Animal: Criminal, cri criminal.

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Atención, la nota está plagada de spoilers.

Para serles sincero, esto que están leyendo debería ser una reseña sobre The Staircase, ese brillante docu-thriller que está disponible en Netflix y del que mucho no se ha hablado. Esa nota era la que tenía apalabrada y no esta, sobre una película que se estrenó con bombos y platillos hace unos meses y que se convirtió en la película argentina más vista del año hasta el momento. Sin embargo, al salir del cine, la indignación me consumió por completo y me obligó a escribir estas líneas.

Ustedes ya saben cómo funciona esto, pero por las dudas lo voy a comentar nuevamente.

No somos haters. En la mayoría de los casos, si algo no nos gusta, no escribimos. ¿Para qué perder el tiempo? En materia de Cine Nacional, tenemos además una suerte de pacto de caballeros. Nosotros hacemos o, mejor dicho, intentamos hacer películas; no somos muy buenos y no nos gusta escupir para arriba. Estrenar una película argentina es muy difícil, una tarea titánica, no hay motivo entonces para tirar piedras si no se puede en el proceso destacar absolutamente nada del film en cuestión. No es el caso de Animal, una película industrial que sale mano a mano a pelearle a los tanques internacionales. Podemos pegar tranquilos que nadie se va a quedar sin pagar las expensas porque lo hagamos.

Hace unos días se estrenó una nueva entrega de la saga Bañeros, la quinta. De forma rápida y con bastante tino recibió críticas lapidarias. Es una película que atrasa muchísimos años y que está diseñada para funcionar en una sociedad que por suerte, salvo matices, ya no somos. Por lo menos, de forma pública. A riesgo de ser insultado, me atrevo a decir que lo de Bañeros es una nimiedad. Sinceramente, no me parece peligroso o preocupante, es tan obsceno que no resiste el menor análisis. Desde un punto de vista cultural e ideológico es mucho más repugnante y vergonzoso que celebremos películas como Animal.

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Cuando en Vigilar y Castigar Foucault analiza la evolución de las formas del castigo y la violencia pública habla de cómo a lo largo de la historia el hombre fue transformando las formas de violencia, avanzando de la noción de castigo corporal a la dominación del alma. Esto implica un proceso de sublimación de la violencia. El castigo en el patíbulo a los ojos de toda la sociedad y la posterior exposición de los cuerpos muertos y mutilados eventualmente se volvieron insostenibles de digerir para las masas. Esto llevó de modo necesario a ocultar esa violencia, a esconderla de lo público para volverla tolerable. A grosso modo es lo que ocurre con las personas detenidas en cárceles hoy por hoy: no es que la brutalidad haya sido eliminada de nuestras prácticas sociales de castigo, solo ha sido escondida, modernizada y alejada de lo público.

Un análisis similar es lo que sucede entre Bañeros y Animal. No es que Animal sea una película menos repugnante o repudiable, solo está escondida para aparentar ser otra cosa, sublimada en falsas pretensiones cancheras de un cine bien pagado más que bien filmado.

Desde lo técnico, Animal tiene entonces todo lo que una película de su estilo puede costear con el vil metal. El mérito ahí, para ser buenos y destacar algo, está en una correcta elección de los técnicos contratados; en especial el DF, Juliá, habitual colaborador de Armando Bo, que aquí se luce como de costumbre. A su vez desde la dirección hay algunas cuestiones destacables de puesta que hace su director. Hay que mencionar el símil plano secuencia del inicio, que está hecho para que la película nos represente en los Oscar. Dejado de lado eso, la película no tiene nada positivo que mencionar, más bien, lo contrario.

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La trama nos presenta a Antonio (Guillermo Francella muy fuera de tono), un exitoso empleado jerárquico en un importante frigorífico de la ciudad de Mar del Plata que necesita un trasplante de riñón. Antonio, si bien la película no se anima a explicarlo con claridad, está en la lista de espera del Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (INCUCAI), aguardando que le llegue la posibilidad de obtener el órgano que tanto necesita. El tiempo pasa, dos años, y el riñón sigue sin aparecer. Sin embargo, el protagonista encuentra un ápice de esperanza en su hijo que parece dispuesto a proponerse como donante.

Por supuesto, todo se complica. El hijo, en una escena de lo más inverosímil que se haya visto, sale corriendo del auto momentos antes de llegar a la clínica el día de la operación y se arrepiente. Antonio vuelve de este modo a ser una “víctima del sistema”. No sabemos por qué, la película no lo explica nunca, pero está último en la lista de espera y eso lo desespera. No entiende cómo él, teniendo un buen pasar y ahorros, puede comprar una casa y no un órgano. No le entra en la cabeza que haya algo que el dinero no pueda comprar y que, habiendo sido una persona ejemplar y trabajadora toda su vida, la meritocracia no lo compense en este momento. Todo parece indicar que ni a Bo ni a Nicolás Giacobone, su co-guionista, parece importarles demasiado este aspecto. ¿Qué hace que Antonio esté entonces, literalmente, último en una lista de espera? Jamás lo sabremos, tampoco cómo se arma aquella bendita lista o qué requisitos debería cumplir Antonio para estar más arriba. Todo es presentado como un mero capricho de un “sistema” del que no se esboza una mínima explicación.

Como docente a menudo escucho a varios estudiantes que se refieren al mundo en el que vivimos como un “sistema”, es una expresión que no deja de consternarme debo decir. En primer lugar esa idea epistemológica de la posguerra que sostiene que la sociedad funciona como una maquinaria ha quedado bastante vetusta. Todo es más caótico de lo que uno pensaría, y la verdad es que no hay un señor maligno desde la unión soviética orquestando un plan maquiavélico para destruirnos. Sostener o argumentar sin ningún contenido una lucha contra el “sistema” no deja de ser por consiguiente más que una vaguedad imperdonable del guionista.

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Pero veamos, la cosa no termina ahí. Antonio toma la computadora y googlea. No queda muy claro cómo, pero encuentra alguien que anuncia en un sitio web, que tampoco se entiende bien qué es, que a cambio de una casa daría su riñón. Si a esta altura el clichetómetro no explotó tenemos que sumar una nueva analogía berreta del lugarcomunismo: la casa como símbolo absoluto de la propiedad privada y el sueño de cualquier lumpen.

Antonio, obvio, llama a la persona de este anuncio, que resultan ser una pareja de okupas hippie chic, que más que personas en situación de vulnerabilidad parecen ser unos hipsters de plaza Serrano, bastante bañados para la ocasión. Ojo, no confundir, Federico Salles y Mercedes de Santis, quienes interpretan a Elías y Lucy respectivamente, son a nivel actoral de lo más rescatable de la película y hacen lo que pueden frente a una caracterización que desde Dirección y Arte los estereotipan en personajes muy poco creíbles.

Elías y Lucy se convierten en la peor pesadilla de Antonio. Él está frente a las cuerdas, se va a morir y el maldito “sistema” no quiere ayudarlo ¡Oh por dios!. Sometido, tendrá que ir aceptando los múltiples pedidos de la abusadora pareja hasta límites insospechados. En el medio, por supuesto, nuestro protagonista llamará a un hospital de La Paz para comprar un órgano. Porque ustedes vieron cómo es esto, en Bolivia los órganos se venden.

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Agotado, presionado y con su familia desmoronada, un transformado Antonio explotará en un intento muy berreta de Breaking Bad marplatense. Se aliará a Lucy, escena de sexo de por medio, y, a cambio de unos pesos, secuestrará a Elías y lo llevará a la fuerza a operarse. Si la cosa era delirante, esperen, que hay más. Antonio tiene la brillante idea de secuestrar a su vez a uno de sus mejores amigos, que solo vemos en una escena anterior en toda la película, que es cirujano plástico (al parecer poner un implante mamario y trasplantar un riñón tienen una complejidad similar). Atemorizado primero y cómplice después, este amigo hará la operación que, spoiler alert, será exitosa. Toda esa secuencia tiene un momento maravilloso que refuerza, en caso de que no nos haya quedado claro, la idea de la película. El amigo de Antonio llama de madrugada a una enfermera de confianza para que lo ayude a operar. Al llegar, Rita, la profesional en cuestión, lejos de espantarse por tan descabellado plan, pide un aumento salarial. Comienza en ese momento una breve negociación paritaria que termina cuando Antonio acepta pagar lo que le piden a su amigo.

Insisto, si no les quedó claro, esta película nos dice que por plata cualquiera hace cualquier cosa. Que la plata nos convierte en cualquier cosa y que en este “sistema”, que no funciona, todo se soluciona pagando.

Como decía, la operación sale bien y Antonio se salva. Perdió su casa, su familia, pero tuvo lo que quería: su bendito riñón. Para reforzar esta idea, Armando Bo hace sonar un cover de You Can’t Always Get What You Want (“no puedes tener siempre lo que quieres”).

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Hasta aquí una película bastante canchera, vacía y mal escrita. La cosa no queda ahí, hay una canallada más, quizá la más imperdonable e imperceptible. Como si toda la falta de respeto al sistema de donación de órganos de nuestro país, al INCUCAI y a las personas que esperan un trasplante. no fueran suficientes, Armando Bo se acobarda a último momento de lo que hace. Unos minutos previos a que la película concluya, él la termina, haciéndonos responsables a nosotros, los espectadores, los responsables de creer que en realidad el protagonista tuvo éxito en su misión.

Vamos a explicar esto mejor: cuando Antonio, luego de secuestrar a su amigo cirujano y a la esposa de este, los lleva a todos a punta de pistola hacia la clínica, tiene un accidente y muere. No lo vemos, pero la maniobra que hace su amigo para evitar que los choquen en la ruta termina con la vida del protagonista. Lo que sigue es su visión post-mortem de final feliz. Armando Bo lo evidencia con esa suerte de Deus Ex Machina de dudosa cualidad que se da cuando su amigo al llegar a la clínica, sin explicación aparente, opta por colaborar lo más pancho, cuando momentos antes estaba apabullado por el miedo.

Esto que hace Armando Bo es quizá lo más imperdonable de todo. No le basta solo con tener una opinión miserable, tampoco se anima a sostenerla. Obliga al espectador a hacerse cargo de elegir pensar que el protagonista triunfó y, por consiguiente, decirnos que somos igual de miserables que él y sus personajes por haber elegido su mismo camino.

Podría seguir con el listado de incoherencias en las decisiones dramáticas y de interpretación. No creo que tenga mucho sentido, ninguna de ellas es tan grave como esto último que acabo de comentar.

Ni olvido ni perdón.

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