Fahrenheit 451 edición 2018: el fuego que no quema

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Fahrenheit 451 —la famosa distopía pergeñada por el escritor estadounidense Ray Bradbury en 1953— conoció una adaptación al cine en 1966 de la mano de François Truffaut. Más recientemente, HBO estrenó en mayo de este año una nueva versión escrita y dirigida por Ramin Bahrani (director, entre otras, de la muy destacable 99 Homes). Si bien nuestra reseña habrá de concentrarse en aquella última, intentaremos remitirnos cada tanto a la versión literaria como a la primera adaptación fílmica. Comencemos por adelantar que las películas se apuntalan sobre elementos diferentes del texto de base, hecho que permite establecer un interesante diálogo entre ambas. En gran medida, las cintas proponen lecturas diferentes de la novela. La de 1966 es quizá la más personal aunque también es demasiado fiel a la letra impresa. La de 2018 se toma muchas más libertades pero por ese camino recorre terrenos que la convierten en una distopía de tono genérico.

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Fahrenheit 451 cuenta la historia de Montag, un miembro del cuerpo de bomberos de una ciudad en la que los libros están prohibidos. La tarea de los bomberos consiste en detectar la existencia de estos objetos ilícitos y hacerlos arder con querosén y lanzallamas. Al iniciar el relato, Montag se presenta como un ferviente ejecutor de su trabajo. Sin embargo, una serie de peripecias lo llevarán a replantearse su fidelidad al cuerpo de bomberos. Su curiosidad, por un lado, lo llevará a rescatar libros de la quema sistemática y, por otro, lo situarán en duelos discursivos con el Capitán Beatty, el jefe del cuartel. Conviene señalar aquí que Beatty es uno de los personajes más sugestivos de la novela. Frente a las dudas de Montag, Beatty se muestra inconmovible. Frente a la ingenuidad del bombero, el capitán cita a Shakespeare de memoria: Beatty es un erudito obsesionado con reducir los libros a cenizas. En este aspecto, representa también la contrapartida de los hombres libros —un grupo de rebeldes dedicados a memorizar volúmenes enteros—. En efecto, para Beatty la memoria de los textos impresos no es más que mera parodia.

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La versión fílmica de 1966 se enfoca en la transformación espiritual de Montag (Oskar Werner), a tal punto, que otras facetas de la historia, como el mundo distópico y la figura de Beatty (Cyril Cusack), pierden espesor. La de 2018 se concentra en la distopía y convierte a Beatty (Michael Shannon) en el portavoz de este universo. La primera media hora del filme aspira a transmitir una mirada crítica de muchas prácticas contemporáneas. Una de ellas es, por ejemplo, la recurrencia al eufemismo: el cuerpo de bomberos y los noticieros denominan graffitis a los libros. Otra es el empleo de emoticones como medio de comunicación. ¿Para qué gastarse las pestañas leyendo un mamotreto de trescientas páginas que se puede resumir con una cadena de caritas? ¿Para qué perder el tiempo argumentando si se puede expresar la opinión con corazoncitos palpitantes y pulgares arriba o abajo? Expande de este modo su campo de influencias y rinde un homenaje velado a otro clásico de la literatura distópica: 1984. Sin embargo, pasada esta media hora, la película desliza el foco hacia el personaje de Montag (Michael B. Jordan). A partir de este momento, la historia deja de lado la crítica social y se concentra en la acción. Se pasa entonces, de un modo bastante grosero, de la perspectiva reflexiva al mero entretenimiento. En la cinta de 1966, Beatty queda reducido a mera comparsa frente a los dilemas de Montag. En la versión de 2018, los dilemas de Montag se reducen a berrinches de adolescente frente a Beatty. O para expresarlo de una manera más gráfica: la cinta comienza queriendo parecerse a Brazil y acaba convertida en Demolition Man.

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El Fahrenheit de Bahrani es una película vistosa, que coquetea con la estética cyberpunk y el technoir de Blade Runner, que ofrece bases interesantes para una relectura de la novela de Bradbury en una clave más familiar a nuestra época. Cuenta además con el soporte de un actor mayúsculo como Michael Shannon, encarnando impecablemente a un Beatty que alterna sin mediaciones entre lo jactancioso y lo melancólico. Sin embargo, hay un punto en el que la cinta pierde el balance y no se sabe ya si lo que quiere es transmitir una crítica sobre la sociedad actual o transformar a Fahrenheit 451 en una saga rentable. En este sentido, no creo que sea malo entretener: más bien me parece que lo malo es no decidirse a ello con ganas.

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