Berlinale: Segunda tanda de reseñas

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Flatland: Thelma y Louis de Sudáfrica

Flatland abre la sección Panorama en esta edición de la Berlinale.

Jenna Bass, la directora de esta película dijo en su presentación que se trataba de una película medio alborotada, que esperaba que entendiéramos. Quizás cueste más entender qué es lo alborotado en ella que la película en sí misma.

El filme comienza en una suerte de búsqueda con la cámara en planos muy cerrados, desenfocados. Detalles de los ojos, primerísimos primeros planos blureados de sol. Esta aparente confusión se entiende perfectamente: es una boda; el casamiento de Natalie (Nicole Fortuin) , una jovencita de piel negra pero no tanto -y digo así porque esto es uno de los temas en los que se basará la película- con un policía, hombre blanco.

Natalie es violada en su noche de bodas, ella toma su arma y corre, con la marca de la pérdida de su virginidad en su vestido blanco, en busca de su caballo, y termina matando a su tutor que quiere impedirle que se vaya a latigazos.

Con todo el vestido ensangrentado, Natalie se dirige en busca de su amiga Poppi (Izel Bezuidenhout), a quien llama hermana, una joven como ella cercana a los veinte, embarazada, blanca y de ojos azules. Juntas huyen a caballo por ese pueblo que pareciera desierto.

En el medio, Beauty -presentada disparando directamente a cámara- una mujer policía negra de unos 40 años, busca al asesino para liberar a quien fuera su amor en el pasado, una persona que asumió la culpa del hecho para poder seguir en prisión, lugar que siente ahora como su hogar y a donde pertenece.

En ese viaje de huida sin rumbo que hace de esta película una road movie canchera y dramática, las amigas cambian su color de pelo, bailan coreografías de la adolescencia y deciden subirse al camión del novio de Poppie. En el camino frenan en un encuentro de camioneros entre drogas y alcohol, y las amigas se echan en cara sus rencores pasados: la madre de Natalie era la niñera de Poppie. Y como experimentamos en Argentina muchas veces, es la historia de madres que salen a trabajar y les pagan a otras (en general) mujeres para que cuiden de sus hijes. Enojada, Natalie se aleja y descubre el placer de la sexualidad con el novio de su amiga quien lleva en su billetera “un arcoiris de mujeres”: fotos, una de cada color. Y es que la película es un arcoiris -el verdadero-, desde la iluminación, el vestuario y maquillaje.

El crimen del inicio da por supuesto lugar a que el final no pueda ser otra cosa que el de un policial… Pero no tan rápido. El caballo, las baleadas en la cantina, el desierto y el patriarcado obseno, hacen de esta película un western contemporáneo, en el que a pesar de algún que otro giro panfletístico –como la línea de diálogo “no es no, lo ví en la televisión”-. Finalmente, las mujeres deciden tomar las riendas de su vida huyendo de un lugar del que se pensaban prisioneras.

Panorama es la sección que envuelve los filmes más diversos tanto en términos de realización como de temática. El hecho de que la fresca y multicolor Flatland abra esta sección curada por Paz Lázaro (España), habla de que se sigue en la misma línea del por qué de la elección de The kindness of strangers en la sección de la Competición Internacional: hay cosas que parecen enterradas, pero no hace falta ni siquiera rascar un poquito para ver la discriminación racial y xenofobia en los días que corren.

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Systemsprenger: la niña sin miedo.

Bernadette (Helena Zengel), con su metro veinte de altura y sus nueve añitos de edad, hace temblar la butaca. Su carita angelical en nada se condice con su indomable comportamiento. Porque Bennie lo único que quiere es estar con la mamá, una mujer incompetente para criarla y que, aunque intente evitarlo, le tiene miedo. Su mamá es la única que puede tocarle la cara, sino, enloquece, y en esa locura la pantalla se pone fucsia, al estilo Marnie de Hitchcock cuando se actualiza el trauma.

Bennie gira de institución en institución, rechazada por todas. Lo que mejor hace es correr, escapar, al igual que la cámara, que la sigue dando “paneos-látigo” veloces a cada paso. Con su ropita rosa y a veces turquesa (en composé con los ojitos), y como si se tratase de una película de ciencia ficción, vemos a la nena conectada a setenta cables en la cabeza, con moretones en todos lados y drogada. Por supuesto y a pesar de las atrocidades que hace (entre otras cosas, pega hasta sangrar), conmueve.

Y así conmueve a Micha, su acompañante a la escuela (lo que sería en Argentina un integrador), que propone como último recurso unas vacaciones con ella en su cabaña sin electricidad. En un principio pareciera que todo cambió: la paz la curó. Pero Benni es lo que es, y ven como única solución un “programa en el extranjero”, en Kenya.

Nora Fingscheidt, directora de esta película, hace a les espectadores sentir exactamente lo mismo que vemos que sienten los personajes en la historia: queremos abrazarla, pero nos da miedo.

Como así en el principio de la película se rompe el vidrio “irrompible”, Bennie, hacia el final, rompe la pantalla y no podemos pensar otra cosa que: systemprenger, déjenla correr.

 

Öndög: del Öndög venimos y hacia el öndög vamos

No puedo empezar a escribir sobre esta película sin emocionarme. Este film de Mongolia en  Competición Oficial, es todo lo que está bien.

La cámara es los ojos de un auto que explora un lugar descampado y oscuro, iluminado sólo por sus luces, a una velocidad acelerada, mientras transcurre una conversación banal entre dos hombres.

De repente, el cadáver de una mujer desnuda se interpone en el camino, y a gritos  aterrados, retroceden. El inicio.

Quien sospeche que se trata de un policial, le advierto que está muy equivocado.

Esta preciosura, obra de Wang Quan’an, director chino que ya goza de un recorrido largo y glorioso en la Berlinale -ganador del Oso de Oro con su película Tu Ya De Hun Shi (Tuya’s marriage) en el año 2007, y del Oso de Plata a mejor guión en el 2010 con la película Tuan Yuan (Apart Together)-, es una tierna comedia dramática, completamente alejada de los códigos del género.

Ya de día, con sol pleno, pero con un frío que desgarra la piel, la policía llega a la escena del crimen. En un largo teleobjetivo y con paneos -para nada simples con la velocidad que se observa del viento en los pastizales- se desarrolla una secuencia de presentación de personajes en plano general y, con una fotografía naturalista y simplemente apelando al diálogo, ríe una sala llena. Rápidamente se entiende el tono de la película.

La amenaza de un zorro en la escena del crimen hace que el comisario deje a un joven e inexperto policía en custodia toda la noche, y le encomienda a una Helswoman (pastora, encarnada exquisitamente por Dulamjav Enkhtaivan) que vaya a ayudarle.

Y es así como el cadáver no es más que un accesorio que hace a la película dedicarse a contar la historia de esta mujer que vive sola en carpa en pleno descampado en Mongolia, que anda en camello, que mata ovejas, que caza zorros y que tiene un enamorado al que sólo llama para que la ayude con alguna cuestión de las ovejas. Mientras tanto, ella, decidida esa noche a tener sexo con un tierno e ingenuo policía, se dirige con su camello a hacerle compañía con alcohol, cigarrillos, sopa y fogata para apaciguar el intenso frío. Los planos en esta secuencia (y en toda la película) son tan bellos que sería imprudente y malvado intentar describirlos. Al día siguiente cada une sigue su camino, luego ella se enterará que está embarazada.

Su cortejante amigo que la ama desde pequeño, en respuesta inmediata como siempre al llamado de esta autosuficiente mujer, le lleva un regalo muy especial, un huevo de dinosaurio que encontró. Un öndög, que tiene aparejada una historia: los dinosaurios eran los reyes del mundo, como los humanos hoy, dice;  y de los dinosaurios venimos, y los dinosaurios volverán. Con el parto de una vaca, y todo el fluido en sus trajes de cuero, nos despiden estos dos, para hacer tranquilos más öndög, en esta poesía hecha película de la que, aún escribiendo sobre ella, me cuesta despegar.

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