The Mercy: Piedad, por favor

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A fin de hacer la reseña lo más clara posible, la llené de spoilers. Tampoco es muy grave pero, por las dudas, quedan avisados.

A la hora de reseñar The Mercy mi elección fue simple y concisa: Rachel Weisz. Sí, así de pajero. Tengo el recuerdo de haberla visto por primera vez en «The Mummy», acompañando a Brendan Fraser en esa aventura que tanto intentaba emular a Indiana Jones. A mis tiernos 14 años quedé prendado del hermoso rostro, las expresiones y la forma de hablar de Rachel. Así que no dudé demasiado a la hora de elegir esta película.

Basada en un hecho real, el potencial de la historia que narra The Mercy es más que interesante: cuenta el viaje de Donald Crowhurst (Colin Firth), un empresario al borde de la quiebra que se inscribe en la competencia Sunday Times Golden Globe Race, una carrera en la que los participantes deberán dar la vuelta al mundo en barco sin hacer ninguna parada. Pero el problema es que Crowhurst tan solo es un navegante aficionado de fin de semana, tiene tanta experiencia en mar abierto como yo en revoque fino. Y una vez en medio del océano, con todas las de perder, falsea su itinerario haciendo creer a los organizadores y a la prensa que va mucho más adelantado, cuando en realidad nunca pasó del océano Atlántico.

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Nuevamente estamos ante esa clase de película que no sabe bien qué quiere contar. En un primer momento, mirando tan solo el póster promocional, me imaginé un romance, de esos en los que un viaje separa a los amantes y los hace extrañarse. La impronta de ese amor dará fuerzas a ambos para aguantar hasta el desenlace con reencuentro incluido. Pero nada más lejos de mis conjeturas.

La película empieza con Firth que intenta vender un producto de su propia empresa en una feria naval. Al no conseguirlo, se supone que debemos entender que está en bancarrota y la está pasando mal. La escena no tiene un componente dramático fuerte, parece más bien la decepción del optimista, del tipo que sabe que si no es hoy será mañana. No empatizamos como podríamos empatizar con Will Smith en The Pursuit of Happyness (no es mi caso, pero creo que se entiende el ejemplo).

Después la historia avanzará en la decisión de Crowhurst, en su porqué, pero lo único que tenemos es una tibia respuesta a su esposa, un “para que los niños estén orgullosos de su padre”, que resulta poco creíble; más teniendo en cuenta que la relación con sus hijos no parece distante o áspera. Entonces deberíamos pensar que lo hace para salvar su empresa, pero lo cierto es que la ruina inminente pasa demasiado desapercibida como para que nos preocupemos por eso.

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El personaje de Firth se pondrá en campaña para construir un barco, un diseño propio que puede ser más rápido que ninguno. Para ello hipoteca su casa, consigue financiación externa y comienza a hacerse un nombre con la colaboración de un agente de prensa (David Thewlis). Esta es una secuencia interesante, donde el reloj empieza a apretar a Crowhurst, quien tiene un deadline para partir o será descalificado. Pero, al mismo tiempo, es en esta precipitación por salir de viaje y por contar ese esfuerzo que la película se pierde la oportunidad de hacer hincapié en la psicología del protagonista, en afianzar sus creencias y motivaciones que nos metan en su mundo.

Ya en el mar, deberá ir resolviendo problemas técnicos, roturas en el barco que lo ponen en aprietos. En este punto destaco la intensa escena en la que debe subir a lo más alto del mástil a arreglar noséquécosa, un instante en medio de un mar silencioso y mareante con el grado justo de tensión. Son estos desperfectos técnicos los que empiezan a generar dudas, y Crowhurst se replantea a cada momento lo que está haciendo.

Inevitablemente llegará el desbalance, la mente puesta a prueba en condiciones extremas que se rompe sin más. Crowhurst empieza a volverse loco, a desvariar en un diario y a escribir cosas que no tienen mucho sentido, mientras piensa en su familia y recuerda a su esposa Clare (Rachel Weisz). A esta altura de la película la emoción está desordenada, desparramada entre las distintas secuencias. La caída del protagonista podría haber sido un tiempo dramático intenso, y si bien tiene momentos, el balance general es un poco insustancial en comparación a lo que podría esperarse.

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Respecto a mi decisión de reseñar esta película, la hermosa Rachel Weisz propone un papel intenso pero de poca participación. Es la esposa que debe afrontar la realidad de mantener a su familia porque al pelotudo de su esposo se le ocurrió hacer cualquiera. Sola y sin sostén económico, vivirá el viaje de Crowhurst en congoja permanente, con una pasividad que intenta denotar fortaleza. Al final dará una especie de discurso contra los periodistas buitres que se apostan a la puerta de su casa. Una escena descolocada que tal vez trata de darle más peso a un personaje que se ideó de forma estereotipada, o quizás busca hacer una declaración de principios. De cualquiera de las dos formas, no parece aportar demasiado.

Parece que la intención del film, su estética y abordaje de la historia, es la de contar un relato heroico, pero termina siendo una tragedia de poco espesor. No terminamos de comprender si lo que moviliza al personaje es una búsqueda personal o la intención de afianzar su negocio. Su psicología solo se explora superficialmente en un primer momento, y cuando quiere llevarnos a fondo, nos encontramos con que está desvariando y vivimos en la fantasía de un hombre que rodea el colapso. The Mercy es una de esas películas de “podría haber sido pero no fue”, una película con muchos caminos a medio tomar.

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