Anon: ¿Por qué te importa tanto que nadie te conozca?

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Anon –la obra más reciente de Andrew Niccol, estrenada en Netflix– es un policial situado (me atrevo a aventurar) en el mismo universo de Gattaca (1997). Ambos filmes comparten no solo la atmósfera noir, sino también la mixtura de tecnología ultramoderna con la estética de los años 50: algo así como si Mad Men se extrapolara a la ciencia ficción. Más aún: así como en Gattaca el código genético de los ciudadanos era información administrada por el Estado para su beneficio, en Anon la información sobre la vida de las personas constituye un objeto de libre acceso para el gobierno. La seguridad está condicionada por este sistema de abierta publicidad de la intimidad, hasta tal punto que el anonimato se convierte en un crimen. El detective Sal Frieland (Clive Owen) se mueve en medio de esta red de información como un sonámbulo. Su actividad cotidiana es en verdad una rutina accesoria. Tan aceitada está la máquina de vigilancia que su única tarea consiste en dar fe de aquello que ve. No se necesita de su opinión ni de su experiencia para resolver un delito, puesto que toda acción se verifica mediante el correspondiente registro de los testigos. Por momentos, Frieland pareciera sentir nostalgia de un mundo menos perfecto en donde los hechos fueran algo más ambiguos, algo más sujetos a la interpretación y no a la mera certificación burocrática. El dicho popular reza: ten cuidado con lo que deseas. Así, el detective Sal Frieland se topa con una serie de asesinatos en los que el criminal adultera los registros para ocultar su identidad. Durante la investigación, Frieland se cruzará con una hacker (Amanda Seyfried) que vive en el anonimato y que lo llevará no solo a cuestionar la veracidad del panóptico para el cual trabaja, sino también a plantearse el sentido de guarecer la propia intimidad.

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El relato se ajusta al esquema clásico del policial noir: detective perseguido por su pasado, una serie de crímenes sin motivación aparente, una femme fatal que arrastra al detective a una encrucijada existencial. Niccol consigue comunicar ese ambiente melancólico y penumbroso mediante planos abiertos que capturan la inmensidad de los edificios, la soledad de las largas escalinatas o el silencio que abunda en los pasillos y en las habitaciones desmesuradas, donde los personajes se vuelven anónimos, mecánicos, indiferenciados. Pero el arte de Niccol no se detiene allí, sino que introduce en este aire de novela negra clásica elementos visuales propios de la ciencia ficción y de los videojuegos. En efecto, sobre el paisaje de ese mundo crepuscular se despliegan menús y carteles que redundan en información acerca de la vida de las personas, del modelo y antigüedad de los muebles, de los ingredientes de una comida, del estado del tiempo y del tránsito. De aquellos planos amplios se pasa a planos de primera persona a la manera de los FPS de los videojuegos y, de este modo, saltamos como espectadores desde una perspectiva distanciada hacia la mirada íntima de los personajes: nos ponemos a espiar sin permiso la vida de los otros.

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Anon se estrenó al poco tiempo de haberse ventilado el escándalo de Cambridge Analytica y Facebook. Sea o no coincidencia, Anon propone una discusión urgente sobre la cuestión de la intimidad, sus límites y su necesidad (o no) de resguardo. El affaire Cambridge Analytica demostró que el hecho de exponer la información personal en una red social tan descuidada como Facebook tiene repercusiones que trascienden lo meramente individual. Gracias a ese libre acceso, Cambridge Analytica construyó perfiles de votantes que se usaron en campañas a favor del Brexit en Inglaterra y de Trump en los Estados Unidos. Anon, en este sentido, confronta la mirada del poder que estimula la libre exposición de la intimidad (representada por el detective) contra la perspectiva del que defiende su intimidad frente a ese asedio (encarnada por la hacker). “¿Por qué te importa tanto que nadie te conozca?”, pregunta el detective Sal Frieland. A lo que la hacker contesta: “No es que tenga algo que esconder: no tengo nada que quisiera que vos vieras”.

 

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