El motoarrebatador: Ni ángeles ni demonios

 

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“Tucumán arde” fue una gran movida colectiva de los artistas plásticos de la vanguardia de los 60’. Las muestras, de neta inspiración política, tuvieron como eje la situación en Tucumán y la de los trabajadores cañeros, desocupados y en la calle por el cierre de los ingenios. Desde siempre, la provincia padeció por la dependencia del monocultivo del azúcar, pero desde esa época la crisis, la pobreza y la miseria fueron en creciente aumento. Todavía se recuerdan las noticias de muertes por desnutrición infantil durante los 90’ y los primeros años del siglo. Hoy en día Tucumán ha logrado diversificar un tanto su producción y mejorar en algo el nivel de vida de su gente, pero continúan existiendo grandes bolsones de pobreza y marginalidad. La desigualdad sigue estando a la orden del día. En este contexto social Agustín Toscano sitúa su segundo largometraje, El motoarrebatador. Ya en 2014 había estrenado conjuntamente con Ezequiel Radusky su ópera prima, Los dueños, también una película con trasfondo social.

Helena, una mujer madura, retira dinero del cajero automático. Al salir es alcanzada por una moto de la cual baja el acompañante quien le arrebata la cartera. Helena queda tendida en el piso debido al forcejeo. Miguel es el dueño de la moto y quien la manejaba. Ve que la víctima quedó inmóvil en el piso, escapa muy preocupado por lo que le pudo haber pasado y decide buscarla en el hospital. Ella está golpeada, sobrevivirá, pero perdió la memoria. A partir de allí se teje entre ambos una extraña relación en la cual fantasía y realidad, roles y verdades se presentan como categorías no siempre sustentables.

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El motoarrebatador es una película esencialmente tucumana que pinta y relata una historia propia, de neto contenido social y psicológico. El uso del lenguaje, con el tono y los modismos locales, define la forma en que se presentan los personajes y su pertenencia a determinado grupo. No obstante que el arrebato es el disparador del relato, el delito en sino es el tema principal del film; es la marginalidad, la ausencia de proyecto, la pobreza. Todo sucede en el marco de una huelga policial llevada a cabo por reclamo de mayores salarios. Los saqueos a pequeños comercios invaden las pantallas de los televisores. Miguel es presionado por su cómplice para que participe en estos saqueos. Tiene un hijo y acaba de separarse de su pareja, está viviendo prácticamente en la calle. Además de ser pobre, es joven.

La culpa y el arrepentimiento corren juntas con el oportunismo y la simulación. Ninguno de los personajes tiene un solo lado, todos son producto del ambiente por donde circulan. No hay buenos y malos, tan solo personas que tratan de sobrevivir de la única manera que aprendieron.

La cámara se integra totalmente con los personajes, respira con ellos en planos cortos que los acercan en su intimidad. Un logro del director de fotografía, Arauco Hernández Holz. La música, compuesta por Maxi Prietto, acompaña la propuesta.

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Se destaca la labor de la pareja central del film: Sergio Prina, componiendo un Miguel humano, confuso y Liliana Juarez, en el rol de Helena, una víctima muy especial.

En esta historia tan especial de víctima y victimario el guión, si bien sostiene la trama, por momentos presenta pequeños saltos que dan lugar a la ambigüedad, tal vez, buscada por el director y que aporta una pequeña dosis de intriga en la trama.

El motoarrebatador fue presentada en la Quincena de Realizadores del 71° Festival de Cannes,

Otra muy buena muestra del cine argentino.

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