Maniac: loco un poco

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No soy muy seguidor de la gente de turf, pero he de reconocer que la canción se me vino a la cabeza más de una vez mientras miraba Maniac. Es que a primera vista pareciera que los protagonistas son unos locos sin remedio, pero a medida que avanzamos vemos que los conflictos son mucho más discernibles que patologías psiquiátricas exageradas, hay menos locura de la que el título plantea.

La serie nos lleva a un futuro distópico (o tal vez no tan futuro, pero bueno, ustedes me entienden), el cual es bastante deprimente, a tal punto que podemos contratar una persona para que finja ser nuestro amigo o pagar un desayuno escuchando publicidades de la boca de un incisivo acompañante. En este marco encontramos a Annie (Emma Stone), una adicta que evade su realidad mediante pastillas, y a Owen (Jonah Hill), un esquizofrénico con el peso de una familia odiosa sobre sus hombros. El creador, que además se pone tras la cámara, escribe, produce y encima le hizo un asado a todo el elenco, es Cary Joji Fukunaga.

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El arranque es áspero, duro. Por un lado, vemos a Owen siendo manipulado, a punto de declarar una mentira en un juicio para que su hermano no vaya preso. Por otro lado, está Annie, que lidia con la culpa por la muerte de su hermana. Los primeros episodios se dedican a contarnos las realidades de los protagonistas para que luego coincidan en un laboratorio, en donde se someterán a una prueba innovadora para terminar con la depresión. Y es en este laboratorio donde se da un cambio sustancial: la serie empieza a jugar con momentos de comedia y personajes bizarros, zigzaguea para encontrar un tono que, lejos de parecer errático, le calza justo a ese mundo agobiante.

Después tenemos el contexto, el contexto donde se desarrolla la historia. Dejando de lado los escenarios de fantasía (de los que hablaremos más adelante), el mundo de Maniac tiene una tecnología ochentosa que enmarca correctamente el titubeo y la inseguridad de los experimentos que se llevan a cabo. Hay televisores y monitores de tubos de rayos catódicos, computadoras con botones grandes y luminosos, cámaras de lentes nada sutiles, píxeles. Confieso que en el capítulo dos no podía dejar de pensar en la Iniciativa Dharma, aquella famosa corporación de la impactante Lost.

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El laboratorio tendrá al frente al Dr. James Mantleray (Justin Theroux) y a la Dra. Azumi Fujita (Sonoya Mizuno). El primero es el mayor exponente de una comicidad histriónica y patética, producto de un complejo freudiano con su madre más grande que la deuda argentina. La segunda es una fumadora compulsiva que tratará de poner un marco de objetividad al desarrollo del experimento, pero demostrará que las pasiones también la pueden. Además, conoceremos a la psicóloga Greta Mantleray (Sally Field), la madre del Dr. Mantleray, una egoísta en toda regla que intentará salvar el día y, por supuesto, descalabrar un poco más a su hijo.

Promediando la serie, los dramas personales estarán atravesados por los mundos de fantasía que Annie y Owen erigirán. Sus historias se cruzarán para hablarnos de la desolación y la importancia de tener a alguien en esos momentos en que todo parece oscuridad. Si bien los veremos como elfos, agentes secretos o sofisticados ladrones, la resolución de cada aventura es en realidad un paso más en la resolución de sus conflictos. Esto último la vuelve una serie atractiva, porque el drama se traslada a otro mundo, a otro contexto, dejando latente las vivencias personales y desarrollando toda una construcción original que en ningún momento descuida ese tono cómplice de tristeza y humor ridículo.

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Estamos ante una serie muy personal de Fukunaga. Y digo esto porque lo conozco.

Bueno, en realidad no.

Sin embargo, es interesante ver esto que podríamos llamar “serie de autor”, donde el creador está en todos los aspectos. El apartado técnico, en lo que concierne a la cámara, hace justicia a la genial True Detective, y si bien el ritmo se complica con momentos algo lentos y enrevesados, una vez en el laboratorio las cosas toman color y el camino se allana fácilmente.

Debo concluir alegando que Maniac es una serie que se disfruta. El final tiene un fuerte componente romántico, aunque no romántico como Romeo y Julieta, sino más bien una cosa entre Forrest Gump y La La Land. No sé qué tan bueno haya sido plantearlo así. Pero eso, amigues, se los dejo a ustedes.

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