Reseña: The Umbrella Academy

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Soy de la idea de que el emo y sus variantes, esa música que fue el símbolo del segundo lustro del 2000, solo existe porque las productoras encontraron nerds no muy feos que no querían hacer rock progresivo sino un género que coincidiera y canalizara los sentimientos de rechazo que sentían estos seres. Gerard Way era (o es) uno de estos individuos. Nerd previo a su éxito con My Chemical Romance, con la banda y el suceso le surgió la posibilidad de volver a su primer amor: los cómics. Y con ellos “The Doom Academy”. O “The Umbrella Patrol”.

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Salvado el chascarrillo, no es posible hablar de esta serie de Netflix desapegándonos del autor de su exitoso y brillante cómic. En parte porque el primer arco argumental que cubre la serie, “Apocalypse Suite”, tiene una enorme conexión con el otro arte en el cual Way se destaca.

Los seis hermanos vivos de la Academia Umbrella se reúnen con motivo del fallecimiento de su padre, Sir Reginald Hargreeves, quien los adoptara hace treinta años cuando nacieron espontáneamente de las panzas de sus sorprendidas madres en un misterio que sigue vigente. Cuarenta y tres niños nacieron en ese mismo momento, de los cuales Hargreeves pudo adoptar siete. Su propósito no era tan noble. Los niños, salvo uno al parecer, tenían poderes extraordinarios.

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Mucho sucedió en esos treinta años que separó a los hermanastros. Tanto de su padre como entre sí. Algunos se aman. Otros se aprecian. Otros se detestan. Uno murió. El otro desapareció hace mucho tiempo, hasta que a través de un portal, y durante el funeral, reaparece con una noticia.

El mundo como lo conocen va a desaparecer.

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Number Five (Aidan Gallagher, por lejos lo mejor de la serie) o “El muchacho” es capaz de teletransportarse en tiempo y espacio y, cuando desapareció, fue para probarle a su padrastro que podía controlar los viajes en el tiempo. A su sorpresivo regreso no parece haber envejecido y mantiene la edad del momento en que desapareció hace más de quince años. Sin embargo, le relata a sus hermanastros que él, en efecto, se hizo viejo porque en su otra línea temporal vivió hasta casi la tercera edad deambulando en un mundo devastado por un evento que ahora pretende detener con la ayuda de sus hermanos Luther, Diego, Allison, Klaus y Vanya (Tom Hopper, David Castañeda, Emmy Raver-Lampman, Robert Sheehan y Ellen Page en el rol más contenido de su carrera). Cada uno de sus hermanos tiene alguna clase de superpoder que en su juventud, entrenados por Sir Reginald, utilizaron para detener el crimen bajo el nombre de “Academia Umbrella”. Todos, excepto la pequeña Vanya.

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Como en toda clase de serie que envuelve un misterio así, el pasado tiene mucho que esconder y The Umbrella Academy no es para nada la excepción. Lamentablemente la serie sufre del efecto Netflix de estiramiento innecesario. Es así que Number Five, el mejor personaje de la serie, y el que tiene la inteligencia necesaria para resolver todo rápido, se la pasa en boxes. Ya sea desmayado, dormido, borracho o en otra línea temporal. El argumento, que encima termina en un cliffhanger, podría haberse resuelto en seis capítulos. Sin embargo, se estira hasta los diez (y de longitudes cercanas a la hora), ofreciendo un comienzo lentísimo, en el cual imagino que mucha gente terminó abandonando. Escritores, los espectadores detestamos que los héroes no estén juntos. Y detestamos que se odien. Ambas situaciones se repiten a lo largo de los diez capítulos de The Umbrella Academy, con personajes insufribles como Diego y por momentos Klaus. Number Five también es por momentos insoportable pero se entiende que tiene en la cabeza algo más relevante. No curiosamente los mejores momentos de la serie se dan cuando están juntos y cooperando. Hola Avengers.

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Las mejores bandas de música de cualquier género son conformadas por individuos habilidosos en su cuestión haciendo lo que mejor les sale para lograr un objetivo común. Los mejores cómics de superhéroes de la historia a menudo son aquellos que logran ensamblar un gran número de personajes en forma orgánica y natural. El conflicto es inherente al relato, tal como lo debe ser a veces la camaradería y el amor. Si este no existe o no se siente (o está relatado de manera pobre), el conflicto o su resolución van a fallar en el efecto de emocionar que debe causar sobre el espectador.

The Umbrella Academy falla en eso hasta el último capítulo, en que –tardísimo– empieza a funcionar. Si no hay emoción, que no haya nada.

La suite del Apocalipsis se parece demasiado a la Doom Patrol choca con la saga del Fénix (X-Men para los distraídos) como para ser un producto original, y tiene demasiados tiempos muertos y personajes secundarios alargatramas como para ser un producto excelente. Sin embargo, no son pocos los momentos que entretienen y nos hacen reír. Gerard Way no será Grant Morrison pero estamos seguros de que Morrison se haría una banda de rock progresivo.