Mr. Mmmmercedes

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Cada vez que llega el momento de hablar de una película o serie basada en la obra del amiguero Stephen King, me urge la necesidad de aclarar que, en estos casos, la novela o cuento original solo sirve como referencia anecdótica, inspiración, base de la historia que compra una productora u otro montón de cosas. Si quieren fidelidad vuelvan a leer la novela o cuento pertinente. Sin más, a lo que te truje.

La historia empieza en una fría madrugada de una ciudad estadounidense. En plena recesión económica, cientos de personas se agrupan ante las puertas de una oficina de empleo, con la esperanza de conseguir uno de los puestos de trabajo anunciados. Sin embargo, en medio de la niebla matutina, aparece un Mercedes Benz que atropella todo lo que encuentra a su paso, dejando una decena de muertos y heridos, y dándose a la fuga. Pasan los meses y el detective jubilado, Bill Hodges (Brendan Gleeson), sigue obsesionado con este caso que nunca pudo resolver mientras estuvo en actividad. Y todo volverá de golpe cuando empiece a recibir mensajes del llamado “Asesino del Mercedes”.

Renovada para una tercera temporada, conviene abordar Mr. Mercedes por separado. ¿Por qué? No hay por qué.

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Bueno, sí hay. Lo leerán a continuación cruzando el desierto (con spoilers).

Temporada 1

Una de las primeras cosas que podemos notar es que Mr. Mercedes no esconde sus tópicos, no le interesa desviarse o transformar los clichés: policía retirado que coquetea con el alcoholismo y el suicidio, que nunca pudo resolver ese caso que no lo deja dormir; contra psicópata que tiene problemas con la madre y un abuso a cuestas (hasta se pone una máscara de payaso durante su masacre).

Todo bastante normal, visto varias veces, y más si a esto le sumamos que desde la estética no hay un golpe, un ladrillazo emotivo que nos impacte de alguna manera especial. Lo visual en Mr. Mercedes es lo correcto para una serie de su tenor, no quiere romper ningún esquema y prefiere apostar a lo seguro. Por supuesto que una apuesta sigue siendo una apuesta, y no siempre se gana. O por ahí quedás hecho.

En cuanto al “Asesino del Mercedes”, hay que destacar que la imprudencia de Brady Hartsfield (Harry Treadaway) es un poco chocante: de ser un asesino frío y calculador que un día atropella a un montón de gente y no deja ninguna pista pasa a ser un pibe que se desequilibra cada vez más rápido, que comete error tras error y no soporta un ápice la presión a la que lo someten. La contraposición es curiosa, cuesta creer que ese joven enajenado haya tenido tanta sangre fría.

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El argumento trata de pintar un policial, pero lo cierto es que tiene más momentos en que es la historia de Bill Hodges. En muchos capítulos el suspenso termina reducido al mínimo, solo vemos al protagonista lidiando con la cotidianeidad del retiro y el vacío de no tener nada que hacer. Las líneas del ex detective y Brady no parecen unirse orgánicamente, generando bastantes momentos de sopor y llevándonos a desear que, por favor, se avance un poco.

Otro aspecto en el que la serie hace hincapié tiene que ver con la capacidad de Brady en el uso de la tecnología y las computadoras. Los hackers siempre son un tema delicado, porque si se trata con displicencia puede terminar arruinando el verosímil. Está bien que ciertas situaciones puedan resolverse desbloqueando un celular o poniéndole el parche de la liga argentina al PES 6, pero cuando estas cuestiones se hacen costumbre terminan generando cierta desazón en el devenir de la historia, sentimos que por momentos nos mienten fuerte. Además, Hartsfield tendrá su contraparte informática: Jerome Robinson (Jharrel Jerome), quien capítulos después recibirá la ayuda de Holly Gibney (Justine Lupe). Jerome es, convenientemente, experto en computación y vecino de Hodges. No digo que sea un deus ex machina, porque toma partido en los primeros capítulos y se establece enseguida; sin embargo, no deja de ser un recurso que nos obliga a poner bastante voluntad para disfrutarlo.

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Tenemos ante nosotros una primera temporada que se deja ver, que tiene momentos muy entrañables entre Hodges y su vecina, Ida (Holland Taylor), pero en donde el suspenso y el policial casi que brillan por su ausencia.

Por otra parte, nos entregan una historia bien turbia entre Hartsfield y su madre (Kelly Lynch), un incesto y el asesinato de un niño que recurre a los más bajos instintos del protagonista. Es mucho más fuerte que la historia del ex detective, pero no más interesante, y logra el necesario quiebre cuando por error Deborah Hartsfield muere envenenada (aunque agrego, vuelve a parecer un error bastante grosero para alguien tan planificador como nos quieren vender en un principio).

Lamentablemente, salta a la vista que esta primera temporada es el intento número quichicientos de alargar algo que fácilmente se puede contar en una película. El capítulo final es adrenalina, pero también ganas de que termine algo que venimos mirando ya por puro impulso.

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Temporada 2

El porqué del abordaje de las temporadas de Mr. Mercedes por separado viene ahora: para esta segunda etapa se viene un giro extraordinario. Desconozco si este recurso está en la novela original y, en caso de estar, como lo trata Stephen King me supone un enigma.

La segunda temporada inicia con un Brady Hartsfield que respira, come y mea gracias a la magia de las máquinas. Es poco más que un vegetal producto del golpe en la cabeza que le dieron cuando quiso hacer volar por los aires a mucha gente. Por su parte, Bill Hodges ha fundado una agencia de detectives junto con Holly Gibney. Pasa sus días recuperando autos impagos, pero esto no le impide ir seguido al hospital y sentarse a los pies de la cama de Hartsfield para, probablemente, estar atento a si despierta. La obsesión se pone a la orden del día.

Hete aquí que el médico que atiende a Brady es también un reconocido investigador y aspirante a premio Nobel que experimenta con cerebros. Trata de despertarlo a toda costa y, al no tener éxito, le aumenta la dosis del componente que le venían suministrando. Así, en esta temporada, nos encontramos con un Hartsfield que tiene la capacidad de invadir las mentes y hasta poseer los cuerpos de aquellas personas que utilicen determinadas aplicaciones en sus dispositivos electrónicos. Un giro que no sabría si considerar arriesgado, descarado o algún otro “ado”.

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Sin embargo, por más loco que se lea esto, la progresión en el uso y posterior descubrimiento de los nuevos “poderes” de Brady es distinta a la intriga de la primera temporada. Hay una escalada de tensión mejor lograda gracias a diversas secuencias que aportan a lo indescifrable del caso, el cual se va clarificando entre la desconfianza de Hodges, la ayuda de Holly y las intervenciones del fiscal Antonio Montez (Maximiliano Hernández). Esta temporada busca ser una serie distinta, porque aborda una temática que oscila entre el thriller y la ciencia ficción; y mantiene un verosímil que, nuevamente, sin nuestra voluntad no llegaría a ningún lado.

Por otra parte, el relleno sigue estando y se nota mucho. La historia “de amor” entre el Dr. Felix Babineau (Jack Huston) y Cora Babineau (Tessa Ferrer) es intrascendente. Hay planes de contar más de la vida personal de Hodges, pero es mucho menos interesante que en la primera temporada. La historia con su ex esposa es aburrida, llegando a momentos de sopor indecible. Por otro lado, Jerome se debate entre ir a estudiar a la pomposa Harvard o buscar otro camino, argumento que no aporta nada y concluye de forma bastante simple.

Como agregado, se le da más fuerza al personaje de Lou Linklatter (Breeda Wool), la ex compañera de trabajo de Brady que fue apuñalada en la escalada de violencia al final de la primera temporada. Y su historia es necesaria, porque en el desenlace será la encargada del desabrido final al dispararle en la cabeza a Hartsfield en medio del juicio. No es que la sorpresa sea muy grande, porque los minutos se vienen encima y empiezan a quedar pocas opciones para terminar. Pero no deja de ser un recurso un tanto vago, la oración final de un guion que podría haber explotado mejor al personaje de Holly y acortarse unos cuatro capítulos.

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Últimas líneas

No podemos dar una conclusión porque ya dijo Eco que el receptor es el que termina de dar sentido a una obra. Y definir series y películas entre malas y buenas es una canallada innecesaria (aunque igual lo hacemos).

Sí destacar que Brendan Gleeson está genial como un viejo cascarrabias jubilado (esto se intensifica mejor en la segunda temporada). Sí decir que se puede pasar un buen rato con Mr. Mercedes y que goza de un nivel impecable si no queremos poner a trabajar ninguna parte de nuestro cerebro. Vamos a tener momentos aburridos que probablemente no sean recompensados, pero se puede hacer un balance positivo si tenemos mucho tiempo libre como para no lamentarnos de lo que podríamos haber visto en lugar de esta serie.

Haciendo un comparación culinaria, Mr. Mercedes no es fea, aunque sí desabrida. Pareciera que le faltara sal. Pero, reconozcamos, hay gente que come sin sal.

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