El cuento de la princesa Kaguya: resignificando la belleza

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El cinco de abril de este año moría en Tokio Isao Takahata a los ochenta y dos años de edad, cineasta cofundador de los estudios Ghibli junto a un tal Hayako Miyasaki.
Takahata, quien tuvo un éxito notablemente menor al de su compañero, es conocido en occidente principalmente por “La Tumba de las Luciernagas”, una maravillosa pieza audiovisual que realizo para los estudios Ghibli en el año 1988.

El hogar creativo fundado por Miyasaki y Takahata siempre manejó su propio ritmo y poco le importó la dirección en la que se dirigiera el grueso del cine de animación, tanto en su país como en el resto del mundo. Esto queda totalmente plasmado en la última cinta realizada por Takahata que, por si todavía lo estaban dudando, es un regalo que no debemos dejar de agradecer. Una pieza única y magnifica que goza de una frescura y una originalidad que siempre se celebra.

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La película está basada en un cuento tradicional japonés en el que un anciano cortador de bambú encuentra a una beba que nace del tallo de un bambú mágico en el medio del bosque. A partir de allí, la pequeña crece junto a este hombre y su esposa viviendo una vida sencilla junto al resto de los trabajadores y campesinos del lugar. Del mismo modo en el que el viejo encuentra a la niña en ese bendecido tallo, también encuentra oro y esto le provee al buen hombre de la firme convicción de que la niña está destinada a ser una princesa y vivir en la gran ciudad. Es allí donde se transformara en la princesa de Kaguya.

La forma en la que el veterano realizador decide trabajar la animación en esta película nos remonta a los primeros años del animé( de los cuales Takahata fue protagonista), donde el trazo que se maneja es más grueso y la animación algo más “sucia”. Esto, conjugado con la decisión de trabajar el color con acuarelas nos da la sensación muchas veces de ver una pintura con vida propia.
Takahata pone al servicio de su protagonista una muy variada cantidad de elementos del género como representación expresionista de su estado de ánimo: los colores son más brillantes cuando ella se encuentra en estado de júbilo y los trazos se vuelven violentos y oscuros cuando ella sufre el exabrupto de su primer estado crítico. En general, todas las obras de Ghibli entienden la animación como un recurso activo dentro del film pero con “El cuento de la princesa Kaguya” esto quizás vea su ejemplo más claro.

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Y si bien con semejante despliegue visual puede llegar a ser difícil concentrarse en otra cosa hay un elemento que es imposible de omitir cuando se piensa un análisis de este film: su parte sonora.
El trabajo sobre los sonidos ambientes es de una maestría pocas veces vista (o escuchada en este caso), inclusive en los niveles de exigencia per se que despierta una obra originaria de Ghibli. En el film el sonido es el narrador naturalista de una película sin intención alguna de ser mimética con la realidad. En muchos momentos si cerramos los ojos, podríamos estar tranquilamente en una película de Kurosawa.
La claridad con la que sonidos ambiente y el minucioso trabajo sobre las distintas capas sonoras nos otorga como resultado una dosis de naturalismo que, al contrastarse con el tratamiento de la animación, se vuelve una combinación irresistible. Sentimos el viento y las caminatas por ese bosque, casi como si estuviéramos en el.
Me gustaría traer a colación el film “El Silencio” de Scorcesse que tiene un trabajo sonoro similar a “El cuento de la Princesa Kaguya”. Siendo su film del año 2017 y utilizando un Japón del siglo XVII como su locación principal, podemos suponer que el buen Martín vio esta obra de Takahata a la hora de idear el peso dramático de su diseño sonoro.

Takahata, utiliza todos los recursos que su larga carrera como animador le otorgó para regalarnos una obra que posee una profundidad y una complejidad, solo opacada por el resultado de su belleza estética.”El cuento de la Princesa Kaguya” es, sin dudas, una experiencia audiovisual en estado puro que merece una y mil vistas. Un homenaje multi sensorial a la cultura popular de su país, perfeccionado por los años de experiencia y su inmensa sensibilidad de su realizador.
Sin dudas es una despedida digna de uno de los nombres fundamentales de la animación mundial. Una despedida bella e inmortal como su princesa Kaguya.  

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