Élite: un desequilibrio valioso

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Existe un cierto riesgo en hacer un producto audiovisual con una temática escolar, y justamente ese riesgo se presenta a causa de la inmensa cantidad de series y películas que han tratado el tema de algún modo.

Hay muchas chances de quedar en la absoluta intrascendencia o de conseguir eternizarse en el panteón de las porquerías, así y todo, la tentación de meterse en las aguas de la juventud resulta inevitable.

La verdad es que son pocas las series (y las películas) que han logrado sobreponerse al impulso de banalizar las problemáticas adolescentes de distintas generaciones, pero sin dudas las que lo han logrado encontraron resultados más que interesantes. Es por eso que me cuesta todavía hablar de Élite: es un caso extraño que posee elementos excelentes y muy flojos de ese inmenso espectro de quilombos escolares en pantalla. Lo curioso de estos matices de calidad es que se nota prácticamente en todos los aspectos en los que uno se disponga a analizar la serie.

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En un pueblo español, tres alumnos de una escuela pública son recompensados con una beca para asistir a una de las escuelas más exclusivas del país. Esto, tras haber sido afectados por el derrumbe de su anterior colegio. Luego de que los tres comienzan a asistir al colegio, se nos revela en otro tiempo diegético que una alumna de esta exclusiva escuela fue asesinada.

Si bien esta review no contiene spoilers (no se preocupen), les puedo anticipar que el tratamiento de la estructura posee desprolijidades bastante notorias, sobre todo en los dos extremos de la trama macro. La presentación de la serie es algo caótica y el final de la temporada es sumamente desprolijo. Pero a su vez, la trama policial logra ordenar al resto de las tramas de un modo armónico. Desde el segundo capítulo hasta el sexto, los desarrollos personales de los personajes son muy profundos, poco predecibles y hasta en algunos casos inéditos. Y esto es posible justamente porque se nos puso la zanahoria delante de la cara desde un principio. Tenemos la tranquilidad de saber adónde vamos y es por eso que la serie logra pasearnos por un sinfín de problemáticas, sin perder jamás el horizonte que le pertenece. Un caso por completo antagónico al de 13 Reasons Why, producto que asociamos a Élite (inevitablemente) en un principio pero al que la serie española supera con inmensa superioridad. Un solo personaje de Élite ya es más complejo que el cast entero de las dos temporadas de la chica de los cassettes y el tiempo del relato está aprovechado de manera muy inteligente a diferencia de la serie yankee.

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El contenido de las tramas en Élite y el modo en que están tratadas tal vez sean sus puntos más fuertes. Porque hay muchas series que intentan abarcar temáticas de minorías (sobre todo en esta era que busca la oda de la pluralidad y lo políticamente correcto). Pero el hecho de mencionar un tema no es suficiente para que la serie logre un tratamiento adecuado. Igualmente es complicado poder hacer algo así, respetando el tono estético que se propone de un principio. Élite logra incluir estos elementos con una maestría llamativa. Me cuesta encontrar un ejemplo en donde se trate mejor el tema del VIH. Lo que han hecho con el personaje de Marina es absolutamente fantástico. La competencia entre hermanos llevada al extremo, la inserción de la cultura palestina en Occidente, la sexualidad (de esto deberíamos escribir una nota al margen) e, incluso, el consumo de drogas. Temas que están explotados al máximo en cada una de las tramas que aborda Élite. Ni hablar de lo que podemos notar como problemática principal, ya sin siquiera ver la serie: la división entre ricos y pobres. La profundidad que les dan a los personajes hace que sea imposible caer en estereotipos, incluso en situaciones que en apariencia parezcan clichés.

Ahora bien. Dicho esto, también hay que mencionar que el desarrollo de tramas venía tan bien que uno como espectador llega al último capítulo pensando que todo va a cerrar. Y ahí está el problema principal de Élite: no cierra.

La trama policial se resuelve pero se dejan cabos sueltos para una evidente segunda temporada que no parece tener demasiados elementos para sostenerse (al menos, si juzgamos por los indicios que nos brinda el final de esta primera temporada).

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Para dejar abierto algo que se manejó tan bien inevitablemente hubo que maltratar algunas de estas tramas tan bien orquestadas y eso se notó mucho en el último capítulo. Como a la serie le está yendo bárbaro a nivel espectadores, es lógico que Netflix les asegure continuidad y sé que este sentimiento de pena que tengo no afecta a los autores como la cantidad de euros que les asegura renovar por otra temporada más.

Por otro lado, desde lo visual es una serie bastante discreta. Los lugares casi no cumplen funciones dramáticas a nivel espacial y a veces da la sensación de que podrían explotarse más. No llega a parecer una sitcom pero es una serie que se ve más cómoda apoyada en los pormenores específicos del guion y no tanto en la parte técnica, referida a lo audiovisual en sí mismo.

No es un género que demande demasiado despliegue pero, quizás con el abultado presupuesto que manejaron, se podrían haber aprovechado bastante mejor los recursos.

La conclusión más importante que podemos sacar es que el policial le dio a Élite el ritmo que necesitaba para cumplir los parámetros de Netflix y le aseguró la tranquilidad en algunos capítulos para desenvolverse en lo que mejor hace: el desarrollo de personajes. A su vez, esa trama policial fue su arma de doble filo y afectó la calidad en las resoluciones de todas las tramas que supo construir de manera fantástica.

Pero a pesar de esto Élite es una serie para ver. Su irregularidad puede producir confusión pero nadie puede decir que esta primera temporada quedará en la intrascendencia. Y eso ya es un montón.

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