relacionada con la que se hacen los personajes ¿quiénes son? En la primera era más ¿dónde están? Ahora que lo saben -están en un punto random del tiempo aunque podrían estar en otro- la constitución de sus identidades es la verdadera intriga a resolver ¿Cómo llega Jonas a ser ese viejo, cómo Claudia Tiedemann (Julika Jenkins) a la “loca” del tiempo, cómo Elisabeth Doppler (Carlotta von Falkenhayn) a su importante rol en el futuro? Una respuesta parece ser que esa identidad no responde tanto al factor temporal como al vincular, y entonces son a través del tiempo según qué relación han tenido con el resto de los personajes de esta compleja trama. Pero hay otra, más inquietante e interesante: la identidad parece relacionarse con la necesidad de cometer los mismos errores. Y esos errores responden al verdadero villano de la historia, no el cura misterioso (Noah, Mark Waschke), ni el tiempo: el deseo.

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No existe el libre albedrío y el tiempo es una trampa porque los personajes sucumben al deseo una y otra vez, no importa en qué punto de la línea temporal se encuentren. Y aquí la serie se pone existencial a niveles a los que Netflix no nos tiene muy acostumbrados y, la verdad, se agradece. Igualmente, si no queremos ver Dark desde semejante profundidad filosófica, si queremos pasar por alto otros conflictos existenciales que plantea, tales como la relación padres/hijos y la imposibilidad de conservar un vínculo a través del tiempo, o las preguntas sobre el amor, la confianza, lo propio y lo grupal, igualmente podemos disfrutar de una gran historia. No solo sigue entreteniendo, esta segunda temporada nos deja al final con la curiosidad intacta y la necesidad de volver atrás, pensar qué acabamos de ver, y empezar a especular para la tercera. Creo que estamos ante un fenómeno parecido al de Lost, una obra de ciencia ficción que aunque masiva tiene una altísima calidad, así que espero que no decepcione al final y que no la “estiren” más de la cuenta. De todos modos, ya la serie lo va dejando claro, la cosa nunca termina, porque “El fin es el principio, y el principio es el fin”.

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