Dark Crimes: el retorno de Jim Carrey

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Dark Crimes (Alexandros Avranas, 2016) no es una cinta reciente. Es una película polaca que contó con la financiación de algunas productoras estadounidenses pero que no tuvo distribución en el circuito comercial. Sin embargo, comenzó a ganar cierta difusión luego de que Netflix estrenara el documental Jim & Andy: The Great Beyond (Chris Smith, 2017) en el que Jim Carrey detallaba en primera persona las peripecias de encarnar un personaje tan polifacético como lo fue comediante Andy Kaufman. El documental ayudó a Jim Carrey a establecer distancia de las cuestiones personales que rodearon su vida de los últimos años. Este documental propuso además una perspectiva renovada de su carrera: admitía la posibilidad de profundizar el talento de Carrey como actor dramático con el que descolló, por ejemplo, en un clásico como Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michel Gondry, 2004). Ahora bien, ¿qué tiene que ver toda esta historia con la película polaca citada al principio de este párrafo? Pues que Dark Crimes representa, en gran medida, la prueba de lo que el documental de Netflix venía a postular: Jim Carrey está de regreso pero no viene ya para robarse la carcajada fácil de la audiencia.

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En lo narrativo, Dark Crimes es un policial que sigue la estela estética del noir, que tiene como representante más eminente a la saga Millennium, creada por el escritor sueco Stieg Larsson. Cuenta la historia de un crimen enmarcado en un ámbito de corrupción y poder que el personaje principal (por lo general, una figura que mantuvo más o menos cierta relación en el pasado con ese mundo corrompido) viene a develar. Dark Crimes se ajusta con esmero escolar a este esquema. Tadek Pietzek (Jim Carrey) es un detective de la policía polaca que desempolva el caso del empresario Daniel Sadowski, cuyo cadáver fue hallado maniatado de una forma que imita ciertas prácticas sadomasoquistas. El caso derivó en el cierre de un club sexual clandestino llamado The Cage al que acudía gente poderosa y adinerada con el objeto de satisfacer sus deseos más perversos. El caso estuvo a cargo de Adam Greger (Robert Wieckiewicz), el actual jefe del departamento, que cerró la investigación sin hallar culpables. Pietzek mantiene una rivalidad con Greger, fundada en una oscura disputa del pasado. Por ese motivo, Pietzek retoma el caso y lo encara como una cruzada personal. Siguiendo este camino, Pietzek tropezará con una novela pornográfica titulada Alicja, cuyo autor es el célebre escritor Krystof Kozlov (Marton Csokas). Pietzek cae en la cuenta de que una escena de este libro describe una práctica sadomasoquista que dispone a un personaje de la novela en la misma posición de sometimiento que mostraba el cadáver de Sadowski. A partir de ese hallazgo, Pietzek seguirá a Kozlov con la obsesión de un sabueso. Kozlov, por su parte, se prestará a la persecución de Pietzek como si se tratara de un juego. El duelo entre estos dos personajes se irá tornando cada vez más agresivo. Y a su vez, esta esgrima feroz habrá de echar luz sobre los pormenores escabrosos que convenientemente se ocultaron el día que Greger cerró el caso Sadowski.

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Visualmente, la película asume también los rasgos estéticos típicos del noir boreal. Abundan los grises, los tonos fríos, los claroscuros acentuados. Los exteriores remiten a paisajes solitarios, bañados por una luz helada o por una oscuridad interrumpida apenas por la pobre luz de un farol. Los interiores suelen ser espacios sombríos, asfixiantes, iluminados por fluorescentes o por la pantalla titilantes de televisores de tubo. En este sentido, el filme logra transmitir la huella del pasado comunista en la vida cotidiana de los personajes: parece una carga vergonzante de la que ninguno prefiere hablar abiertamente. Pietzek guarda cierto parentesco con los detectives de Memories of Murder (Joon-ho Bong, 2003) o con los agentes de La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014): el presente los obliga a mantener a raya la ferocidad que el pasado les había permitido cultivar a gusto. Hay, de hecho, una escena compuesta de manera magistral en la que, en el centro del cuadro, Pietzek mira una grabación en VHS de las cámaras de vigilancia del club The Cage. Pietzek fija en la pantalla sus ojos ensombrecidos: del televisor brotan gemidos de dolor de una mujer. A su derecha se ubican el poseedor del video y Victor (Piotr Glowacki), su compañero del recinto. A su izquierda, encima de un viejo armario gris, se acomoda un busto de Lenin.

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Dark Crimes, aunque cuenta con algunas cualidades, supera con mucha dificultad el noir genérico. La historia aspira a contar grandes cosas. Por momentos lo consigue, aunque sin ofrecer muchos riesgos. Sin embargo, la mayor de sus virtudes la constituye el protagónico de Jim Carrey, quien construye la figura de un policía seco, lacónico, dominado por una violencia secreta. Un hombre metódico, obsesivo, en busca de redimirse de un pasado que todos conocen pero que prefieren olvidar. La severidad de las maneras de Pietzek y la ambigüedad de sus silencios son un mérito del enorme oficio de Carrey. Sus gestos se reducen al mínimo. Sus movimientos se vuelven torpes, un poco brutales debido al tamaño de su cuerpo. Inclina no obstante su espalda como si sintiera sobre sí un peso formidable. Toda su expresión se reduce a su mirada: en sus ojos habita la sombra de una fiera que puja por ser liberada. Pietzek es, por lo tanto, uno de los papeles más poderosos de Carrey. Y a la vez constituye la prueba fehaciente de su retorno como actor de estatura. De hecho, ya había anticipado una muestra de esta etapa nueva en The Bad Batch (Ana Lily Amirpour, 2016) interpretando a The Hermit, un personaje secundario que se expresa mediante puros gestos, sin decir una sola palabra. Ante tales indicios, no queda más que confiar en que Kidding —la serie a estrenarse en septiembre de este año y que ha constituido la excusa perfecta para asociar su fuerza creativa con la de Michel Gondry— habrá de devolverle el lugar que hace tiempo se ganó no solamente robándonos las risas.

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