Reseña: The Deuce

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Si hacemos el ejercicio de pensar en una palabra que refiera a algo concreto de forma genérica, todos podemos individualizar ese concepto con algo particular. Si digo mesa, todos tendremos una imagen única y particular que le dé cuerpo a esa idea de mesa.

Si pensamos en la palabra showrunner y en todo lo que eso significa, muchos de nosotros vamos a imaginarnos la carita de David Simon. Porque para muchos (incluyendo a este humilde servidor) David Simon es un poco el que consolidó el concepto de showrunner en el auge de esta época dorada de la televisión.

Shows como The Sopranos o The Wire (creación del propio Simon) fueron pioneros en subir la vara de los estándares televisivos en ficción. En parte, las altas expectativas en las series modernas se generan gracias a programas como los anteriormente mencionados, que vieron sus frutos más populares en shows como Breaking Bad, Lost o Game of Thrones, solo para mencionar algunos de los más exitosos.

 

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Me permito esta breve introducción para anticipar un poco las expectativas que puede causar una serie como The Deuce. Quizás sea algo cruel por parte de los seguidores de Simon que la vara esté tan alta pero también es algo comprensible.

La primera temporada de este show protagonizado por James Franco y Maggie Gyllenhaal retrata con éxito esa decadente y romantizada New York de la década del setenta, en donde las drogas, la prostitución esclavista y la violencia eran la esencia de una gran manzana podrida. En ese marco, varias tramas se desarrollan con una increíble efectividad, dando así un matiz potente que logra darnos una fotografía más que interesante de toda esa época en la ciudad que nunca duerme.

Si en la primera temporada logramos notar eso, la segunda se hace de ese ambiente para darnos un discurso intenso con un elemento que marca de forma transversal toda la segunda temporada: el feminismo como salida a un mundo lleno de crueldad e injusticia.

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Simon organiza las premisas de todas sus tramas bajo la bandera de un feminismo tratado con distintos colores y matices, y jamás abandona este vector.

Empezando por lo más detectable: Candy.

El personaje de Maggie Gyllenhaal era de los que mejores armas presentaba desde la primera temporada para combatir contra toda la opresión que los aquejaba. Ya alejada de las calles, Candy intenta hacerse lugar en el complicado mundo del cine triple xxx pero detrás de la cámara. La concepción del sexo que Candy tiene a través de su experiencia le permite tener un enfoque del porno completamente novedoso y los resultados no tardan en llegar. Pero claro, Candy tiene una desventaja: es mujer.

Por otro lado nos encontramos con los hermanitos Martino, ambos protagonizados por James Franco.

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Si ya había sorprendido con su interpretación de estos dos papeles en simultáneo en la primera temporada, en la segunda mejora y profundiza a ambos personajes. Vincent, que ve tambalear la ética que construyó para sus ideales, se ve cansado y se mueve como por inercia.

Su novia (que es la que explícitamente comienza a militar en organizaciones feministas) conoce el punk y a los artistas, evidenciando la crisis de un Vincent que busca, sin conseguirlo, ser el sostén de un hogar con olor a sueño americano. Frankie, por otro lado, es como Chico Marx: impulso puro. Le da respiro a la serie y le aporta incertidumbre a las resoluciones cimentadas en el negocio de los Martino.

Una trama policial nos muestra la punta de esa “limpieza” histórica que quieren llevar a cabo en ese punto de la ciudad que lleva el nombre de la serie. El interés inmobiliario será la excusa para una caza de brujas que se ve asomada en una posible tercera temporada.

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The Deuce es una serie virtuosa y se aleja de forma saludable de la mayoría de los jeites narrativos que abundan en esta época. Un caso que puede hermanarla con productos como Better Call Saul: showrunners que intentan ampliar los horizontes de una TV cada vez más exigente, mientras el resto de los mortales juega dentro de las zonas seguras que provee el confort.

A pesar de que Simon y Pelecanos (su mano derecha) tienen la pluma en la mayor parte de los capítulos, la dirección de todas las nueve entregas de esta segunda temporada están en manos de directoras mujeres (Candy no es la única).

El feminismo que sostiene la premisa de este complejo mundo que plantea The Deuce no termina en lo narrativo. La movida de Simon parece ser un llamado de atención a los discursos vacíos de réplica, poniendo el eje en la acción. The Deuce cierra hasta en eso.

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Antes de terminar, no puedo dejar de mencionar el trabajo de Emily Meade encarnando a Lori, uno de los personajes más complejos y magníficos de una serie repleta de personajes complejos y magníficos.

The Deuce juega en la elite de los shows televisivos. Quizás no tenga los elementos que una serie de carácter hiper masivo demanda, pero es de esos productos que van a ayudar a que los parámetros para evaluar una serie masiva sean mejores. Y un placer para los que buscan escapar un poco de las abundantes miradas livianas.

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