Hold the Dark: cuando miras largo tiempo al abismo, también este mira dentro de ti

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Al pensar en la obra de Jeremy Saulnier, enseguida se me ocurre vincularla con la trilogía que Krzysztof Kieslowski realizó tomando como modelo los colores de la bandera francesa y asociándolos a los ideales de la revolución francesa: libertad (Bleu, 1993), igualdad (Blanc, 1994) y fraternidad (Rouge, 1994). Kieslowski explora en cada caso un concepto y un tono y los traduce a una narración visual teñida por estos elementos simbólicos. Saulnier, por su parte, despliega un ejercicio muy similar en Blue Ruin (2013), Green Room (2015) y su cinta más reciente Hold the Dark (2018), estrenada en Netflix hace pocas semanas. En estas tres obras, el tono desempeña un elemento esencial en la narración: no solo crea una atmósfera, sino que además despierta resonancias que se multiplican como ecos. Así, en Blue Ruin, azul es el auto destartalado en donde vive el protagonista y a la vez es el tono de su futuro hecho añicos. Así, en Green Room, verde es la luz de los fluorescentes del laboratorio de drogas, al igual que el color de los uniformes de los skinheads que mantienen encerrados a los protagonistas, en el corazón de un bosque cuyo verdor camufla su violencia. Hold the Dark, en este sentido, viene a proponer un juego parecido: convierte lo oscuro [dark] en un matiz que contrasta con el blanco omnipresente de la nieve y de los días de Alaska que duran más de doce horas. Saulnier recurre una vez más a denotar los tonos de la imagen como un elemento narrativo hasta el punto de que Hold the Dark se convierte en un estudio sobre el color en el que los matices predominantes (blanco-negro) componen un mundo de resonancias que vibran como acordes sombríos.

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Hold the Dark es un thriller que se rebela contra el canon. Su historia está plagada de giros y de digresiones que obligan al espectador a reelaborar de manera constante las conjeturas sobre lo que sucede. Añado aquí como nota al margen: Hold the Dark me recordó muchísimo los mecanismos que Denis Villeneuve puso en práctica en Prisoners (2013). En este sentido, Saulnier exhibe una enorme destreza para construir el suspenso, abrir caminos falsos, sembrar indicios que de seguro escapan al ojo desatento. Pero, por sobre todas las cosas, Saulnier demuestra una habilidad suprema para sembrar espacios en blanco que el espectador se verá obligado a completar con los indicios que ha conseguido recopilar e, incluso, las más de las veces, con la pura especulación. Esta cualidad, creo yo, marca la encrucijada de la película: la historia es una suerte de arquitectura laberíntica que algunos gustarán de recorrer y que otros lamentarán haber penetrado. Al respecto, cabe advertir que este recurso no implica una falla sino que constituye un rasgo de estilo que se puede rastrear en las obras anteriores de Saulnier y que Hold the Dark no hace más que perfeccionar.

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Russell Core (Jeffrey Wright) es un experto en la vida de los lobos que recibe una carta de Medora Slone (Riley Keough) —residente de Keelut, un remoto pueblo de Alaska— solicitándole ayuda para cazar a un lobo que, según la mujer alega, capturó a su hijo. Al ocuparse del asunto, Core intuye de inmediato que lo que la madre cuenta no condice con la conducta de los lobos. Esta intuición constituirá el primer indicio en una larga serie de circunstancias que Core recorrerá a la manera del detective improvisado de un policial noir en un paisaje blanco. Por otra parte, Vernon Slone (Alexander Skarsgård) —el padre del niño— regresa como soldado de la guerra en Oriente Medio (el calor inhóspito del desierto) para encarar la situación de su familia (el frío inhóspito de Alaska). De esta forma, Medora y Vernon abren dos caminos narrativos que, sumado al de Core, desplegarán múltiples giros y digresiones. Medora seguirá una senda que guarda una secreta relación con la tragedia de Medea y que el nombre del personaje recoge como un eco lejano. Vernon, por su lado, emprenderá una venganza con tonos explícitos de slasher. Detrás de ambos, Core rastreará los pasos de estos dos personajes como si se tratara al mismo tiempo de una persecución detectivesca y de una cacería de lobos.

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Estos son solo algunos de los elementos que se pueden mencionar acerca de Hold the Dark sin entrar en territorio de spoilers —hecho del que se hace necesario preservarse si se quiere experimentar con plenitud el juego de ingenio que propone la película—. No obstante, estos pocos elementos funcionan como indicios de lo que el filme compone: no solo un intrincado laberinto sino también un estudio sobre el tono. En efecto, lo oscuro [dark] juega aquí como lo noir, como la violencia de lo inhóspito, como un desafío para la razón. El título mismo del filme nos invita a abrazarlo [hold], a acogerlo a fin de discernir sus matices. La absoluta maestría de Saulnier se anticipa con la propuesta de ese título y se demuestra mediante la potencia con la que ese tono se nos contagia y nos deja a la intemperie, sin certezas. Escribió Nietzsche: Cuando miras largo tiempo al abismo, también este mira dentro de ti. Cuando vemos Hold the Dark, abrazamos lo oscuro y este nos abraza por dentro.

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