Bandersnatch: elige tu propia paranoia

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Antes que nada: amé Bandersnatch. Así que: haters, pueden seguir de largo.

Que algo ya se haya hecho no significa que no sea bueno y disfrutable. Película interactiva, reflexión sobre las múltiples posibilidades de la realidad, preguntas sobre el libre albedrío: Bandersnatch no inventa nada, pero combina elementos que ya se usaron de una forma que creo muy novedosa. Y masiva. Bien por Charlie Brooker, que lo hizo otra vez.

Empecé a ver Black Mirror muchísimo antes de que el gigante Netflix se lo comiera, como lo ha hecho con tantos productos culturales de calidad. Que algo esté disponible en Netflix no lo hace bueno, pero tampoco malo por default. Que algo sea masivo tampoco le quita mérito ni lo convierte automáticamente en basura de fácil consumo. Black Mirror es una serie que ha demostrado una y otra vez tener un altísimo nivel, en sus guiones, en su producción. Creo que, tal vez, en este caso el mayor logro de Bandersnatch es acercar a un público masivo una temática que suele estar reducida al terreno de la ciencia ficción filosófica, en este caso, toda la literatura de Philip K. Dick. Porque la película interactiva de Black Mirror sin dudas (como la serie en su totalidad) le debe muchísimo a este autor norteamericano. Un escritor que los últimos años ha ganado mayor prestigio y popularidad, mínimamente desde el estreno de Blade Runner, la película de Ridley Scott inspirada en la novela Do Androids Dream of Electric Sheep? (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?). Todo aquel que guste de la ciencia ficción debe leer a Philip K. Dick, prácticamente el creador de la paranoia posmoderna: alguien o algo nos oculta la verdadera realidad, que es solo virtualidad, y maneja nuestras acciones convirtiéndonos en autómatas o seres sin conciencia plena de nosotros y nuestro mundo. ¿Les suena?

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Stefan (conmovedor Fionn Whitehead) es un joven programador que, en 1984, presenta el proyecto para un juego, inspirado en una novela del tipo Elige tu propia aventura. Este punto de partida de la trama establece que la intertextualidad será algo que Bandersnatch adoptará como tema y como forma. Los diálogos con otras obras van desde el sutil cartel que cuelga en la casa de Colin (Will Poulter) –el programador estrella que trabajará (o no) con Stefan– en el que hay un aerosol marca “Ubik”, hasta el nombre del libro/juego/capítulo, que es un personaje de Lewis Carroll en Alicia a través del espejo. Dudo que Charlie Brooker sienta haber descubierto la pólvora; el respeto con el que trata otros materiales de ficción y de ciencia ficción (incluyendo su propia Black Mirror) lo demuestra.

Desde el comienzo podemos notar que algo no anda bien con Stefan, algo oculta, sabemos que lo que vemos de él y su vida no es todo lo que es. Las primeras decisiones del espectador son simples a primera vista; elegimos con cierto placer qué desayunará el joven o qué música escuchará. Rápidamente, las decisiones que le haremos tomar lo arrojarán a caminos que a ninguno de nosotros nos gustaría recorrer. Parece que, en realidad, Stefan está condenado desde antes de que tomemos las decisiones, si es que somos nosotros mismos los que las tomamos. Y con este sutil grado de insoportable paranoia se juega en todo el capítulo/película. Aunque no quiero hacer ningún tipo de spoiler debo mencionar algo en relación con esto: en un momento dado de la trama los espectadores podemos elegir una opción que es “Netflix”. La reacción del personaje y lo que provoca en el espectador son la esencia del juego: desarticular las capas de realidad, borrar los límites entre la realidad y la ficción, entre pasado y futuro, desrealizar; desautomatizar, que es nada menos que una de las funciones más conmovedoras del arte.

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La película tiene esta dimensión lúdica y de entretenimiento innegable. Más allá de la oscuridad del capítulo (concentrada sobre todo en el atormentado Stefan por una culpa del pasado, por un trauma infantil; en la figura del escritor de la novela homónima, que terminó descuartizando a su mujer; y en el personaje de Colin, quien conoce un secreto altamente perturbador tanto para Stefan como para nosotros), nos divertimos, sobre todo al comienzo, como cuando éramos chicos y leíamos Elige tu propia aventura. Pero la diversión dura poco (aunque se mantiene en cierto nivel de sadismo que puede ir creciendo a medida avanza la trama): lamentablemente estamos viendo Black Mirror, una serie que se encargó muy bien los últimos siete años de manifestar en la pantalla qué oscuro es el espejo que nos refleja a nosotros y nuestra relación con la tecnología. Porque el espejo negro que da nombre a la serie es, justamente, la pantalla apagada de los dispositivos sobre la que se ve reflejada nuestra perturbada humanidad. De ninguna manera es crítica de los avances tecnológicos, sí de lo que los humanos podemos ser en relación con ellos.

Seguramente habrá algunas cosas que ajustar si Netflix quiere volver a apostar en este formato para la serie, hay algunas cuestiones en el guion que tal vez no cierran del todo. Sin embargo, creo que esta primera experiencia es superadora de expectativas (y eso que la vi con muchas). Leí por ahí que el capítulo resultaba “repetitivo”: el efecto loop es acaso algo buscado, y algo muy en relación con las fibras que la película termina tocando.

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La estética es impecable, muy disfrutable son los ochenta otra vez, pero un poco más turbios e inquietantes; y las actuaciones están perfectas, sobre todo la de Fionn Whitehead, que ya había demostrado qué tan potente podía ser en Dunkirk, de Christopher Nolan.

Aclaro que al escribir este artículo solo llegué a tres de los supuestos cinco finales. Jugué/vi durante más de dos horas, pero tuve que parar porque los niveles de responsabilidad me superaron. El lugar morboso en el que la película coloca al espectador me parece uno de los puntos más fuertes. Y hay que ver si ese sadismo que en Bandersnatch es juego no es modus operandi en las redes (¿y en la vida?): Will Poulter declaró en Twitter que iba a alejarse de la virtualidad por un tiempo por su “salud mental”, dadas las agresiones que estuvo recibiendo a raíz de la película. La paranoia también puede manifestarse en esa necesidad de salir a odiar en las redes rápidamente, no sea que quedemos del lado de la satisfacción. Vamos, que es un producto de ficción, una película, tampoco podemos pedirle que nos cambie la vida, ¿no?

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¿Hay un reverso de todas las cosas que no vemos a simple vista? ¿Nuestra realidad no es acaso la única realidad? ¿Están nuestras decisiones dirigidas por fuerzas invisibles, virtuales, anónimas que interfieren con la ilusión del libre albedrío? ¿Somos los protagonistas de una serie de Netflix manejada por un espectador sádico? ¿Nuestra existencia es solo un juego? ¿Estamos condenados al loop de la infelicidad? Todas estas preguntas y más abre Bandersnatch; preguntas que nos venimos haciendo desde hace cientos de años y que nos seguiremos haciendo por qué no, al menos para seguir jugando.

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