La década del terror: Hereditary

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The Witch, The Babadook, It Comes at Night, A Quiet Place. El cine de terror en los últimos años siempre parece tener preparada alguna joyita que rompe, en mayor o menor medida, con las expectativas del espectador y demuestra la vitalidad que tiene el género cuando es encarado con pasión y visión autoral. Hereditary, primer largometraje del director Ari Aster, nos revela a un realizador extremadamente talentoso, como fue el caso de Robert Eggers con The Witch y Jennifer Kent con The Babadook. Hereditary se une a esta camada de películas sin miedo, trayendo una experiencia desgarradora al cine que intenta balancear un terror más tradicional con algo mucho más sensorial y profundo. Este intento, me atrevería a decir, es parcialmente exitoso, ya que es muy notoria la diferencia entre la primera mitad de la película, que corresponde a una intención más psicológica y misteriosa, y la segunda mitad de la película, donde las cosas empiezan a explicarse y el terror adquiere una familiaridad antes ausente. En mi caso hubiese preferido que se mantuviese esa primera mitad a lo largo de todo el film, pero la realidad es que la ejecución es admirable en ambas mitades.

La historia sigue a una familia, especialmente a Annie, la madre de la familia, interpretada por una impresionante Toni Collette, luego de la muerte de su madre y abuela de sus dos hijos, un adolescente llamado Peter (Alex Wolff) y su hermana pequeña Charlie (Milly Shapiro). Tratando de mantener la unidad familiar está Steve (Gabriel Byrne), padre de Charlie y Peter y esposo de Annie. A partir de esta muerte familiar un clima denso de pavor y depresión cubre a toda la familia, de cuya trágica historia, representada en pequeñas maquetas hechas por Annie, no podrán escapar.

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Es imprescindible tener en cuenta que la película establece una forma de contar y un contenido que cambia, gradualmente pero sin dudas, en algo por completo distinto. Esto no es en sí algo malo, y menos cuando un director talentoso lo lleva a cabo como en el caso de Hereditary, pero sí predispone a la audiencia, que muy probablemente termine decidiendo con qué mitad de la película quedarse más que aceptar la experiencia en su totalidad. Sin embargo, hay suficientes pistas a lo largo de la película como para justificar lo que sucede, pasada la mitad del segundo acto, por lo que es imposible decir que estamos ante algo incoherente desde el punto de vista narrativo.

Hay algunas imágenes en Hereditary que van a ser difíciles de olvidar. Pero algo que va ser imposible de desatender y que merece una nominación y tal vez una victoria al Oscar es la actuación de Toni Collette. Es impresionante la cantidad de emociones e intensidades que el personaje de Annie atraviesa sin ser nunca ni un poco exagerada ni sobreactuada. Una cena familiar y una confesión en un centro de apoyo para familiares fallecidos son escenas particularmente desgarradoras, que perturban de una manera mucho más poderosa que un “jump scare” o una aparición fantasmal. Es cuando la película se adentra un poco más en lo sobrenatural y deja el drama familiar, construido con elementos del terror, que comienza este cambio que antes mencionaba.

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La cámara y los encuadres de Ari Aster tienen mucho para decir, sobre todo en algunas tomas donde si uno hace un esfuerzo va a descubrir cosas que otros pueden ignorar, lo cual intensifica esa sensación de asfixia y tensión que se mantiene durante casi toda la película. Aster no le hace asco a quedarse con un personaje el tiempo que sea necesario, ya sea para tomar una decisión o sufrir las consecuencias.

Si bien no tiene la solidez y la consistencia que supieron tener The Babadook, The Witch o It Comes at Night, Hereditary es una brillante ópera prima, la cual solo un maestro del género podría concebir. El futuro del terror es prometedor y esperemos que esta tendencia de los últimos años se siga repitiendo.

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