Capharnaüm o cómo tolerar la miseria

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Capharnaüm o Capernaum fue un pueblo en la antigua Galilea en el cual, según relatos bíblicos, Jesús obró algunos de los milagros y reclutó a quienes serían sus apóstoles. Sin embargo, en la película de Nadine Labaki que lleva este nombre, si bien está ubicada en el Líbano contemporáneo, no hay salvadores ni apóstoles ni milagros… o quizás alguno de estos últimos un poco tirados de los pelos. La película, en este caso, hace referencia al término francés que indica caos o lío. Algo de eso hay también desde la perspectiva de la directora, si bien se podría decir que eso que se ve como caos, es parte de un orden o lógica inherente al sistema actual.

La película, que ganó el premio del Jurado en Cannes en 2018 y estuvo nominada al Oscar como mejor película extranjera, comienza con un niño que espera en el servicio penitenciario a que un médico lo revise para descubrir qué edad tiene. El profesional indica que, al no ver ningún diente de leche, seguramente tenga cerca de 12 años. Esta primera escena dice casi todo: el chico no tiene documento de identidad ni conoce su propia edad. Es un niño pero así y todo está preso y en una situación de abandono.

Zain (Zain al Rafeea), este niño protagonista, decide, desde la cárcel, llevar a sus progenitorxs ante un juez para acusarlxs de haberlo traído al mundo, por hacerlo sufrir y para pedirles que no tengan más hijxs. A partir de ese momento, el relato hará un racconto de los últimos meses o año de vida del niño, mostrando el derrotero por el que ha pasado hasta llegar al lugar en el que hoy se encuentra.

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La vida de Zain y su familia transcurre en un departamento demasiado pequeño para la cantidad de niños y niñas que viven allí con sus padres Souad (Kawsar al Haddad) y Selim (Fadi Yousef), quienes ya tienen a uno de sus hijos preso y sostienen la economía familiar a base de pasar droga a través de un método poco ortodoxo pero ingenioso en la cárcel y hacer trabajar a Zain, el mayor de lxs más chicxs, en un mercadito o kiosco del barrio, el cual es regenteado por un personaje bastante desagradable que no hace más que querer conquistar a la hermana de 11 años, Sahar (Haita Izzam).

El niño carga garrafas de gas, carga y descarga camiones, mientras mira con anhelo el colectivo escolar que pasa a su lado sin que nadie se pregunte por qué un menor no va a la escuela. No solo se hace cargo de sostener el trabajo para que su familia coma sino que, además, tiene la sagacidad para descubrir que la primera menstruación de Sahar habilitará a que sus padres la obliguen a casarse para sacar de la casa una boca más que alimentar; por lo que hará todo para ocultar el sangrado.

Labaki nos muestra a un niño realmente hermoso y atractivo para los estándares establecidos: con claros signos de abandono y desnutrición pero con unos ojos enmarcados con pestañas de camello y una soltura para manejarse por la vida que lo asemejan a un pequeño hombrecito. Con una inteligencia suprema y una sensibilidad fuera de este mundo y ajena al pragmatismo del resto de la familia.

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A pesar de haber declarado en numerosas entrevistas que esta fue una ficción basada en la realidad y que, durante la filmación, quisieron tener la menor intervención posible, la perspectiva de la directora es demasiado perceptible en este tipo de elementos y en gran parte del relato.

No cabe duda de que Zain y el resto de quienes protagonizan la historia no son profesionales y que, a pesar de esto, las escenas son orgánicas y se sienten “naturales”. Sin embargo, se hace difícil sostener aquella afirmación de una ficción basada en la realidad.

Como si la vida de Zain no fuera ya bastante miserable, por ciertas circunstancias que no valen la pena develar, pasa a compartir la vida (y las necesidades) con una inmigrante ilegal etíope y su hijo de un año, quien, al igual que Zain, tampoco ha sido registrado ya que, debido a la ilegalidad de su madre, él no debería siquiera existir.

Pasado un tiempo, Zain y el bebé terminan deambulando por los peores lugares de Beirut en condiciones prácticamente inhumanas, sin que exista algún tipo de ayuda de al menos una persona adulta sin segundas intenciones o alguna institución, ya sea estatal o no gubernamental. Algo… un asomo de humanismo. No. Toda posible solución no es ni siquiera presentada para que al menos sea negada. Directamente no se plantea. Estas personas son ignoradas por el entorno, y quedan abandonadas a su propia suerte y estrategias para sobrevivir. Pero ¡ojo! El Estado se hace muy presente cuando Zain comete un crimen y debe ser castigado. Ahí se despliega todo el aparato: no solo el estatal, sino también el del mundo adulto que se mueve por los medios masivos de comunicación y dan lugar a que el pequeño que, hasta entonces, había sido invisible, pida justicia a sus padres.

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Durante las poco más de 2 horas que dura la película no pude dejar de pensar en el horror que estaba mirando; sin embargo, no podía dejar de verla. Ahí, sentada en mi sillón, representaba exactamente el resultado de ese tipo de cine que no termina de cerrarme. Ese que nos genera espanto pero que está tan “amigablemente hecho” que impide que corramos la mirada o nos tapemos los ojos. Un espanto soportable. Un resultado preocupante si nos paramos a pensarlo un minuto.

Esta realidad debería ser horrorosa pero se muestra de manera tal que terminamos por consumirla aun sabiendo que no podemos hacer nada para cambiarla. Y es soportable porque hay niños con caras preciosas y miradas tiernas, porque hay escenas casi cómicas (como que Zain se las ingenie para mirar la TV de una casa muy alejada) o porque el espanto sucede con una música de fondo que hace que podamos soportarlo un poco más.

Esa miseria estetizada es la que no me cierra de este tipo de películas. Preferiría algo más desgarrador que me obligue a hacerme cargo de lo que me deje. Claro, Capharnaüm no es un documental, sino una historia de ficción. Sin embargo, es la misma Labaki la que dice que está basada en la realidad y la que afirma que trataron de intervenir lo menos posible…

Esa afirmación me lleva a pensar en otro tipo de “no intervenciones” que están presentes (o ausentes) en este relato: el sistema. El maldito sistema que hace que existan vidas inhumanas y otras privilegiadas que gozan de tales privilegios a costa de la explotación de otrxs.

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Zain acusa a sus padres de su sufrimiento y les pide que no vuelvan a tener hijxs porque correrán la misma suerte que la suya, porque sufrirán al igual que lo hace él. Pero ¿pueden ser acaso culpados por la vida que llevan y que le dan a sus hijxs?, ¿son responsables de ser la “escoria” o el descarte de la sociedad o acaso no son víctimas y padecientes también?

Una mirada demasiado sesgada sobre la injusticia del mundo, a mi entender.

Labaki no muestra las fallas del sistema para explicar el sufrimiento de estxs hijxs de la miseria. Es casi como si esa pobreza existiera “porque sí” o peor aún: porque lxs progenitorxs no hicieron lo suficiente para salir de ella o no dejaron de tener hijxs para evitar que sufrieran.

Leí o escuché decir a unx críticx de cine que en este momento no puedo recordar que uno de los errores de El hombre de al lado (Cohn, Duprat 2009) es no mostrar nunca la mirada desde la casa del personaje del sector popular, interpretado por Daniel Aráoz. Durante toda la película, se muestra el punto de vista del vecino ricachón y snob. Eso habla de la postura de sus creadores. Nos están diciendo algo respecto de su posición.

Algo similar pasa con la directora de Capharnaüm a la hora de decidir mostrar solo la miseria entre pobres y no la desigualdad como su causante. La desigualdad solo puede verse en contraste de quienes tienen mucho (y las formas en que lo tienen) y quienes no tienen nada. No hay otra forma de mostrarla ya que es un concepto relacional, y mostrar únicamente una parte solo profundiza esa injusticia, con todo lo que eso conlleva.

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