Cargo: una peregrinación llena de accidentes

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En el cine, el zombi ha encarnado una multitud de metáforas. Entre muchas otras cosas, ha simbolizado la obscenidad de la muerte (Re-Animator, Stuart Gordon, 1985), el horror de lo diferente (Night of the Living Dead, George Romero, 1968), el individuo pasivo y masificado (Dawn of the Dead, George Romero, 1978), la expresión de la rabia destructiva en contra de la sociedad organizada (28 Days Later..., Danny Boyle, 2002). Cargo (Ben Howling y Yolanda Ramke, 2018) sitúa al fenómeno zombi en el territorio del orden natural. Surge de una enfermedad que implícitamente viene a restaurar el desequilibrio ecológico de la civilización humana. De allí que la historia se sitúe en Australia, célebre no sólo por la arquitectura de sus ciudades sino también por lo desmesurado de su naturaleza. Este espacio geográfico permite no sólo poner de manifiesto el choque civilización-naturaleza, sino que también consigue exponer el modo en que cada cultura enfrenta la revancha de la naturaleza en contra de la especie humana. En efecto, mientras los occidentales se atrincheran tras los residuos de su desarrollo tecnológico, los nativos australianos admiten la plaga como un aspecto de la naturaleza con la que ellos deben aprender a convivir. Cabe, por tanto, entrever en Cargo un giro ecológico del género zombi que merece elogiarse.

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Cargo derivó en largometraje luego de la popularidad que ganó el corto del año 2013 de los mismos realizadores. La película preserva gran parte de la historia desarrollada en el corto y añade detalles relativos a la plaga zombi. Intentando escapar a la epidemia, Andy (Martin Freeman) vaga por la estepa australiana con su hijita Rosie. Ambos buscan un lugar seguro y que por sobre todas las cosas constituya un entorno familiar para la niña. En ese derrotero, Andy se cruzará con personajes diversos cuyas motivaciones no siempre habrán de ser solidarias. Lo distintivo de estos personajes es que algunos son occidentales y otros nativos australianos. En gran medida, su origen cultural determinará su manera de reaccionar ante las circunstancias. Sobre el papel, estos elementos proponen un desarrollo que aspiraría a innovar el género apocalíptico con cruces culturales. Sin embargo, el esquema no funciona todo lo bien que merecería. Veamos por qué.

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Por una parte, la historia principal, que en el corto fluye de manera incisiva, en el filme se extiende hasta el punto de forzar las reglas que ella misma plantea desde el principio. En efecto, cuarenta y ocho horas parecerían ser tiempo suficiente para desarrollar en el curso de una hora y media de cinta. Sin embargo, la variedad de situaciones con las que Andy se topa transforman ese intervalo en un plazo inverosímil. Por otra parte, la traducción al largometraje obliga en gran medida a incluir personajes secundarios y otorgarles cierto espesor. Cargo cumple con esta norma pero a costa de convertir a los secundarios en estereotipos. Tal es así que no faltan en la historia el villano blanco, el nativo sabio, la anciana vidente. Todos estos personajes provocan que la historia se ciña (independientemente de su desenlace anticipado) a un curso demasiado previsible.

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Tomando en cuenta lo antedicho, Cargo es una película que cuenta con elementos novedosos que en buena medida proponen un cambio de perspectiva para el universo zombi. Pero sitúa estos elementos en una historia cuyo desarrollo se fuerza en demasía y en la que los personajes que no consiguen alejarse del estereotipo. Cargo me lleva a compararla con otra película (muy recomendable) con una premisa similar, Maggie (Henry Hobson, 2015) y en la que los zombis también se ubican como telón de fondo para contar la relación entre un padre (Arnold Schwarzenegger) y una hija (Abigail Breslin). Al igual que Cargo, Maggie es modesta en sus pretensiones. Sin embargo, a diferencia de Maggie, Cargo parece perder por momentos el foco de aquello que quiere mostrar. En este sentido, más allá de sus virtudes, me parece que Cargo se preocupa más por ofrecer una historia distinta que una verdaderamente bien contada.

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