Suspiria: entre la realidad y la resaca

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Hace unas semanas tuve la maravillosa idea de rever Suspiria (1977) de Dario Argento. Y es que el tráiler de la inminente remake me dejó manija, tenía que volver a transitar esa escuela de baile de colores tenaces y sombras mórbidas. La fascinación por ese mundo torcido me volvió a llamar, gracias a las nuevas imágenes perturbadoras de Luca Guadagnino y la cara recia de Tilda Swinton.

Pero debo reconocer que cometí un error al adentrarme en el mundo de Argento: di play un mediodía de domingo, en una habitación sin sol, con una resaca complementada con dolor de cabeza. La fuerza de la película acentuó mi malestar y tuve que dejar el visionado para otro día. Esto no es una crítica negativa; todo lo contrario: la iluminación, la música estridente, el sufrimiento de Suzy Bannion, hicieron de Suspiria un mal necesario. Si hay algo que nos deja es el clima, la atmósfera. El decorado sobrecargado y onírico (una cosa que va de palacio de cuento de hadas a castillo embrujado), junto a la iluminación siempre pendiente del rojo y una banda sonora que reverbera en el pecho, hacen que se viva el film en una incomodidad constante.

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Y eso me lleva a la pregunta: ¿qué podemos esperar de la nueva adaptación? Luego de la proyección en la 75° Mostra de Venecia, la prensa quedó dividida y la recepción fue dispar: no hubo acuerdo si obra maestra o película del montón, o remake innecesaria o matemos a Guadagnino.

Sin embargo, un acercamiento fugaz nos dice que la Suspiria de este 2018 tendrá una paleta de colores tirando al gris, al opaco, no esa fotografía estridente con la que supo estremecernos Tovoli, el director de fotografía de la original. La apuesta del director de Call Me by Your Name parece inclinarse hacia algo más parecido a The Witch (2015) o la reciente Hereditary (2018) (por más que haya declarado que hace más de treinta años que sueña con filmar esta película). Incluso, me la jugaría a que vamos a encontrar aspecto lynchianos[1] en su acontecer.

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Otro detalle que notamos es la duración. Parece que a Guadagnino le gustan las películas largas. Dos horas y media para contarnos lo que a Argento le llevó una y media. ¿Habrá necesidad? En principio, a vuelo de pájaro, me sale decir que no. Call Me by Your Name tiene momentos en que necesita terminar, y temo que acá se cometa el mismo error. El terror tiene que tener un clima, pero si se extiende demasiado, el sopor y la apatía aparecen enseguida.

El apartado musical está a cargo de Thom Yorke. El corte de difusión Suspirium parece oscilar entre lo tétrico y lo melancólico, con un piano muy cuidado y un solo de flauta, algo que se aleja bastante de lo que hizo la banda Goblin. En el film del 77 teníamos un sintetizador que repetía una serie de notas punzantes, a las que se le sumaban susurros y tambores en un crescendo abrumador. Particularmente, me quedo con esto último, por más resaca que se precie.

Suspiria

No hay forma concreta de pararse ante una remake. Podemos llorar y patalear porque no nos tocan los clásicos, pero si no fuera por De Palma reversionando la Scarface de 1932, hoy no tendríamos la Scarface de 1983 con Al Pacino. No soy tan atrevido como para comparar a Guadagnino con De Palma, pero es obvio que estaremos ante una película más que interesante y que espero con muchas ganas.

Y por las dudas, voy a intentar verla sin resaca.

[1] Nota: Los editores de 24 Cuadros no se hacen responsables por el uso de adjetivos calificativos forzados sin ningún tipo de sustento formal o preciso.

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