El cuento de la muñeca rusa

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Este artículo quizá tenga algún que otro spoiler.

Nadia (Natasha Lyonne) cumple 36 años y sus amigas le organizan una fiesta con una buena dosis de descontrol. Mucha gente, mucho alcohol, muchas drogas, muchas cosas pasan al mismo tiempo en el departamento de Maxine (Greta Lee) en New York. Es que Nadia parece tener una vida de excesos –fuma mucho, toma mucho, habla mucho–, es una mujer intensa a la que, parece, las cosas le pasan un poco por al lado. Ella está en su fiesta, se va a su casa con un hombre, se pone a trabajar en su computadora cuando este se va (es programadora de software de juegos). Hace todo de una manera que nos da la sensación de que ella no está del todo en esos lugares haciendo esas cosas. Cuando quiere fumar y se da cuenta de que no tiene cigarrillos sale a comprar. En lo que va del capítulo no vimos a Nadia demasiado interesada en nada –creo que el nombre, además de la alusión a lo “ruso” también lo hace a cierto “vacío” que sufre la protagonista– de lo que le pasaba; como dijimos, las cosas le suceden medio de costado, apenas tocándola. Pero hay algo que la preocupa, y mucho, la desaparición de su gato Avena, Oatmeal. Lo único que Nadia cuida, de lo único que parece realmente responsable, se perdió, entonces, cuando lo ve en medio de la noche, no duda en cruzar la calle sin mirar. Y ahí lo que le pasa de costado es un auto, que la atropella y la mata.

Nadia regresa al exacto momento en el que empezó el capítulo. Está frente a un espejo, en un baño de azulejos negros con una puerta en la que hay una escultura con forma de vagina. Vuelven a golpear la puerta, vuelven a entrar las dos chicas besándose, ella vuelve a hablar con Maxine del pollo y del porro israelí. Nadia vuelve a hacer las cosas más o menos de la misma manera hasta que… se muere otra vez. Y de nuevo en el espejo, y ya empieza a preocuparse un poco. Porque le va a suceder otra vez, y otra, y…

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Ocho capítulos (aunque breves, son de un promedio de 30 minutos) de este loop puede parecer aburrido, pensé que iba a ser difícil para la serie sostener mi atención y mi interés. Todo lo contrario: Russian Doll, escrita, producida, dirigida y protagonizada por la fabulosa Natasha Lyonne (acompañada de un team bien poderoso de mujeres: Leslye Headland, Amy Poehler, Jamie Babbit, Jocelyn Bioh en guion y dirección), no aburre ni un segundo. Mantiene la tensión perfectamente –y la va haciendo crecer– durante los ocho capítulos; como digna heredera de El día de la marmota, sabe las reglas del juego de la repetición temporal y gana. Ver algo distinto en Netflix es en sí mismo una novedad. Ver algo de tan buena calidad, además con un guion original, entre el mar de ofertas del gigante de streaming es algo para celebrar.

Y qué mejor que celebrar con Nadia, que muere el día de su cumpleaños una y otra vez, y la pasa bastante mal hasta ir descubriendo de a poco que el loop en el que está encerrada tiene un porqué. Y que cada vez que vuelve a ese espejo del baño las cosas no son exactamente iguales. La verdad es que me dan ganas de volver a verla entera para fijarme con atención en la cantidad de detalles que hay en cada versión de ese día, detalles a los que no presté atención porque estaba casi tan ansiosa como ella por saber cómo salir de ahí. La empatía que genera el personaje supongo que es bastante generacional y muy coyuntural. Nadia es un personaje femenino de una gran ciudad del siglo XXI. Está rodeada de personajes diversos que tienen conflictos particulares. La serie acierta al tocar lateralmente –y no tanto– temas como la sexualidad, las enfermedades mentales, la maternidad, el consumo de drogas, el suicidio, la responsabilidad afectiva. Nadia es una mujer de casi cuarenta años que no tiene hijos ni pareja estable pero sí un gato al que ama, que trabaja de lo que le gusta y es buena en eso, que tiene enormes problemas con su madre y que trata de sentirse lo más libre posible. Lyonne está excelente en su papel, aunque por momentos nos recuerde mucho a la Nicky, de Orange Is the New Black, cosa que no molesta para nada porque es uno de los mejores personajes.

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Quiero hacer la menor cantidad de spoiler así que solo digo esto: hay una “razón” por la cual Nadia vuelve a ese baño, hay algo que ella debe ¿corregir?, ¿revisar?, hacer de manera diferente para que el resto de las cosas cambien. Es una historia de muerte y renacimiento simbólicos, de la metamorfosis de un personaje que al comienzo parece muy perdido y luego (se) encuentra. Lo único que no me gustó demasiado: cierto tono moral en la resolución del conflicto –ella en ese loop–, algo en relación con lo que Nadia debe aprender que quita fuerza a su propia constitución como personaje y al armado de su mundo. Igualmente, el final me sorprendió, está muy bien resuelto, nada fácil cuando hablamos de juegos con el tiempo. Ocho capítulos (por favor no hagan una segunda temporada que pierde la gracia) que cierran perfectamente, como cuando colocamos la muñeca rusa mayor, la última, la más grande, y todas quedan acomodadas. Estructural y emotivamente perfectos, como el excelente tema de Harry Nilson, Gotta Get Up, que podríamos escuchar durante horas sin parar y que da inicio a cada resurrección de Nadia.

Russian Doll es la celebración de lo narrativo, abre, juega, cierra, y nos invita a jugar también a desarmar y volver a armar, tratando de que salga bien, de que sea diferente. La serie lo es.

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