“Con mis hijxs no”, la segunda temporada de Big Mouth

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En estos días de revueltas por la implementación de la ley de ESI (Educación Sexual Integral) nada mejor que ver la segunda temporada de Big Mouth, la serie de Netflix creada por Nick Kroll y Andrew Goldberg para perderle el miedo a los temas del cuerpo y los vínculos. Esta serie animada, cuya primera temporada se estrenó en octubre del año pasado, cuenta las peripecias que los propios autores vivieron en su pubertad y despertar sexual, como un completo desconcierto y sufrimiento por la metamorfosis hormonal. Andrew Glouberman (John Mulaney), Nick Birch (Nick Kroll), Jessi (Jessi Klein), Jay (Jason Mantzoukas) y Missy (Jenny Slate) son un grupito de chicos y chicas que están experimentando el paso de la niñez a la adolescencia. Todo es tranquilidad y juegos para ellos hasta que los visita el “monstruo hormonal”, que transforma sus vidas, sus vínculos y sus cuerpos, dejándolos a merced de la pubertad.

La primera temporada sorprendió por la completa originalidad en el tratamiento del tema, la combinación de comedia y realismo cruzado con cierto delirio posible gracias a la animación: los monstruos hormonales o el fantasma de Duke Ellington que vive en el ático de Nick son los mejores ejemplos de esto. En varios capítulos hay momentos musicales, imperdibles. Es una serie que bien pueden ver los y las adolescentes pero que está más que nada dirigida a las y los adultos que ya hemos pasado por esa etapa y que podemos reírnos con cierto alivio de situaciones con las que es imposible no identificarse. Para las chicas, el desconcierto de la primera menstruación, para los chicos, la incontrolable eyaculación en cualquier momento y lugar. Pero también podemos, con la distancia o no, ver cuestiones relacionadas con el abuso, los estereotipos de género, los mandatos familiares, los prejuicios sobre el sexo, la mirada social ante nuestros cambios y elecciones.

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Del grupo de amigos, el primero en recibir la visita del monstruo hormonal, Maurice (también Nick Kroll), es Andrew, un niño con bigotes que de ahí en adelante en lo único que pensará es en masturbarse. Luego es Jessi la que recibe la visita de Connie (la fabulosa Maya Rudolph), quien la aconsejará en el uso de corpiños y peleas con su madre. Sin caer en lo desagradable –aunque algunas veces lo roza en lo escatológico– la comedia nos muestra sin demasiada delicadeza la monstruosidad que implica crecer, no solo en relación con los cambios del cuerpo sino con los del carácter.

La primera temporada había terminado con Jessi que escapaba de sus padres a punto de divorciarse, junto a Jay, el chico casi abandonado por su madre que tiene relaciones con su almohada, con Andrew, casi adicto a la pornografía y con Nick, muy preocupado por su poco desarrollo hormonal (tiene dos pelos púbicos solamente, por ejemplo). La segunda temporada tenía el desafío de seguir asombrando y, de alguna manera, continuar con un listado de temas propios de la pubertad con los que los espectadores nos sintiéramos identificados. Porque particularidades tenemos para todos los gustos, de hecho, la diversidad de personalidades, constituciones corporales, formas familiares, posiciones socioeconómicas son puntos interesantes de la serie. Tenemos padres divorciados, familias “new age”, más abiertas, más cerradas, religiosas, madres lesbianas, padres infieles, y un interesante desfile de personajes adultos que por un motivo u otro no pueden acompañar del todo a sus hijos en sus transformaciones. En ese espacio vacío entran los monstruos hormonales (el gran hallazgo de la serie, sin dudas), que irán guiándolos, provocando las situaciones más cómicas con el correr de los capítulos. Pero el punto fuerte de la serie es, justamente, el tratamiento de temas más generales, esas cosas que “nos pasaron a todos”.

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Apenas comienza la segunda temporada podemos tener la sensación de que la serie no logró estar a la altura del desafío. Sucede algo un poco difícil de identificar con los primeros tres o cuatro capítulos que tal vez tenga que ver con el ritmo o lo que parece ser la repetición de los temas o de las formas de tratarlos. Aunque tenemos novedades como el monstruo hormonal de Nick, uno viejo y decrépito que lo hace sentir aún peor por no estar desarrollado; o la incorporación de un personaje femenino, Gina (Gina Rodríguez), que es la primera compañera en tener “tetas”. Pero, sin dudas, es desde el quinto capítulo que la serie recupera su energía y su magia del todo, con la participación ya estable de un nuevo personaje, el “Hechicero de la vergüenza” (a quien le da su voz el genialísimo David Thewlis, el Remus Lupin de Harry Potter y el increíble V. M. Varga de Fargo). Si bien aparece en el tercer capítulo, en el quinto confirmamos que va a tener un lugar importante en la vida de estos jóvenes que comienzan a transitar su despertar sexual no sin vergüenza. La serie da en el clavo nuevamente porque nos cuenta una gran verdad: crecer es avergonzarse. Las cosas que para niños y niñas eran juegos ahora son cargas, culpas, dificultad de relacionarse con otros. En un capítulo, por ejemplo, Missy descubre que un “juego” que tenía con un muñeco de peluche era en verdad un acto erótico y se avergüenza, deshaciéndose de él.

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Big Mouth vuelve a la carrera y no detiene su genial ritmo hasta el final de la temporada, sin dejar de pasar por lugares muy difíciles como las drogas, el machismo, el aborto y la depresión adolescente. Lo hace con altura, respeto, con una seriedad que puede convivir en armonía con el humor. El quinto capítulo es una muestra excelente de lo que es la educación sexual integral y muestra qué útiles son sus herramientas para este andar a ciegas que experimentan los adolescentes (y muchas veces los adultos, el personaje del entrenador Steve, también encarnado por Kroll, es un buen ejemplo de esto).

Hay que ver Big Mouth porque no hay mucho que se le parezca. Si a simple vista pensamos en South Park, Family Guy u otras series animadas con humor “ácido” y crítica social, rápidamente descubrimos que estamos ante algo diferente, porque la serie tiene la sensibilidad de la autobiografía, de la reflexión con humor de un momento monstruoso pero divertido también, que la hace única, diversa y muy disfrutable.

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