Under the Silver Lake: lo que para arriba es excéntrico

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Under the Silver Lake (David Robert Mitchell, 2018) exige cierta fluidez en el idioma de la intertextualidad y de los códigos cifrados. El filme, en su estructura global y en el detalle de sus piezas, se compone de elementos que obran por resonancia. Arranca jugando a ser La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954), deriva luego en una investigación disparatada a la manera de Inherent Vice (Paul Thomas Anderson, 2014) pero muy pronto se vuelve oscura y se llena de doppelgängers y figuras siniestras como en Mulholland Dr. (David Lynch, 2001). En el medio de este derrotero delirante hay espacio para la añoranza del noir clásico en el que las pistas todavía mantenían con el crimen una mínima relación de sentido; hay lugar para la nostalgia de la rebeldía grunge que comenzó protestando contra el mercado musical y acabó convertida en una marca registrada; hay sitio para la reivindicación del universo nerd en donde germinan las claves más genuinas que luego se degeneran en la superficie de la pantalla pop.

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What are they hiding? era la pregunta que se leía en uno de los posters que anunciaban la película. ¿Qué es lo que Under the Silver Lake oculta? Referencias. Hyperlinks secretos que conducen a otros hyperlinks más remotos que, sin embargo, se ocultan a la vista de todos: juegos en las cajas de cereales, programas de preguntas y respuestas, clásicos del cine de la época dorada, fanzines fotocopiados, revistas de videojuegos. Quien se proponga seguir esta maraña de enlaces acaba, más tarde o más temprano, arrastrado por la concepción conspiranoica del mundo. Es lo que en gran medida le ocurre a Sam (Andrew Garfield), el protagonista del filme. Sam se siente paralizado y no por una pierna enyesada —como sí le ocurre a Jeff, su par de La ventana indiscreta— sino por la abulia. Por esa razón, Sam se tumba en la reposera del balcón y se dedica a espiar a los vecinos con sus binoculares. Lo que registra desde ese punto estratégico es el absurdo del mundo cotidiano: no encuentra en ese territorio motivación alguna para abandonar su inmovilidad. Un día, sin embargo, descubre a Sarah (Riley Keough). Sam se siente atraído por ella. Se anima a buscarla, tienen un encuentro muy peculiar pero, al día siguiente, Sarah desaparece. Sam emprende entonces una investigación en la que adopta un método delirante: todo aquello con lo que se cruza se convierte en un indicio vinculado con la desaparición de Sarah. De este modo, Sam recorre los recovecos más insólitos de Los Ángeles: la terraza de un rascacielos donde toca una banda de pop gótico, una fiesta en un cementerio donde baila What’s the Frequency, Kenneth? de R.E.M., un club exclusivo donde sus miembros se reúnen solo para jugar ajedrez en silencio… Sam —a la manera de un detective paranoico, o del protagonista de una aventura gráfica, o de Alicia a través del espejo— sigue pistas cada vez más disparatadas. Y en esa pesquisa, Sam se interna más y más en el absurdo del mundo cotidiano de Hollywood que, antes de conocer a Sarah, él prefería mirar de lejos.

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Under the Silver Lake es un filme largo, algo pausado pero plagado de detalles deliciosos. Cuenta con una meritoria labor de actores, una fotografía muy cuidada y, sobre todo, una banda de sonido que crea a la perfección ese tono especial de la cinta que concilia la rabia grunge con el expresionismo clásico del noir. La elaboración de esta atmósfera estuvo en manos de Disasterpeace, nombre artístico del compositor Richard Vreeland (quien también trabajó con David Robert Mitchell en la banda sonora de It Follows). Por lo tanto, Under the Silver Lake es una película para ver innumerables veces y dedicarse a redescubrir las claves desperdigadas en la multitud de citas, de homenajes, de referencias veladas. Lo interesante de este juego es que la seriedad o la nostalgia no son el único tono que la historia asume para fundar su propuesta: cabe en su desarrollo una cuota sustancial de humor y de ironía (mucha atención a la solapada broma autorreferencial de Sam-Garfield-Spiderman). En relación con este aire de comedia, Under the Silver Lake puede leerse también como una crítica ácida y muy ingeniosa al estilo de vida hollywoodense cultivado en la extravagancia y la sofisticación. Mucho de lo que a la distancia se suele mostrar enigmático resulta poco menos que una mera fachada. Algo parecido a lo que cantaban —un poco parodiando al Kybalión— los Soda Stereo en ¿Por qué no puedo ser del Jet-Set?: lo que para arriba es excéntrico, para abajo es ridiculez.

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