Berlinale: Última tanda de reseñas

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Synonymes (Dir. Nadav Lapid)

Superior, extraordinaria, magnífica, exquisita, deslumbrante, formidable, maravillosa: Synonymes.

Entre “Lo que te gusta es la idea que tenés sobre París” y “No sabés la suerte que tenés de haber nacido francés” se desenvuelve esta película algo autobiográfica de Nadav Lapid, que es lo que me gusta llamar fuera de serie.

Había visto en la edición del BAFICI 2015 su película The Kindergarten Teacher, de un estilo no similar a esta desde un punto realizativo, lo cual no es en absoluto algo negativo, sino todo lo contrario.

En una París que no solemos ver, poco embellecida –lo bello acá son los cuerpos–, Yoav (Tom Mercier) se prohíbe mirar para arriba y hablar en hebreo. Este joven judío-israelí llega a esta ciudad con la convicción de devenir francés y poder despegarse de su país de origen, su cultura, sus raíces, para siempre, y se apega a un diccionario como su Torá, rezando sinónimos.

Con una cámara en mano que sigue su mochila a la velocidad de este muchacho, unas mesas en el café cuyas sillas miran todas hacia el frente, empieza la película. Yoav entra al departamento y este está completamente vacío. La expresión y los comportamientos de Yoav desde el inicio nos hacen sospechar si está en sus cabales o no. Yoav va a darse un baño por la noche y conocemos su esculpido cuerpo y en particular su pene circuncidado. Le roban sus únicas pertenencias y termina tirado, casi congelado, en la bañera desnudo.

Una pareja formada por una chica (Louise Chevillotte) y un chico (Quentin Dolmaire), franceses, del mismo edificio, escuchan ruidos, y con la inocencia de los niños a pesar de sus largos 25, como jugando a los espías, descubren a Yoav y lo llevan entre ambos a cuestas hasta su cuarto, en ese edificio de categoría y con todos los lujos. Le dan absurdamente todo lo que necesita, ropa nueva, celular, plata y ese abrigo mostaza que nunca más se sacará.

Estos tres compondrán el triángulo de la locura. Lo que podría recordar a The Dreamers, de Bertolucci, no se parece en nada en el tono.

Esta película es un sinfín de situaciones ingeniosas, brillantes es poco decirles, y tan delirantes desde las reacciones de los personajes como desde los movimientos de la cámara. Un amalgamado perfecto, cine.

Embebidos en el extrañamiento, las tensiones sexuales en este triángulo del delirio están no para contar una historia de amor en lo más mínimo –aunque se intuya que la haya–, sino para potenciar lo que sospechamos, y es que no hay una pizca de cordura, no solo en estos tres, sino en todos quienes los rodean.

Acudiendo a la estética de registro azaroso, casi subjetivo-paranoide imitando la textura de la imagen de un teléfono celular, se punza más y más en esta intención de que la realidad está por un lado y los personajes están en otro, pero conviven aparentando estar todos en una misma sintonía.

El Hatikva murmurado, desquiciado y violento de ese amigo en el subte que decide ir a un partido de fútbol contra los neonazis con un tercer tiempo muy particular, fanáticamente orgulloso de ser judío-israelí; la cámara que juega junto con los personajes y prende y apaga la luz (al verla sabrán de lo que hablo); la angustia existencial; el ser nacional; prejuicio y racismo; bailar; la música, el oboe, la magia; los sueños más profundos; la belleza; el sexo; las historias, las historias, las historias…

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Gospod postoi, imeto i’ e Petrunija (Dir. Teona Strugar)

Petrunya es una joven de 32 años, licenciada en historia pero desempleada. Su madre quiere a toda costa que trabaje, le arregla entrevistas y la persigue para que se vista de la forma “linda”. En un tono que me recuerda a alguna comedia española, Teona Strugar Mitevska (Macedonia) dirige Gospod postoi, imeto i’ e Petrunija (God Exists, Her Name Is Petrunya), que participa de la competición.

Esta chica, que no está motivada en absoluto en entrar al circuito laboral, asiste a una entrevista por insistencia de la madre, y el entrevistador abusa de ella maltratándola verbalmente y tocándola. Sin embargo, la película nunca, ni en esta escena, pierde el tono tragicómico que pretende.

Petrunya sale de allí y se cruza con una peregrinación hacia el puente en ese bello y pequeño pueblo, la Epifanía, donde muchos hombres desnudos le gritan al cura que “tire la cruz”, como todos los años. Quien la agarre primero goza de la gracia de Dios.

Ella con un maniquí como talismán –quizás el único hombre en su vida–, mira el evento atenta, y cuando finalmente la cruz cae al río, por un impulso se tira para agarrarla y la consigue, aunque, a saber, eso no es cosa de mujeres.

A partir de aquí, Petrunya es buscada por la policía como fugitiva, y esta marginada, maltratada, inteligente y culta mujer se enfrenta a todo un pueblo de tradiciones cerradas y machistas, donde la Iglesia tiene casi el peso de la ley, sosteniendo que la cruz le pertenece.

Ella dice que solo necesitaba suerte, y en un día y una noche, cargar el peso de la cruz hace que consiga mucho más que eso…

God Exists, Her Name Is Petrunya nos regala un relato más en que se sostiene: Iglesia y Estado, asuntos separados.

 

Estou me guardando para quando o carnaval chegar (Dir. Marcelo Gomes)

Bienvenidos a la ciudad de Toritama, la capital del jean”. Así nos recibe, así abre la película de Marcelo Gomes, Estou me guardando para quando o carnaval chegar (Me estoy guardando para cuando llegue el carnaval).

Marcelo Gomes en esta premier hace en vivo una introducción geográfica de las regiones de Brasil, antes de la proyección en la sección Panorama. Y cuenta que su motivación era volver a ese lugar vacío, agreste, que solía visitar con su padre cuando era niño: por supuesto, ese lugar ya no es el mismo (tampoco él).

Fábricas grandes o en los garajes de las casas, jóvenes y adultos grandes que trabajan prácticamente todo el día en función de la producción –más trabajás, más ganás–. Y lo que quiere es ahora saber quiénes son aquellos que están detrás de las máquinas de coser, de esas montañas de tela azul, cuáles son sus vidas, cuáles son sus sueños. La repetición, lo angustia.

Y lo más alarmante para Gomes no es la cantidad de horas trabajadas, sino que, dice, resulta ser “cómo se manifiesta una nueva forma de neoliberalismo, en la que se creen libres y sin patrón, cuando terminan siendo esclavos de ellos mismos”.

La película tiene personajes muy lindos, como Leo, un filósofo de la vida que habiendo abandonado la escuela a los doce, Marcelo Gomes dice recordarle a Deleuze.

Pero una vez por año, en carnaval, somos libres, y nada más importa. Todo lo que se hace es por y para el carnaval. Se vive para vivir en carnaval. La importancia de la huida hacia el carnaval es tan grande que vuelve inmediata la necesidad de partir. Todo se vuelve vendible y dispensable: teles, teléfonos, heladeras.

Y Toritama y ese tortuoso sonido de máquina sin descanso, se transforma en la ciudad que solía visitar de chico, silenciosa y vacía. “Yo aquí me quedo, esto vine a buscar”.

¿Pero cómo filmar el carnaval, a praia? Y el director retoma una idea de Orson Welles: “en los documentales, el director es Dios”. Les da a Leo y su familia una cámara para llegar a sus intimidades, rogando que con ella vuelva material utilizable. Dios estuvo de su lado –un profesor mío diría que fue San Culo–, y bajo la mirada de los personajes y ahora autores también, tenemos un film que genera, como las grandes obras, más preguntas que respuestas, y queda claro que en carnaval no hay nada que se repita, y por lo tanto, la angustia no existe (o se va hacia o mar).

 

A Dog Barking at the Moon (Dir. Xiang Zi)

“Veo un perro ladrando a la luna, con otra figura que recuerda a mí…”. Cuando traduzco el título de la película de Xiang Zi, A Dog Barking at the Moon, se me viene en forma automática la canción de Silvio Rodríguez.

Y algo tiene que ver, en su sentido más profundo, esta frase con esta película. Todavía no puedo responderme con certeza por qué la directora eligió llamarla así, pero me deja pensando, y eso me gusta.

Li Jiumei (Naren Hua) tiene, para cuando empieza la película, aproximadamente unos 18 años. Sale con un chico, es bella y feliz, y se muestra a una amiga celosa y afectuosa. Como si se abriera y se cerrara una puerta de un mismo espacio, se pasa de un tiempo a otro en una misma vida, con la sensación de que se vivieran en paralelo. Esto, además de los diálogos, es lo magistral de la película, lo exquisitamente sensorial y visceral.

La hija de Li Jiumei, Huang Xiaoyu (Nan Ji), embarazada, de unos largos 25 años, llega del aeropuerto con su novio estadounidense que no entiende una palabra de chino.

Esta mujer Li Jiumei que cree en el matrimonio, encuentra a su marido con otro hombre, siendo Huang Xiaoyu una niña.

Y así es como se va y se viene en el tiempo de la vida de Li Jiumei desde el punto de vista de Huang Xiaoyu, quien no puede despegarse de los problemas de su madre y al mismo tiempo, aunque lo intente, no puede resolverlos. Huang Xiaoyu soporta una vida de maltratos y desprecios por parte de la madre en unos diálogos tan crudos que causan gracia. En este sentido y desde el punto de vista realizativo, vemos en la película muchos planos fijos, abiertos, generalmente con la madre y la hija en cuadro, sin movimiento interno. Esto genera una especie de angustia y estatismo desesperante logrado con una plasticidad magistral.

Y la tensión de la película aumenta en el presente de la historia cuando la madre decide formar parte de un grupo de culto budista, una gran estafa que hace a la hija denunciarlo a la policía. La directora cuenta sobre esto en la presentación de la película, que se trata de una vivencia personal, al igual también que la pareja de Huang Xiaoyu y su marido, inspirados en ella y su marido, que es español.

Esta historia que trata sobre la homosexualidad, los deseos reprimidos por presiones sociales y por la mismísima ley, nos cuenta la directora que tiene que ver con una lucha personal en contra de la censura (cuenta algunas anécdotas de traducción, en las que elige la palabra manlover y no boyfriend) que tiene lugar en China, siendo ilegal el casamiento entre personas del mismo sexo. Esto ya, en Argentina, nos parece arcaico.

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Divino Amor (Dir. Gabriel Mascaro)

Siguiendo en la línea de los cultos, el director brasileño, Gabriel Mascaro, dice que descubre junto con los espectadores su película Divino Amor, en esta premier de la sección Panorama que no deja de sorprender, presenciada también por el elenco.

Fiesta electrónica en un Brasil del futuro. Jesús es, como los DJ en estas fiestas, venerado. Tiene canciones y carteles lumínicos dedicados.

Joana (Dira Paes) es una devota total. Trabaja para el Estado en la sección de divorcios y cree que la burocracia es el camino a la igualdad y equidad, a un mundo más justo.

Cada vez que se presenta una pareja para divorciarse, ella hace lo imposible para que lo piensen dos veces, y los invita a su lugar en el mundo, su fe: Divino Amor. Un lugar de culto religioso al que ella asiste con su marido, donde se intercambian, a modo de terapia, sexualmente las parejas, con la única restricción de que “la semilla” va en la propia esposa.

En este distópico Brasil, las mujeres embarazadas son cuidadas como perlas y el estado civil de las personas es detectado por un sensor tipo “detector de metales”.

Joana, a pesar de su devoción y sus confesiones de formato “Auto Mac”, no consigue lo que más quiere: un hijo. Y entre tratamientos ridículos y divertidos a los que se somete el esposo, sexo apasionado entre ellos, consigue quedar embarazada. Pero… por el acceso que tiene Joana a la información, chequea en la computadora el registro genético, y no es compatible ni con su marido ni con ningún hombre de los que haya estado. ¿Mesías?

Joana se irá quedando cada vez más sola –hasta su Iglesia le da la espalda–, pero acompañada luego por quien será la voz que no cuenta esta historia.

Gabriel Mascaro habla de la ansiedad que tiene por llevar esta película a su Brasil, donde lo universal –como la paloma de Divino Amor– es muy local.

Entre neón, música electrónica y futurismo, Divino Amor se las trae.

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