Rojo: el color de una clase

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El 2018 está demostrando ser un gran año para el cine argentino en cuanto a los estrenos y el pasaje por festivales –no gracias al actual estado de la industria, cada día más afectada por los recortes–. Rojo es uno de los films, o quizás EL film, que se consagra este año como uno de los mejores en el cine argentino reciente. Si bien El ángel supo hacer lo suyo en taquilla y tuvo su aparición en Cannes, Rojo logró no solo nominaciones sino también victorias en el festival de San Sebastián, llevándose tres galardones a Mejor Director, Mejor Fotografía y Mejor Actuación. La taquilla no fue nada excepcional, apenas superando los 10.000 espectadores en 4 días. Esto último es entendible teniendo en cuenta que estamos ante un film cien veces más arriesgado que El ángel, tanto en su forma de narrar como en las temáticas que aborda, y que obviamente tuvo una campaña de marketing mucho más reducida.

Rojo transcurre en el año anterior al golpe de Estado del 76, pleno auge de la Triple A y un clima de tensión que anticipa lo que está por venir. En ese contexto Claudio (Darío Grandinetti), un abogado exitoso con esposa e hija, tiene un altercado aparentemente menor pero acalorado con un extraño en un restaurante. Luego de humillar al extraño con un discurso creído y arrogante sobre como él (el extraño) no tiene la culpa por ser como es porque fue mal educado, el extraño sale del restaurante hecho una furia. A partir de este momento todo se dará vuelta en la vida de Claudio y se nos abrirá la puerta a una parte de la sociedad argentina que todavía hoy persiste… y está podrida.

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Es indispensable mencionar, antes que nada, que estamos ante la película con la mejor aparición de placa de título del año, y probablemente de los últimos años también. Todos los aspectos posibles, véase fotografía, encuadre, música, tipografía, color, momento en la historia y la manera en la cual el título ROJO aparece en pantalla se fusionan para crear un momento memorable difícil de describir, que aparece recién a los 15 minutos aproximadamente de haber empezado la película. No quería dejar de hacer énfasis en este punto, ya que lo considero muy importante y es algo a lo que cada vez se le presta menos atención por parte de los realizadores. Rojo revive en cierta manera el “arte del título”, al menos para esta ocasión.

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Benjamín Naishtat dirige Rojo como si fuese un thriller de los 70/80, con zooms en función de generar tensión, dioptría dividida (split diopter, elemento usado mucho por Brian de Palma, que permite tener dos planos focales, uno cercano y uno lejano, que serían imposibles de otra manera) y una música sensual y perturbadora al mismo tiempo. La fotografía, decididamente granosa, es una belleza en todo momento y junto con el arte siempre se aseguran de mantener el color rojo presente, ya sea en la vestimenta de los personajes, en un amanecer o incluso en un hipnótico eclipse. El rojo prevalece durante toda la película para asegurarse de no caer en un solo significado y quedar como un símbolo libre, abierto a varias interpretaciones. Comunismo, el color de la sangre, la lujuria, la culpa o falta de ella.

En el corazón de Rojo hay una profunda mirada crítica del accionar de la clase media durante los momentos previos y durante la dictadura militar del 76. Una mirada que es extremadamente relevante hoy en día, en un mundo donde la solidaridad y la empatía se dejan de lado por la meritocracia y el interés personal. La clase media no mata, deja morir.

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