Aquaman: quemando las naves

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¿Por qué la última película de DC, dirigida por James Wan, dura más de dos horas y media? ¿Por qué DC insiste en hacer películas tan largas? ¿Por qué Aquaman naufraga en el océano de la acumulación desmedida de conflictos? ¿Por qué se queman las naves? Porque es la única manera de estimular ante la batalla perdida.

Aquaman sería una gran película si durara poco más de la mitad y contara solo algunas de las innumerables cosas que cuenta. Luego de ver La liga de la justicia quedaba claro que uno de los pocos personajes de la Liga que daba para una película en solitario era el Aquaman de Jason Momoa, bien distinto del rubiecito de speedo al que nos tenían acostumbrados algunos cómics o los dibujitos. Pero vamos, que es un gran personaje, es nada menos que el rey del océano, el hombre capaz de unir tierra y agua, de manejar a la fauna marina, un tipo con mucho rock, como Momoa, aka Khal Drogo.

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Como toda película de origen tenemos la posibilidad de conocer al héroe desde su nacimiento, en este caso desde su concepción. Que su madre sea la reina de Atlántida y su padre el guardián del faro es crucial para la historia; no lo es el desorden narrativo que luego de esta parte maneja la película. El tipo descubre cuando es niño que puede hablarles a los animales marinos, lo vemos de grande pelear como un guerrero y recién a la hora se revela qué personaje lo entrenó y un poco más tarde por qué. O no, como tantas cosas en la película que quedan sin explicación. Cuando Arthur (como el rey de Bretaña) baja finalmente a las profundidades del océano no pelea tan bien y parece haberse olvidado de su capacidad de hablar con los animales acuáticos. De esto se va a acordar recién al final de la película. Cuando tenga el tridente que un holograma le indicó dónde buscar. Todo así.

Lo que voy a llamar el “efecto Martha”, que viene siendo un modus operandi de DC, se utiliza constantemente en la película. La historia arma un conflicto, lo engorda, lleva a los espectadores a especular sobre su desenlace: para al final resolverlo con un elemento que casi no había aparecido hasta el momento, que resulta arbitrario y no llega ni a deus ex machina. Si vieron Batman vs. Superman saben exactamente de qué les hablo. Es tan tan torpe la manera de “resolver” el conflicto entre Batman y Superman (dicho sea de paso, bien sostenido solamente en el tráiler de la película porque después en el film resulta soso y bastante arbitrario) que a mí personalmente me causó gracia. Y no la gracia que DC quiere causar al espectador con los chistes sobre la supuesta torpeza de Aquaman o… quiero recordar algún otro y, la verdad, no puedo, así de olvidables son los momentos “cómicos”.

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Hasta acá el enojo, sobre todo de ser subestimada como espectadora frente a los innumerables vacíos del guion y las acciones de los personajes sin motivación o coherencia. Lo peor de todo en este aspecto es que realmente nada de lo que les sucede tiene consecuencias: van a desterrar a esta, pero la perdonan, van a encarcelar a este otro pero lo rescatan, van a ir a la guerra pero mejor no. El monstruo temible, no tanto; el traje superpoderoso, ah, no; el conflicto entre hermanos, pasa en las mejores familias. Además se pone en juego en el problema principal de la trama algo que me molesta bastante: matemos un montón de gente para lograr que no muera un montón de gente. Rarísimo.

Vamos con la pena. Qué pena, DC ha perdido la posibilidad de hacer dos buenas películas por lo menos. La cantidad de mundos, personajes, batallas, escenarios, monstruos, conflictos, deja al espectador con la sensación de que lo vio todo y no vio nada. Nunca hay profundidad, la película hace la plancha. Hay dinosaurios (¡vivos!) y casi no los vemos, hay seres como sirenas que escriben poesía y hombres mitad cangrejo que pasan así como pasa la vida. Y ante tanta superficialidad, aparecen las preguntas, ¿por qué el reino x está peleado con el reino y?, ¿cómo se enteran en Atlántida de que Arthur existe?, ¿por qué un personaje sabe algo durante toda la película y lo revela en un momento completamente random, que no tiene relación con nada? Y así. Si la película espera que repongamos con los cómics, no lo sé, no los he leído, pero asumo que tanta apuesta (me apena pensar cuánto costó la película) no está solo dirigida a un público tan específico.

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Hasta se dan el lujo de malgastar atención de los espectadores en dos malos, muy malos, para que al final uno no lo sea tanto y del otro nunca terminemos de entender por qué es tan malo. Da la sensación de que el film ha perdido la oportunidad de contar cosas interesantes, entretenidas, y en el afán de meter todo el CGI que hay sobre la Tierra, en la pantalla desfila enormidad de información que no llegamos a apreciar.

Porque, y sorprende, disfruté la película: la belleza del mundo acuático, del diseño de los personajes marinos, los trajes, los monstruos (el del final, gran monstruo, primo del Balrog de The Lord of the Rings y del Cthulhu de Lovecraft, que encima tiene la voz de Julie Andrews), los paisajes terrestres (hay toda una secuencia en Italia hermosa), son muy apreciables. La fotografía de la película es impecable, también la dirección: no quiero estar enojada con James Wan. La película dialoga estéticamente con clásicos como Indiana Jones, El señor de los anillos, Avatar y productos de Marvel (Black Panther, para pensar en lo más reciente, también vinculado al nivel de la trama).

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El cast está muy bien, ver a Willem Dafoe –aunque un poco bajo de energías– siempre es grato. Momoa es divertido y sabe quedar bien parado para el fondo de pantalla. Amber Heard está correcta, al igual que Nicole Kidman. Mi preferido fue Patrick Wilson –claramente elegido por Wan– haciendo de villano, con mucha dignidad para los pobres diálogos que le tocaron en suerte. Ver la película, ver el fondo del mar, los personajes que la habitan, los escenarios, la flora y la fauna, es sin duda lo que hace posible estar 143 minutos sentados en el cine. Una historia de origen demasiado larga y desprolija, una nave que parecía segura pero zozobra, prendida fuego por su mismo capitán, que no sé si podrá volver a casa, pero que no podemos dejar de ver.

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