Reseña: Arenas movedizas.

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Una de las últimas series de Netflix viene a hacer rancho en el noir escandinavo tan de moda desde que se popularizaron las novelas de Henning Mankell, del detective Wallander y su hosca Malmö. Otros escritores nórdicos del género entre los cuales se encuentran Asa Larsson, Camilla Lackberg, Jo Nesbö y una decena mas no han hecho más que agrandar el fenómeno. Lamentablemente, esta miniserie basada en la obra de Malin Persson Giolito se queda a medio camino.

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Maja (Hanna Ardéhn), una chica de último año de secundaria de clase media altísima, es encarcelada por los asesinatos de varios de sus compañeros de clase en lo que es un confuso episodio de school shooting. Lo de confuso es más que nada porque no ocurrió dentro de los límites de Estados Unidos. Chascarrillo aparte, fiscal y detective a cargo de la escena no dudan en pedir la prisión preventiva de la joven Maja, ya que creen que es un peligro para la sociedad y, porque dada su condición económica, el escape no está fuera de la cuestión.

La serie, contada desde el punto de vista de Maja, nos narra lo que sucedió en su último año de clase mediante flashbacks que nos ayudan a poner todo en su lugar.

Sebastian (Felix Sandman) es un muchacho de la edad de Maja, que por lo que podemos ver, aunque no entendamos mucho qué es lo que hace el padre (Reuben Sallmander), tiene más plata que el heredero de Walt Disney si iniciara una relación romántica con Jeff Bezos. Es recién en el último año que este muchacho, un fiestero de buena ley, posa sus ojos en Maja, que secretamente siempre tuvo una suerte de enamoramiento con el pequeño rico McPato. Y comienzan a salir. Es así que Maja tiene una visión de la vida de ensueño de Sebastian, entre fiestas, yates, viajes y tristeza por falta de amor.

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Porque Menem tenía razón. Los niños ricos tienen tristeza. Y en la vida de Sebastian, eso abunda. Su padre, Claes Fagerman, lo detesta. Lo considera un inútil que arrastra el buen nombre de la familia por el lodo (spoiler: es medianamente cierto). Sebastian es como Mauricio en su juventud. Drogadicto, fiestero, mal estudiante. Un papanatas con algo de carisma (lo que le falta a Mauricio), que es lo que utiliza para sus conquistas amorosas. Maja no ve todos los defectos de Sebastian al principio aunque se lo intenten hacer notar. Samir (William Spetz), su pretendiente musulmán pobre, será uno de los que ponga más énfasis en señalarle a Maja que Sebastian no es bueno para ella. Por supuesto, para cuando ella se entere, ya estará jugando al bowling por Djursholm.

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El primer pifie de Arenas movedizas es el enfoque. Una serie que supuestamente envuelve un misterio nos tiene que dar la visión policial como primordial. Queremos saber qué es lo que hace la policía, por qué lo hace y a qué conclusiones llega.

El segundo pifie es que en realidad no existe un misterio (¿quizás por eso el enfoque es en Maja?). Todo lo que sucede en la situación que lleva a Maja a la cárcel lo sabemos desde el minuto uno. Lo que desconocemos son los porqués, lo cual nos lleva al tercer pifie.

No hay porqués. No hay una razón clara para la masacre. Ni siquiera una con la cual podamos no coincidir. No hay. Cero. No hay una construcción de un personaje ni maldito ni trágico ni psicótico (como en We Need to Talk About Kevin).

Y el cuarto pifie es que no hay sorpresa. Desde el minuto uno, nos preparan para el desenlace obvio. Maja es una piba dulce (tan dulce que se lleva hermosamente con su hermana menor, ¿cuándo el cine nos muestra algo así?), obediente, que trabaja aunque no lo necesite, que le va bárbaro en la escuela y que está en la cárcel por lo que evidentemente tiene que ser un error.

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Es por eso que Arenas movedizas se queda a medio camino. Porque está bien actuada, bien filmada, bien fotografiada y hasta bien musicalizada, pero en lo que tiene que pegarla, falla totalmente. Una ficción de misterio tiene que tener un misterio. Acá no existe.

El único thriller que me deja la serie –que intuyo debe estar mucho más claro en la novela– viene por el lado de la metáfora que es poco sutil en uno de los capítulos. Sebastian es la clase alta. Samir la clase baja y Maja una hipotética clase media (de vuelta, clase media que se agacha para pasar algunas puertas). En uno de los episodios del ecuador de la miniserie, hay una suerte de charla de una economista a los alumnos, patrocinada por el padre de Sebastian. El muchacho rico, queriendo hacer sentir orgulloso a su padre, discute con el marxista Samir desde una pose ultra neoliberal. Ambos buscan la aprobación de Maja que asiste sin entender un pomo pero queriendo que se lleven bien.

Dado el final de Sebastian, diríamos que ese desenlace es bastante utópico.

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