Jim & Andy: Jim Carrey, yo y mi otro yo

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Durante el proceso de filmación de Man on the Moon (Milos Forman, 1999), Jim Carrey se dedicó a recopilar por su cuenta videos sobre su trabajo de composición de la figura del comediante Andy Kaufman (eje del biopic de Forman) junto con la recreación de sus personajes, entre ellos, el infame Tony Clifton. La idea primigenia consistía en incluir este material como extra de la edición doméstica del filme. Sin embargo, estas grabaciones acabaron descartadas. Casi 20 años después –y como fruto de una prolongada amistad con Carrey– Spike Jonze se encargó de rescatar estos registros fílmicos e involucró a Chris Smith en el rol de dirección. El resultado de esta labor es Jim & Andy: The Great Beyond – Featuring a Very Special, Contractually Obligated Mention of Tony Clifton (2017), un documental imprescindible no solo para quienes gustan de Man on the Moon –a mi modo de ver, una obra maestra del género biográfico– sino también para aquellos que aprecian el buen arte de Jim Carrey como un actor que es mucho más que la suma de las muecas a la que se reducen gran parte de sus cintas más comerciales.

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La posibilidad de encarnar a Andy Kaufman –confiesa Carrey en el documental– constituía para él la oportunidad para homenajear a uno de sus máximos referentes. Por ello es que se dedicó a recomponer por entero y hasta en el más ínfimo detalle la presencia física y espiritual de Kaufman. Para ello, Carrey apela al célebre método del Actor Studio: no tratará de representar a Kaufman sino de reencarnarlo. Pero el gran dilema que se plantea en este proceso es cómo asir a una criatura proteica como Kaufman, cuya vida él mismo construyó y deconstruyó a gusto en el límite entre lo real y lo ficcional, cuyos gestos oscilaban entre la ajustada gramática televisiva y la improvisación más anárquica, cuyas palabras pasaban sin filtro de la cita culta a la provocación más cerril. En gran medida, Carrey se ve obligado a recorrer esas divagaciones durante el rodaje de Man on the Moon, a tal punto, que su encarnación no acaba cuando se apagan las cámaras: se prolonga mucho más allá, en la discusión de las escenas con el director o con los otros actores –muchos de ellos, antiguos compañeros de Kaufman–, en las sesiones de maquillaje e incluso en una fiesta en la Mansión Playboy. Incluso el propio Forman llegó a reclamar a Carrey por lo ingobernables que se habían vuelto Andy Kaufman y Tony Clifton en el estudio. Carrey entonces le hizo esta propuesta: Bueno, podríamos despedirlos. Yo me encargaría de hacer una buena imitación. Forman lo pensó después dos, tres, diez veces.

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A su vez, el documental constituye también una rendición de cuentas del propio trayecto cinematográfico de Jim Carrey. Jalona a Man on the Moon como uno de los picos de su carrera y de este modo se mueve hacia el pasado y hacia el presente para determinar un balance entre personal y confesional. Lo más interesante de esta recorrida autobiográfica es que no deja espacio para recaer en la fórmula clásica del “ascenso y caída de una estrella”: Carrey no se permite la construcción de ese relato. Al contrario, recurre para ello a la figura de Andy Kaufman como símbolo de una figura que incurre en transformaciones inesperadas, que pega saltos abismales a fin de mantenerse fiel a sí mismo. En este sentido, Jim Carrey revela de qué modo la encarnación de Andy Kaufman lo dejó vacío y cómo luego se vio obligado a reconstruirse. Esta confesión provee una clave más que interesante para interpretar los vaivenes de su carrera, ya bien entrado el siglo XXI y –mucho más aún– durante los últimos años. ¿Quién es el genuino Jim Carrey? ¿El comediante famoso por ejecutar muecas e imitaciones desaforadas o el actor circunspecto de Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michel Gondry, 2004) o de The Truman Show (Peter Weir, 1998)? En este punto, se adivina el hartazgo que Carrey siente respecto del personaje público al que todo el mundo le reclama monerías. De allí quizá deriven esas apariciones públicas de los últimos años en las que Carrey se despacha con parrafadas que suenan a chistes sin gracia. Al respecto, lo más sugestivo de Jim & Andy es que manifiesta al “verdadero” Jim Carrey (de nuevo) como un enigma: uno muy similar al que Andy Kaufman proponía con sus creaciones.

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