Con ojos de niñez: Todo el año es Navidad

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Así como en Los ganadores (2016) la escena que abría el documental era la de un ruido incómodo, dándonos a lxs espectadores un adelanto sobre lo que (seguramente) nos haría sentir la película, en la nueva creación de Néstor Frenkel, abre una escena de ficción, lo que nos permite de nuevo conocer el tono y la clave de este documental.

Aquella ficción, es la película argentina de 1960 también llamada Todo el año es Navidad, protagonizada por Raúl Rossi, quien interpreta a un Santa Claus que baja a la tierra, fuera de calendario para representar a personas comunes y corrientes y así ayudar a otrxs a resolver sus problemas cotidianos.

Parte del cine de Frenkel nos ha acostumbrado a una incomodidad propia de no saber si está bien reírse o no de lo que estamos viendo, al romper con los patrones de eso que llamamos correcto o incorrecto, teniendo como contextos universos que creemos conocer pero que se encarga de exhibir el sub-mundo bajo esa superficie. En su nueva versión de Todo el año es Navidad, a pesar de descolocarnos al mostrar un mundo que parece ajeno pero que demuestra que nos toca muy de cerca en la vida cotidiana (en especial durante el mes de diciembre), el director no nos hace reír con culpa o extrañamiento, sino con una ternura más pura.

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Contrariamente a la película de 1960, en la cual Santa Claus se vestía de una persona común, en el documental de Frenkel, las personas comunes que pueden ser pintores en nuestra casa, vendedores en una feria o profesores de jiu jitsu, se transforman en Papá Noel para brindar magia y fantasía a quienes quieren creer en ellas.

Esto último es lo más importante que se muestra, a través de entrevistas a una decena de papás noeles que van pasando frente a cámara en trajes improvisados pero que se toman el tiempo, más adelante, de develar los verdaderos esfuerzos que realizan a la hora de trabajar, lo cual denota que se toman la tarea muy en serio. Porque no es cualquier interpretación la de semejante personaje que carga con una de las mayores fantasías de lxs niñxs y alberga una mística especial en gran parte de la sociedad que confía en que esa fecha, más allá de su raíz religiosa, es sinónimo de amor, encuentro en familia, alegría y tantos otros atributos.

Ninguno de los protagonistas habla de disfraces ni actuaciones, sino de interpretaciones y transformaciones. Si bien todos mencionan un aspecto laboral de la tarea, coinciden en que hay algo místico detrás de su elección de interpretar a Papá Noel. Una historia ligada a duendes en el bosque, herencias familiares, encuentros fortuitos que les dieron la posibilidad de jugar a algo mágico con el respeto que se merece la figura.

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A diferencia de los personajes que algunxs hemos visto en los trencitos de la alegría o en algún festejo improvisado en una peatonal de una ciudad balnearia, donde incluso siendo niñxs notábamos que esa persona flaquita en un jogging gastado no era la Pantera Rosa, estos hombres cuidan la imagen, impronta, aroma, tradición y el legado de quien representan. Seguramente no da lo mismo que se caiga la imagen de la Pantera Rosa o una de las Tortugas Ninja que la de aquel hombre que viene del Polo Norte y trae juguetes a todxs lxs niñxs del mundo… salvo que estén en una “lista negra”, tal como pregunta una nena.

En Los ganadores nos reímos de forma incómoda ante una realidad que se nos presentaba como ficticia, ya que mostraba la entrega de premios inventados por las mismas personas que participaban de un círculo de premiadorxs y premiadxs. En Todo el año es Navidad nos enfrentamos a una ficción a la que se le saca la barba para mostrar la realidad. Sin embargo, este descubrimiento está hecho con tanto amor que lo más probable es que nos genere ternura, incluso en aquellxs que tenemos un corazón de Grinch.

El ojo antropológico de Frenkel suele tomar un colectivo o universo para abrir otros que se entrelazan; en este sentido, el mundo comercial no puede escapar a un ensayo sobre la Navidad. No obstante, este es un documental al estilo Frenkel y no a la Michael Moore. Ese tema subyace y atraviesa todo el documental y lo expone al mostrar el armado y desarmado de escenarios en shoppings, así como cientos de muñecos fabricados en algún país que no cree en nuestro Dios padre e hijo, y hasta una suerte de agencia con un manager de papás noeles que cubre varias provincias. Todo ello aporta pautas sobre la reproducción mecánica y artificiosa del tema. Pero estas imágenes son traídas a través de montajes pintorescos que se nos van metiendo en la retina para que podamos reflexionar, una vez pasado el embelesamiento primero que generan los protagonistas y el tono general de la película.

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Por otra parte, si bien el aspecto comercial es el que habilita la representación de este personaje basado en un santo, para que pueda presentarse en esta vida terrenal en diversos lugares a la misma vez, los protagonistas lo viven y exponen de una forma distinta y el director desempolva la superficie para que se asomen otros mundos más interesantes que aquel marketinero, más trillado o esperado.

En esta clave de fantasía y cariño, se abre la puerta para meternos en una feria medieval, en otra de artesanos, en festejos de un comedor barrial, en una plaza, en la clásica caravana con Papa Noel en su trineo, en un taller de un artesano que hace exclusivamente pesebres y papás noeles, en la casa de otro que colecciona duendes, entre tantas otras rarezas que surgen cuando se empieza a mirar con ojo curioso.

Ese mismo ojo de la infancia que se asombra con cosas comunes, que descubre la vida cotidiana a través de la exploración, que convive con la realidad y la fantasía mezcladas y que quiere creer en la magia aunque vea los hilos o aunque sospeche que mamá y papá son quienes compran los regalos. Así es la mirada de Frenkel y la invitación que nos hace como espectadores. Solo hay que animarse a no ser tan serixs por un rato y aprender a vivir con las luces y sombras o las contradicciones que trae la vida misma, tal como dice uno de los protagonistas.

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