Ballers: para la audiencia olvidada

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Detrás de las estrellas deportivas hay fiestas, drogas, alcohol, mujeres (con y sin ropa), mansiones, autos de alta gama, yates, jets privados, más fiestas y… HBO. Con una premisa simple y dirigido a un público específico de sus clientes, HBO apostó a Ballers para contar una historia en tono de comedia o dramedy, como les gustaría llamar a muchos hoy en día, dentro del football americano (sí, el de la pelota ovalada), al deporte más popular y lucrativo de Estados Unidos.

La serie sigue la vida de un grupo de amigos en sus aciertos y desaciertos, cada uno en distintas etapas de sus carreras y con problemas con los que lidiar. La figura central es Dwayne The Rock Johnson, que interpreta a Spencer Strasmore, un futbolista retirado que comienza una carrera como asesor financiero para “monetizar sus amistades” de la NFL y atraer clientes para Anderson Sports Financial, agencia que lo reclutó por el pedido de su amigo Joseph Krutel (Rob Corddry), el personaje que pone más dosis de comedia.

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Ricky Jerret (John David Washington) es un jugador que está en la última etapa de su carrera, no sabe qué hacer con ella pero entinede que le queda poco tiempo de profesional, y representa al futbolista excéntrico, mujeriego y fiestero. Charles Greane (Omar Miller) lidia con su vida post retiro, buscando un rumbo después de colgar los botines, él la antítesis del futbolista: fiel a su esposa; y por otro lado, Vernon Littlefield (Donovan Carter), un jugador que está en el momento ideal de su carrera con uno de los contratos más altos de su puesto pero que mantiene a un séquito de amigos y familiares, representa al futbolista naif, tímido e inocente con grandes valores familiares.

Si bien los personajes son carismáticos, hay una gran falta de profundidad en sus caracteres, con conflictos que nunca explotan al máximo para hacernos conocer el lado oculto de los protagonistas. Pero se nota que el objetivo es entretener y el punto máximo está puesto en la infinidad de cameos de jugadores y periodistas de la NFL que hay por temporadas, apreciable para quien sea seguidor de ese deporte. Incluso, Peter Berg, director de cine (Hancock, Battleship, Mile 22), interpreta al director técnico de los Miami Dolphins en siete capítulos. También dirigió el capítulo piloto, además de producir la serie junto a Mark Wahlberg y The Rock, entre otros.

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Uno creería que lo verosímil abunda en la serie, ya que The Rock fue jugador universitario al igual que Donovan Carter; el hijo de Denzel Washington, John David Washington jugó como profesional, y además cuentan con el ex jugador profesional Rashard Mendenhall como productor y guionista, pero hay destellos exagerados y tramas demasiado convenientes que quitan credibilidad a ese mundo que se intenta construir.

En cuanto a la temporada 4, si no viste las tres anteriores recomiendo saltar al último párrafo: spoiler alert.

Tras alcanzar el objetivo de llevar a un equipo profesional a Las Vegas, Spencer y Joe Krutel buscan expandirse a otros deportes, más precisamente deportes extremos (sí, hay cameo de Tony Hawk) y se mudan a la Costa Oeste, donde compran una empresa dedicada a representar a atletas extremos, pero pronto todo irá a contracorriente por la ruptura con Lance Klians (Russell Brand).

Ballers

Así cambian Miami por Los Ángeles, ciudad donde de forma casual Charles es contratado como gerente de los Rams y donde Ricky decide mudarse con su nueva pareja y reciente hija. Jerret decide volver a jugar profesionalmente y deberá demostrarle a Charles Greane que aún está vigente para ser contratado, frente a un joven competidor como Kisan Teague (Kris Lofton). En cuanto a Vernon, sus apariciones son esporádicas y no desarrolla ningún conflicto, tomando más protagonismo el personaje del representante de futbolistas Jason Antolotti (Troy Garity), ya que representa a Ricky y a Kisan.

Por otro lado, Spencer busca ser mentor de una estrella universitaria y pronto se enfrentará a la NCAA y buscará los derechos televisivos para transmitir los partidos universitarios. Hay un intento tímido de criticar el sistema pero se queda en eso y no explota. Nunca se la terminan de jugar, aunque Ricky Jerret llega a decir “fuck Trump” y se insinúa algo sobre el movimiento de los atletas negros en contra del racismo (esos que generaron gran revuelo por arrodillarse a modo de protesta frente al himno yankee), y será algo que veremos en la quinta temporada (ya confirmada) si es que se animan a desarrollarlo.

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Pero para resumir, esta temporada cae en los vicios de las anteriores con agujeros grandes en el guion, además de tener una primera parte lenta y dispersa, cosa que se logra levantar en los capítulos finales con el enfrentamiento entre Spencer y la NCAA. Pareciera que en esta última temporada a los muchachos se les olvidó divertirse, dado que no hubo fiestas, yates, ni ningún auto que superara los 150 km/h.

En fin, a modo de conclusión, mis quejas hacia Ballers van hacia la escritura, la exageración y las tramas simplificadas y convenientes, pero no quedan dudas de que está dirigido hacia una audiencia específica y desatendida de HBO, y eso convierte a a la serie en un programa exitoso, por lo cual, deja de lado las críticas especializadas y se reconforta con el entusiasmo positivo de las redes sociales.

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