La muerte de Stalin: La risa como todo llanto

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“Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El gatopardo

Pocas cosas suelen ser tan raras como un chiste que excede el objetivo de dar gracia. No porque sea necesariamente malo, sino porque su contenido termina sobrepasando su forma monstruosamente. Pensemos en Micky Vainilla, por ejemplo. El personaje/sketch capusottiano, que representa una forma fascista descarada, intentando legitimarse a través de las artimañas de la cultura pop. Era un personaje poco gracioso, porque en definitiva, podías reconocerlo en cualquier lado, ya sea en un colectivero o en un periodista. Incluso, ganando elecciones. Entonces, si un chiste puede no tener por objetivo a priori hacernos reír, ¿de qué hablamos cuando hablamos de comedia?

La clave aquí es ese género que se permite eludir lo humorístico, rodearlo, para llegar a otros puntos: la sátira.

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The Death of Stalin es la segunda película del director y guionista inglés Armando Iannucci. Habiendo pasado por las radios de la BBC, crea una sitcom llamada The Thick of It (2005-2012). Y gracias a ella, su primera película In the Loop (2009), candidata al Oscar al mejor guion adaptado. Iannucci va perfilando en ambas la sátira de la clase política en aprietos (en In the Loop, la inglesa y la estadounidense) y sus inherentes contradicciones.

Pero hay un gran salto productivo en La Muerte…, que retoma las horas posteriores a la muerte del líder soviético, en 1953.

Basada en un cómic francés, arrancamos con un Stalin inconmovible. Treinta años en el poder, purgando gente a diestra y siniestra. Parece inmortal y lo sabe, por eso puede llamar a medianoche a la Radio Moscú para pedir una grabación de un concierto en vivo que ni siquiera está siendo grabado. El único personaje que va a hacerle frente es la pianista Maria Veniaminovna Yudina (Olga Kurylenko), cuya acción termina tirando la primera ficha del dominó politburista.

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Nuestro protagonista es Nikita Jrushchov (Steve Buscemi), que hace lo que puede con lo que tiene, como su método para detectar con su esposa qué le causa gracia al líder y qué no (“así en la mañana sabrá lo que le espera”). Un personaje con el típico halo de desdicha busceminiano, y al mismo tiempo, una máquina de aceitados one-liners (forma inglesa de llamar al chiste de una línea que contiene el remate en sí mismo).

La película va a girar en torno a los principales ministros del Presidium (que funcionaba durante el estalinismo, más como una división de tareas que como una división de poderes), la organización del funeral y las internas ministeriales de ver quién agarra la manija. El enfrentamiento se va a dar entre Jrushchov y Lavrenti Beria (un genial e incómodo Simon Russell Beale), un animal político gatopardesco que regentea al NKVD y utiliza el aparato para mantenerse fuera de la ley. Mientras tanto, desfilan oficiales del orden, el Ejército Rojo del general Zhukov (Jason Isaacs), la hija y el hijo del difunto líder y los médicos que se salvaron de no ser fusilados.

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De izquierda a derecha:

  • Jrushchov: Primer Secretario.
  • Malenkov: Sucesor de Stalin.
  • Kaganovich: Ministro de Trabajo.
  • Bulganin: Ministro de Defensa.
  • Mikoyan: Ministro de Comercio.
  • Beria: jefe del NKVD.
  • Stalin sobre su propio meo.

La muerte… no pierde su carga dramática solo por ser humorística. Los traumas del estalinismo y su política de la paranoia confluyen en una comedia negra y precisa como un ajedrecista soviético. Parece, por momentos, no buscar la hilaridad del público, sino recrear un clima de época, desde su perspectiva, y basada en múltiples hechos que realmente sucedieron. Para ello apela a la sátira que deviene en humor negro, no como algo gratuito y pobre, sino como ejercicio literario sobre el pasado y sus consecuencias.

Iannucci es un humorista cinematográfico por excelencia. Domina el diálogo cual notable guionista, sí, pero también la imagen y la ambigüedad, el cuadro y su composición, la acción de los personajes.

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No estamos por tanto, ante un exceso, ya que Iannucci sabe construir con sutileza y profundidad lo necesario para reforzar los diálogos que funcionan. Las imágenes y las acciones de los personajes definen su esencia en ese mundo de listas negras y gente que puede desaparecer. El Gran Hermano está en los detalles.

La muerte de Stalin, entonces, funciona como excusa para mostrar lo endeble del poder, las luchas hacia adentro por mantenerlo, la carrera demencial. Si el estado soviético se caracterizaba por una fuerte burocracia, no hay metáforas que valgan: esa burocracia al extremo es el sinsentido mismo de esperar a la Junta y que haya quórum para llamar a un médico.

Es necesario agregar que la película fue prohibida en Rusia y otros países del viejo bloque soviético. Es considerada una ofensa a los valores y símbolos de la Gran Guerra Patria, además de ir en contra de la lavada de cara histórico-discursiva que Putin viene llevando a cabo con el accionar estalinista. Con lo cual, el acto de censura real parece resignificar el inicio de la ficción encarnado en Olga: el humor, las artes, no olvidan.

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