Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot: viñetas de un tipo muy peculiar

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A propósito de Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot (Gus Van Sant, 2018), me puse a investigar un poco la vida de John Callahan (1951-2010), dibujante estadounidense que se hizo célebre por adoptar como personajes de sus caricaturas a personas hemipléjicas, carentes de extremidades o disminuidas de alguna capacidad física. Callahan sitúa a sus criaturas en circunstancias en las que sus dificultades quedan en evidencia y, por lo tanto, no les queda más remedio que expresarlas con palabras crudas. Su humor no era, por lo tanto, políticamente correcto. Al respecto, Callahan dijo una vez: “La única brújula que me dice si me he pasado de rosca es la reacción que recibo de las personas en sillas de ruedas o con prótesis en vez de manos… Igual que yo, están hartas de la gente que en teoría representa la voz de los discapacitados. La lástima y el paternalismo: esto es lo verdaderamente detestable”[1]. Callahan era alcohólico. Nunca conoció a su madre biológica. A los 21 sufrió un accidente automovilístico que lo dejó cuadripléjico. Luego de largos tratamientos recuperó de manera parcial la movilidad de sus brazos. Un día se dedicó a garabatear viñetas humorísticas. Para dibujar, debía sostener el lápiz con las dos manos. Poco después abandonó la bebida. Callahan narró gran parte de estos hechos en las autobiografías a las que bautizó (sin renunciar a su humor irreverente) Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot [No te preocupes, a pie no va a llegar muy lejos] (1989) y Will the Real John Callahan Please Stand Up? [Por favor, ¿podría ponerse de pie el verdadero John Callahan?] (1998).

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Gus Van Sant encuentra en John Callahan el personaje típico que suele representar en la mayoría de sus filmes: un antihéroe fuera de serie que mira el mundo con ojos poco ortodoxos. En este sentido, Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot es un biopic que no busca convertir a su protagonista en un campeón de la moral. Todo lo contrario: intenta retratar a John Callahan sin disimular sus contradicciones, sus dudas y sus remordimientos. Por un lado, el propio Callahan se encargó de proveer los cimientos de esta reconstrucción por medio de las autobiografías que él escribió y se encargó de tamizar por el filtro del humor negro. Pero por otro lado, el propio Gus Van Sant puso en práctica su oficio para que la cinta no se desviara hacia un telefilm que se regodea en las desgracias ajenas. En efecto, el cineasta elige contar la vida de Callahan en episodios que no siguen un orden cronológico. Implícitamente se organizan en viñetas cinematográficas en las que el humorista aparece vinculado a un tema: Callahan y su madre, Callahan y el alcohol, Callahan y el accidente, Callahan y la silla de ruedas, Callahan y el dibujo. Así, estas relaciones le permiten a Van Sant aplicar un montaje libre, hecho para armar y desarmar a gusto del espectador y, como corolario, la película se despega de cualquier intención edificante. Más aún, gana en poesía y en reflexividad. De hecho, el lenguaje que emplea Van Sant evita la ostentación. Las escenas están dotadas de un espíritu indie, en las que abundan las luces naturales, los colores cálidos, los paisajes calmos de las zonas suburbanas.

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No es un dato menor que Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot cuenta con actores célebres para los papeles protagónicos. Joaquin Phoenix encarna a un John Callahan atribulado, que anida en una íntima insatisfacción contra la cual se debate sin descanso. Esta insatisfacción se cristaliza en la figura de la madre que Callahan nunca conoció. Phoenix, en este sentido, expresa con brutal maestría los diferentes estados emocionales que, en relación con ese símbolo, Callahan atraviesa en un orden arbitrario, lejano a la lógica de la redención: rencor, compasión, nostalgia, ira, comprensión. Cabe destacar también el trabajo físico que despliega Phoenix para manifestar las dificultades que debió enfrentar Callahan, no solo por su cuadriplejía, sino también por su alcoholismo. Por su parte, Jonah Hill interpreta a Donny, un terapeuta muy poco convencional que ayuda a Callahan a encauzar sus energías. Jonah Hill se luce al componer una suerte de guía espiritual de melena larga y barba rubia, de ademanes delicados y poses de farsante, pero que sin embargo demuestra una aguda habilidad para empatizar con sus pacientes. A su vez, Rooney Mara personifica a Annu, la novia de Callahan. Sus apariciones son esporádicas y, en cuanto tales, surgen como oasis en medio de la historia, momentos de descanso en el largo peregrinar del protagonista. Los encuentros de Callahan con Donny y con Annu constituyen los momentos más potentes de la película, escenas en la que la poesía de la imagen se combina con la excelencia de la interpretación actoral.

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Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot no es una película perfecta. Sufre de hecho una caída de ritmo en su segunda mitad que amenaza con echar abajo toda la meticulosa belleza que había levantado la parte inicial. Quizá sea su extensión lo que, en este sentido, le juegue en contra: durante la segunda hora da la impresión de que asistimos al segundo capítulo de una serie en el que se reiteran los recursos estilísticos del capítulo primero. Los juegos nos gustan, pero ya no nos sorprenden tanto. No obstante, Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot tiene a su favor una labor actoral muy sólida y, sobre todo, una historia atractiva, basada en un personaje sumamente peculiar, un tipo como cualquier otro que, mientras lidiaba con su vida, se dedicó a dibujar viñetas de humor y, casi sin querer, acabó derribando tabúes: los suyos propios y, de rebote, los de muchas otras personas.

[1] “My only compass for whether I’ve gone too far is the reaction I get from people in wheelchairs, or with hooks for hands… Like me, they are fed up with people who presume to speak for the disabled. All the pity and patronizing. That’s what is truly detestable.” Egan, T. (1992). Defiantly Incorrect. En: https://www.nytimes.com/1992/06/07/magazine/defiantly-incorrect.html

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