Westworld Temporada 2: apuntes de un (segundo) viaje

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Bienvenidos (de nuevo) a Westworld

Hace pocos días tocó el cierre de la segunda temporada de Westworld, serie cuya primera temporada se transmitió en 2016 (y que en su momento reseñamos en la 24 Cuadros) y que nos obligó a esperar hasta este año para saber qué sería de las aventuras de –entre muchos otros– Dolores (Evan Rachel Wood), Maeve (Thandie Newton), William (Ed Harris) y Bernard (Jeffrey Wright). En gran medida, serán estos cuatro personajes los que habrán de señalar los caminos que la historia que habrá de seguir el parque temático más plagado de misterios después de Lost. En esta reseña –y apelando a algún que otro spoiler– intentaré dar cuenta de la ruta que siguieron estos personajes y cuánto de nuevo (o de intrigante) ha traído cada uno al vasto universo de WestWorld.

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Dolores

La temporada anterior nos dejó con Dolores al frente de una rebelión que se iniciaba cobrando la vida de Ford (Anthony Hopkins) como señal de guerra. Arnold había experimentado con Dolores el despertar de la conciencia a través de la aplicación de la teoría de la mente bicameral. Ford, por su parte, pareció haber combinado su idea de la narrativa (que bien se podría interpretar como destino) con la teoría de Arnold. De la combinación de ambas germina la rebelión de los anfitriones. La gran pregunta que deja la primera temporada es en qué grado esa rebelión es genuinamente consciente y no mero producto narrativo. La segunda temporada ataca este interrogante y deja en manos de Dolores su resolución. Veremos entonces a Dolores encabezando un ejército de rebeldes que a lo largo del relato habrá de imponer su sublevación a sangre y fuego. No mostrará piedad ante sus oponentes, ya sean robóticos o humanos. Y el objetivo de su revuelta (en tanto rasgo de estilo típico de la familia Nolan) se irá descifrando a medida que los giros de la narración retiren el velo sobre aquello sobre lo cual se nos mantiene en la duda o la intriga. La temporada uno supo revelarnos un buen puñado de secretos que en esta segunda recorrida nos ayudarán a formular nuevas hipótesis. Pero lo cierto es que también deberemos prepararnos para encarar nuevas incógnitas con reglas más o menos similares (nunca exactamente iguales ya que podrían ser el cebo de una trampa) a las ya establecidas. Abundarán los indicios, las ambigüedades, los guiños que solo se harán visibles en una segunda recorrida. Al respecto, la pregunta primordial en torno a las peripecias de Dolores continúa siendo cuánto hay de consciente en su rebelión y cuánto hay de algorítmico. En comparación con los otros personajes, Dolores no solo tiene un objetivo que parece claro, sino que además lo ejecuta con implacable frialdad. Dolores da la impresión de carecer de matices, de haberse convertido en un personaje plano, sin ambigüedades: el producto de una narrativa que no da pie a concesiones de ninguna clase. Sin embargo, bien sabemos que en Westworld nunca es recomendable confiar enteramente en aquello que se ve.

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Maeve

Hacia el final de la primera temporada, Maeve había adquirido conciencia y, junto con ella, había declarado una enemistad a los humanos que la volvían muy cercana a Dolores. Sin embargo, Maeve siente el impulso de regresar a Westworld para rescatar a la hija de sus recuerdos. Con este gesto se pone de manifiesto una vez más la incógnita acerca de si sus acciones (al igual que las de Dolores) responden a una narrativa o bien son fruto de elecciones conscientes. Esta motivación dota a Maeve de una empatía que de inmediato contrasta con la frialdad de Dolores. Pero no solo eso: esa posibilidad de sintonizar con otros despierta en ella un don que la convierte en una de las anfitrionas más poderosas. Por otra parte, la búsqueda de la hija se traduce en una peregrinación por medio de la cual se expanden los límites del parque temático: de la mano de Maeve conocemos por fin Shogunworld y descubrimos la historia secreta de la Nación Fantasma, la tribu que recorre el parque llevando como emblema el laberinto creado por Arnold. Maeve se erige como la contracara de la insurrección de Dolores. Entabla alianza tanto con anfitriones como con humanos y en el intercambio con ambos bandos acumula una experiencia que incrementa su empatía. Allí donde Dolores se muestra como una fuerza ciega, Maeve se manifiesta como una conciencia observadora, llena de curiosidad. Si Dolores atraviesa el parque en una severa línea recta, Maeve lo circunda siguiendo una órbita contemplativa.

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William

Al cierre de la primera temporada, William se parecía al jugador que se conoce cada uno de los trucos y secretos de su videojuego predilecto. Para él, los anfitriones no eran más que NPC sobre los que ejercía sus caprichos. La rebelión de Dolores significó para él una expansión del juego: una nueva aventura en la que podía probar verdaderamente su destreza. De este modo, William recoge entonces su vestimenta favorita –el traje de negro– y sale a desentrañar los entresijos de la nueva narrativa. William encarna una de las miradas –quizá la más implacable– de entre los personajes humanos. Desde este punto de vista, su modo de obrar se asemeja al de Dolores. Por otro lado, William es el personaje que nos guía por los senderos que salen del parque y se bifurcan de innumerables modos en el mundo humano. Él nos introduce en la historia de James Delos, suegro de William e inversor mayoritario de Westworld y los demás parques temáticos. La aparición de James Delos (Peter Mullan) suma a la trama dos temas nuevos. Uno de ellos, la posibilidad de codificar la conciencia humana mediante algoritmos. El otro –que suena familiar gracias al reciente caso de Facebook y Cambridge Analytica–, la captura y administración indebida de información personal de los visitantes. Ambas cuestiones complejizan la trama a tal punto que la problemática del desarrollo de la conciencia en las inteligencias artificiales se combina con las especulaciones en torno a las posibilidades de crear y ofrecer la inmortalidad como un producto. En este sentido, cabe señalar que la relación de William con estos asuntos parece (he aquí, una vez más, la duda) lateral, ya que su verdadera obsesión sería la narrativa del parque. Sin embargo, hay algo en esa obsesión que quizá no cuadre ya con algo sano. O con algo humano.

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Bernard

Bernard constituye una vez más el eje narrativo a partir del cual se ramifica el relato. En efecto, así como en la primera temporada la incertidumbre acerca de la línea narrativa era directa consecuencia de la dupla Arnold-Bernard, esta vez el tiempo de la narración se despedaza en fragmentos de un rompecabezas que recuperan su configuración global con la progresión de los capítulos. Esta dispersión se simboliza magistralmente con el inicio del primer episodio: en una escena –que es un conspicuo homenaje a Inception (Christopher Nolan, 2010)– Bernard despierta en una playa, en medio de las olas, sin recordar nada. Así, el desarrollo de la trama marcha en relación con las partes de memoria que Bernard va recuperando y que él debe tratar de ordenar como puede. Un juego parecido al de Memento (Christopher Nolan, 2000) aunque mucho más enrevesado, ya que la historia marcha a los saltos e involucra a numerosos personajes: Dolores, Maeve, Ford, William y sobre todo a Hale (Tessa Thompson), la emisaria de la compañía Delos. En el ajedrez de las relaciones entre anfitriones rebeldes y humanos, Bernard trata de hallar un punto de equilibrio que le resulta extremadamente difuso. Por una parte, no tuvo conciencia de su condición de anfitrión hasta muy avanzada su relación con los humanos y, en especial, con Ford. Pero a la vez la asunción de su genuina naturaleza se le torna difícil a la vista de la ferocidad que despliega Dolores. Bernard se halla en una encrucijada entre los dos mundos en conflicto. Las circunstancias no son favorables a una conciliación y él está obligado a tomar partido. En otras palabras, la situación lo urge a obrar de un modo que contradice sus convicciones más íntimas. Ser o no ser: he ahí el dilema de Bernard.

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Algunas conclusiones sobre el final del (segundo) viaje

  1. Sin lugar a dudas, la segunda temporada reafirma a Westworld como uno de los relatos de ciencia ficción más fascinantes de esta época. La primera temporada desarrolló una historia cautivante y cargada de planteos filosóficos en torno a la conciencia humana y la inteligencia artificial. En este sentido, los episodios de este año traen una carga menor de especulación que eché mucho en falta pero que no le quita estatura a la historia. Es cierto que los capítulos de este año introducen nuevos planteamientos que enriquecen las ideas iniciales, pero estos a la larga se muestran más como notas al pie que como líneas de reflexión con peso propio.
  2. En cuanto a lo cinematográfico (si se me permite esta expresión), Westworld mantiene ese estilo que exhibe en un mismo grado, alto vuelo y gusto exquisito. Las escenas de acción no se despliegan por medio de explosiones ni de cámaras temblorosas, sino que más bien se lucen por su planificación clásica y cerebral. La estética con que se construye ese futuro tecnológico destaca mucho más por lo creativo que por lo llamativo: no abunda la circuitería burda, ni los monitores sobrecargados de datos emergentes, ni el brillo de láseres. Toda la maquinaria de ese mundo parece un simple paso evolutivo del presente. En este sentido, es sublime el modo en que la serie concibe el almacén de perfiles de visitantes del parque temático: no como una sala llena de servidores luminosos sino como una inmensa sala de lectura que recuerda a La biblioteca de Babel, de Borges.
  3. El conflicto primordial entre anfitriones y humanos no se despliega de manera maniquea, sino que se abren varios frentes de combate que se superponen unos sobre otros. La lucha, por ende, se torna compleja; las acciones, imprevisibles; las alianzas, precarias. El desenlace, en este sentido, recuerda los múltiples frentes que se abren en el universo mutante de los cómics de Marvel y que giran en torno a dos polos complementarios, Xavier y Magneto. Una vez más, aquí, el juego ingenioso de la intertextualidad puesta al servicio de un mundo que, de nuevo, promete expandirse más allá de su horizonte.

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