Lost in Space: muchas cosas en poco espacio

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Lost in Space es una serie nueva que se dice original de Netflix pero que fue producida por Legendary Pictures. Está basaba en la original, creada por Irwin Allen en 1965. Esto no lo sabía al verla, y al enterarme entiendo varias cosas del argumento que tienen que ver con que si vemos Lost in Space, vamos a ver una historia conocida.

Una historia conocida pero muy entretenida, hay que decirlo. Tan entretenida que agobia un poco, por momentos, la cantidad de peripecias que deben atravesar los personajes. Los Robinson son una familia que emigra a otro planeta junto con varios elegidos que han pasado una serie de pruebas, porque la vida en la Tierra ya no es viable. O es muy complicada, no lo sabemos muy bien, recién al final de la temporada se nos dan algunos datos sobre el evento que originó la emigración. La Resolute, una nave espacial, con una tecnología que parecía imposible hasta último momento, sale de la Tierra cargando varias naves Júpiter, comandadas por familias o grupos de personas que habitarán la tierra prometida. Claramente algo sale muy mal y las Júpiter deben realizar aterrizajes forzados en un planeta desconocido.

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La focalización narrativa está en la familia Robinson, pero a medida que avanzan los capítulos encontramos las historias de otros personajes, otros sobrevivientes. La nave de la familia compuesta por Maureen (la sensacional Molly Parker que le dio vida a Jackie Sharp en House of cards), John (Toby Stephens), Judy (Taylor Russell), Penny (Mina Sundwall) y el pequeño Will (Maxwell Jenkins) cae en una región glacial del planeta y ya en los primeros minutos sus miembros deben realizar acciones imposibles para sobrevivir. Una pierna rota, una hija atrapada por el hielo, un hijo perdido que está a punto de morir en un bosque incendiado. Todo eso, en los primeros veinte minutos. La serie no da respiro, plantea desde el principio este sucederse de catástrofes o situaciones límites a las que los personajes se ven enfrentados, que luego, habiendo subido los niveles de tensión en el espectador, se resuelven. Todo se resuelve.

Si bien la serie es de lo más entretenida porque todo el tiempo pasan cosas, esto mismo con el correr de los capítulos puede convertirse en motivo de decepción para el espectador. Los personajes siempre salen casi indemnes de las situaciones, casi sin secuelas físicas o psicológicas tras haber estado al borde de la muerte una y otra vez. Y no una muerte esperable sino una en un planeta desconocido por motivos de los más sorprendentes. Sobre todo, los personajes femeninos poseen una inteligencia fantástica que les permite la supervivencia, pero casi siempre las situaciones se terminan resolviendo gracias al azar, la suerte o el timing. La serie abusa del recurso “en el último minuto”.

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Todo en este planeta desconocido es una amenaza de muerte, tanto que el mismo planeta, descubren luego, está a punto de morir, por lo que deben irse de allí lo antes posible. Con poco tiempo, la trama entra en un frenesí de conflictos que, como dijimos, no dan paz al espectador, y muchas veces nos dejan con las ganas de un poco más de profundidad. No está mal pedirle al género, no solo a la ciencia ficción sino, en este caso, a ese subtipo que es la ciencia ficción espacial, que nos brinde un equilibrio en el desarrollo del afuera de los personajes y su interior. Porque, además, se tratan muy a la ligera problemas familiares (Maureen y John iban a separarse, pero al final se terminaron mudando de planeta) y sociales (esta gente que ha caído en un planeta asesino del que no pueden escapar y de pronto se ponen de acuerdo muy fácilmente) que merecerían un trato menos superficial. Y lo más importante, la verdadera oportunidad que se pierde la serie: los personajes están literalmente perdidos en el espacio, en un planeta desconocido, al principio creyendo estar solos; es una verdadera lástima que no se explote la sensación de tremenda soledad, miedo, fascinación y desconcierto que una situación tan extrema puede causar.

Parece ser una apuesta usual de Netflix la de bombardear al espectador, dejarlo enganchado durante horas en el sillón, a costa de una sucesión, algo ridícula, de conflictos extremos. Como si los infinitos avatares que atraviesan los protagonistas, rotura de naves, falta de combustible, imposibilidad de comunicación, explosiones en la tierra, ciénagas de alquitrán no fueran suficientes, tenemos una “mala” de manual que, con su capacidad de manipulación, conseguirá que los personajes hagan lo que ella quiere para su propia supervivencia. Creo que este es el punto más bajo de la serie, que está en relación con esta acumulación de conflictos: la mala no era necesaria, teníamos para entretenernos lo más bien durante los diez capítulos que dura la temporada. Pero, tenemos a la malévola Dra. Smith (una Parker Posey muy correcta) que intentará por todos los medios posibles de tapar su oscuro y criminal pasado (al menos en esta primera temporada poco explicado) para llegar renovada al nuevo mundo. La serie aquí intenta construir una semejanza con nuestros protagonistas-héroes, ya que al parecer ellos también sienten el deseo de un comienzo de cero en Alfa Centauri, el planeta al que se dirigía la Resolute en un principio. Pero no lo logra.

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El problema es que la Dra. Smith es una antagonista lo suficientemente psicópata (no siente empatía por los demás, no siente culpa por sus maldades) para que los espectadores no logremos sentir algo de simpatía por ella. Casi no la entendemos y, la verdad, resulta un poco molesto que siempre esté engañando, manipulando y saliéndose con la suya. Porque así como a los héroes todo les termina saliendo bien, a ella también. Y resulta un poco inverosímil que esta advenediza se gane la confianza de personajes que, en su mayoría, se caracterizan por su inteligencia y la preocupación por sus seres queridos. La mala logra lo que se propone a fuerza de “psicopatear” al resto de los personajes y resulta un obstáculo más para ellos y para nosotros como espectadores. Un buen malo debe ser un poco querible, si no, solo se gana nuestro rechazo y no queremos verlo en pantalla durante tanto tiempo.

El segundo personaje más fallido, por lo estereotipado, es el de Don West (Ignacio Serricchio): latino, trabajador manual, cándido y gracioso, tiene un gran corazón detrás de su apariencia dura. ¿Algún otro cliché faltaba para este pobre personaje, cuya fuerza argumental estaría más aprovechada si fuera un poco más complejo y menos esperable? Lo bueno es que es, obviamente, querible, pero da bastante bronca la suma de discriminatorias atribuciones en el bueno de Don, quien llora hacia al final de la temporada con uno de los discursos menos conmovedores que alguna vez haya pronunciado un personaje.

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Hasta acá, lo peor. Vamos a lo que más me gustó de la serie: además de la belleza visual que propone en las tomas del espacio, en el diseño de las naves y en los paisajes del planeta. La fotografía es impecable y la banda de sonido está perfecta, todo lo que está en escena, naves trajes, herramientas, es atinado y hermoso de ver para quienes gustamos de la ciencia ficción. Estéticamente es más que disfrutable y vale la pena verla solo para eso, mirarla. Pero, en lo argumental, lo más interesante me pareció la presencia del robot. Sí, un alien robot que se hace amigo de Will, el dulce niño que le salva la vida cuando cree estar a punto de perder la suya. Un robot sin rostro que, al mejor estilo Wall-e, es capaz de transmitir empatía y emoción. En vez de cara tiene una especie de ventana al universo, llena de estrellas que van cambiando los patrones y resultan indescifrables; tiene un cuerpo primero arácnido y luego antropomorfo (este cambio de forma se corresponde con su cambio de “personalidad” luego de ser salvado por Will). Tiene una especie de armadura bastante terrorífica con terminaciones filosas y en pico, su aspecto es temible, pero no su comportamiento al lado del niño. Will es pura inocencia –tiene once, pero parece más aniñado que un preadolescente– y le enseña cosas como lanzar una pelota de béisbol y chocar los cinco. El robot se convierte en su fiel guardián y lo único que dice es “Peligro, Will Robinson” cuando la situación lo requiere, haciendo lo posible por protegerlo.

Pero el robot también tiene un pasado oscuro, criminal, del que no sabemos si no se acuerda o ha decidido dejarlo atrás. Lo contradictorio de su aspecto amenazante y su carácter ahora amoroso y protector hacen del robot uno de los personajes más interesantes. Tener un mejor amigo que en cualquier momento puede matarte a vos y a toda tu familia genera una tensión, mínimo, interesante. Y, además, al ser un robot alien, nuestros criterios humanos no alcanzan para comprenderlo, así que su motivación es un misterio plenamente justificado y sus acciones sorprenden. La complejidad de la presencia doble de robot y alien enriquece la trama y aporta una dosis de empatía inesperada: durante todos los capítulos, al menos yo, solo quería que estén bien Will y su robot (pero sobre todo el robot). El hecho de no ser producto del CGI sino un actor en un traje (espectacular) dota de emoción no solo al personaje sino al resto cuando interactúa con él. Imposible no pensar en E.T. cuando somos testigos de la relación de Will y su robot, ese vínculo único e incomprensible que a veces resulta mucho más real que el familiar, por ejemplo.

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Vamos a ver qué nos depara la segunda temporada, ya confirmada para el año que viene, después de un final con un giro que deja espacio suficiente para un nuevo conjunto de conflictos. Espero que, luego de haber conseguido la continuación de la serie, el guion se dé tiempo para desarrollar los aspectos más interesantes de la trama y suavice un poco las peripecias y los personajes unidimensionales como el de la Dra. Smith.

Plagada de alusiones a clásicos de la ciencia ficción y sus universos, Lost in Space no necesita de un espectador tan inteligente como sus personajes; parece querer solo que estemos ahí, mirando, siendo conducidos en una trama que poco recupera la sensación de estar perdido en el espacio (¡es terrible!, ¿cómo nadie se desespera?), tal vez teniendo algún sobresalto genuino con el devenir de este robot alien completamente inquietante y adorable. Voy a ver la segunda temporada solo por él, claro está.

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